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Espacio Ciudadano

¡Un singular maratonista!

Jorge E. Lara de la Fraga 03/01/2013

alcalorpolitico.com

“Drama conmovedor, fuente de inspiración; historia que alienta a superar dificultades…”
 
Casi a finales del pasado mes de diciembre de 2012 tuve la oportunidad de disfrutar de una aceptable película. Probablemente estaba un tanto bajo de ánimo y ese bálsamo audiovisual me reanimó. Se trata de la cinta canadiense intitulada “En busca de un milagro”, dirigida por Michael Mc. Gowan e interpretada magistralmente por el joven actor Adam Butcher, misma que fue exhibida en el Festival Internacional de Cine en Toronto (2004) y estrenada en diversos países y salas durante el 2005. La historia se centra en el adolescente Ralph Walker, mismo que asiste en la década de los 50 del siglo XX a una escuela católica privada. Su padre murió en la Segunda Guerra Mundial y su madre está hospitalizada, víctima de una enfermedad no identificada. Ralph es un muchacho normal, con necesidades propias de la edad y reacio a las directrices rígidas y medievales del Director de dicho plantel.
 
A menudo, durante el desarrollo de la trama, el inquieto colegial se angustia por sus debilidades carnales y por sus “pensamientos pecaminosos”; se cataloga como un ser diferente y hasta repudiado por sus compañeros de clase. Usualmente intenta emular la conducta de los adultos, motivo por el cual es cuestionado acremente al fumar cigarrillos o al masturbarse. El Padre Fitzpatrick, titular inflexible de ese centro educativo, lo sanciona y lo obliga a unirse al equipo de campo traviesa de la institución para acabar “con su exceso de energía”. En el entendido de que su progenitora está sumida en un profundo estado de coma que ya dura más de 10 meses, el adolescente en cuestión escucha que sólo un milagro podría permitir que su familiar retorne a la realidad. Ante tal estado de cosas, decide participar en la gran travesía pedestre del Maratón bostoniano, a fin de ganar esa justa y salvar a su ser querido.
 
Después de varias peripecias y de sinsabores, así como de derrotas atléticas de Ralph, el Padre Hibbert, docente del colegio y en sus años mozos corredor de prestigio, al vislumbrar posibilidades en el aludido joven, se dedica a entrenarlo mediante rutinas agobiantes y espartanas por veredas, caminos difíciles y lugares arbolados, tanto en terrenos planos como en complicadas pendientes. El joven tesonero y decidido se crece al castigo y empieza a mejorar sus marcas cronológicas. El competidor en ciernes se prepara en lo físico y en lo mental. Lee libros para aprender de las vivencias de experimentados corredores de resistencia y además se disciplina a las labores agotadoras que le indica su mentor. Así, antes de intervenir en la gran justa maratónica, participa en eventos regionales donde se impone a reconocidos competidores, agenciándose desde ese momento la atención de los medios de comunicación especializados.
 
Cuando el Director Fitzpatrick se entera de que Ralph tiene la intención firme de correr el Maratón de Boston, lo amenaza con expulsarlo del plantel si participa en esa prueba; también descarga su enojo en su subordinado, el Padre Hibbert, por alentar al joven en su loca aventura. A pesar de todo, el muchacho está en la lista de salida de la magna justa atlética… y empieza esa renombrada competencia. Ralph se desempeña admirablemente durante los primeros 20 kilómetros; cerca de los 30 kilómetros, muy cerca de esa fatídica pared del agotamiento acumulado, únicamente 10 u 8 participantes siguen a la cabeza del contingente, para después proseguir en pos del triunfo 4 atletas y ya en la recta final sólo 2. En un remate escalofriante, el esmirriado adolescente ocupa un sitio de honor, al lado del ídolo de las pruebas de largo aliento. Éxito pleno para un joven primerizo, que luchó contra personas más fuertes, maduras y vigorosas que él. El milagro llegó, pues su mamá salió del trance y él fue recibido como héroe por sus compañeros y maestros.
 
Al ver tal película, rememoré mis angustias y mis esperanzas, “mi agonía y mi éxtasis”, cuando participé en el Maratón de la Ciudad de México en 1988, a la edad de 46 años, sin tener experiencia al respecto y sin haber recorrido nunca esos fatídicos y memorables 42 kilómetros y fracción (en un tiempo de 4 horas con 50 minutos). No dejen de disfrutar ese “celuloide” a que hago referencia en este comentario.
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