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Sección: Vía Correo Electrónico

¿De quién es la vida?

Manuel Martínez Morales 11/10/2012

alcalorpolitico.com

La ciencia ha conseguido una especie de elixir de la juventud: las células de la piel de una persona pueden volverse jóvenes células nerviosas y las de la cola de un ratón surgir un huevo animal. Para lograrlo, los investigadores programan las células a fin de que retrocedan a una especie de estado embrionario y después, orientan su desarrollo en la dirección deseada.

El fundamento de estos avances es la técnica desarrollada hace seis años por uno de los premios Nobel de Medicina de este año: el japonés Shinya Yamanaka, quien se basó en los descubrimientos del británico John Gurdon, de la Universidad de Cambridge, con quien comparte el galardón.

La finalidad de la nueva técnica es que las células rejuvenecidas sustituyan tejidos desgastados o sean empleadas para la investigación científica.

Logros científicos de este tipo nos plantean todo tipo de problemas de índole social, particularmente éticos: ¿Tenemos derecho de intervenir en la vida en esta medida? Y, si así fuera, ¿quién o quiénes serían los que se apropiarían de las tecnologías derivadas de estos descubrimientos? Estas técnicas, ¿estarían al alcance de todos, o solamente de quien pueda pagar por ellas? ¿A quién pertenece la vida y por tanto, el derecho de prolongarla o a disponer de ella?

La respuesta se deriva en comprender que la mayor parte de los logros científicos se encuentran en manos de compañías transnacionales, es decir, se emplean como factores de reproducción del capital y no en beneficio de la humanidad, como falsamente se pregona.

Veamos: en los últimos lustros han cobrado auge las llamadas industrias de la vida, que giran ante todo alrededor de la biotecnología, dando lugar a la aparición y multiplicación de corporaciones dedicadas a este ramo, entre las cuales pueden mencionarse: los fabricantes de alimentos y bebidas (26), las industrias dedicadas a la producción de agroquímicos (89) y de semillas (67), la industria farmacéutica (55) y, desde luego, las corporaciones dedicadas a la biotecnología (66). Los números encerrados en paréntesis muestran el porcentaje de participación, en cada sector, de las diez empresas más grandes del planeta en cada ramo. Lo que nos indica la concentración, en manos privadas, de la producción en las industrias de la vida.

Actualmente, la biotecnología –dentro de la cual puede enmarcarse el descubrimiento sobre la generación de células- se está convirtiendo en “ingeniería genética extrema”. El grupo de trabajo “Erosión, Tecnología y Concentración” (ETC), en un informe reciente, destaca que la convergencia de la tecnología está redefiniendo las ciencias de la vida. Llegamos a un punto en que es difícil hablar acerca de la biotecnología sin hablar de la nanotecnología y la biología sintética. Todas las biociencias están impulsadas por la tecnología de la información o la bioinformática –el análisis del material biológico a través de la computación. Como consecuencia, no podemos comprender el poder corporativo si no entendemos el concepto de convergencia: tecnologías convergentes y capital convergente. La convergencia está dando impulso a nuevas alianzas sin precedentes entre empresas de todos los sectores indus¬triales y está armando el escenario para una transformación drástica de la economía mundial-

La concentración en las industrias de la vida permitió que un puñado de empresas poderosas coparan la agenda de las investigaciones, dictarán acuerdos de comercios nacionales e internacionales, así como políticas agrícolas y manipularan la aceptación de tecnologías nuevas (la solución “basada en la ciencia”) para aumentar los rendimientos de los cultivos, alimentar a los hambrientos y salvar el planeta. Los gigantes de la genética nos dicen que si la agricultura se ve amenazada por condiciones climáticas extremas, lo que necesitamos son genes “resistentes al clima” (genes patentados) para manipular los cultivos de modo que puedan aguantar la sequía, el calor y los suelos salinos. Cuando el hambre es vista a través de la estrecha lente de la ciencia y la tecnología, los alimentos manipulados genéticamente son el arreglo rápido que ofrecen las empresas. Cuando la crisis del petróleo se aborda como un problema técnico, los agrocombustibles industriales son la respuesta obvia. Cuando la tecnología se promueve como una solución indolora para afrontar el calentamiento global, los planes de la geoingeniería radical se convierten en ideas razonables (por ejemplo, fertilicemos el fitoplancton del océano para [supuestamente] secuestrar carbono, o disparemos partículas de sulfato a la estratosfera para desviar la luz del sol y bajar las temperaturas, y otras por el estilo).

Igualmente, logros científicos en el campo de la medicina -como el que mereció el premio Nobel este año- en manos del poder corporativo sólo profundizan las desigualdades existentes, aceleran la degradación ambiental, afectan la vida humana e introducen nuevos riesgos para la sociedad.
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