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Columnas y artículos de opinión
Hemisferios
Los cuates
Rebeca Ramos Rella
23 de enero de 2012
alcalorpolitico.com
Dicen que en política no existe lugar ni abrigo para la amistad. Dicen los gurús, que en política no hay amigos, ni amigas; hay intereses, hay compromisos y hay aliados, aliadas.

Cierto es que la amistad es una relación humana respetuosa de lealtades, confianza, honestidad y solidaridad, que puede trascender hasta la fraternidad. Alto el valor de la amistad para la arena política donde precisamente valores y principios en la praxis, se eluden, se contaminan, se profanan. En el ejercicio del poder –más en el sistema mexicano arcaico-, ser amigos puede ser sinónimo de complicidad, vasallaje, indolencia, disciplina, ciega obediencia, adulación, cinismo e hipocresía, mentira; la simulación. Virtudes afortunadamente muy distantes de la capacidad, el currículum, el talento, la vocación de servicio que debieran priorizarse si se ha de incluir a las amistades, en el círculo de mando.

La amistad nada tiene que ver con la efectividad en el desempeño de tareas políticas, ni de responsabilidades en el servicio público. Al contrario, si la hay, se deben honrar amistad y confianza del que tiene el poder, siéndole útil, aportándole, resolviendo, mejorando, siendo eficiente, eficaz en respaldo a su labor y liderazgo y, sobre todo, serle leal y franco. El verdadero amigo, el colaborador, el homólogo amistoso ha de plantearle y alertarle al poderoso o poderosa, sobre la realidad cruda e innegable que observa y la prospectiva política, sus causas y consecuencias, en el tránsito del ejercicio del poder político.


La amistad sirve a los tlatoanis para aterrizarlos desde su burbuja o su nube donde los elevan y enclaustran aquellos que dicen, pero no lo son, sus amigos y aliados, sus cómplices y comprometidos; aquellos que a la primera, querrán clavarle la daga por la espalda; quienes resentidos, ingratos y viles, lo traicionarán.

Es el dilema de “El Príncipe”, ser temido o ser amado. El miedo los tornará serviles pero envidiosos, mentirosos y rencorosos; el afecto y respeto, la amistad, la sensibilidad política del líder, los convertirá en leales, convencidos seguidores, en defensores de la causa, agradecidos y fiables. Hasta la muerte.

Sin embargo, un empoderado, ante mi cuestionamiento fundamentado en traiciones evidentes de supuestos “amigos” que decidió encumbrar, alguna vez me confesó que desde el poder, todos son necesarios y útiles, hasta los buitres para que se coman la carroña; hasta ciertos moluscos y rémoras, para que limpien la inmundicia; hasta los guardianes de piedra, adeptos aunque ineptos; potenciales enemigos, mejor cercanos y comprados, que venenosos cabos sueltos, sin control ni opción de chantaje, más dañinos afuera que adentro.


En plena campaña de re-elección, ansioso por ganarse simpatías, modernizando sus maniobras de seducción electoral y de fondos, que van desde cantar soul en público, hasta homenajear las orejas de Mickey Mouse, en reciente entrevista de la revista Time, el Presidente Obama reveló que tiene cinco grandes “amigos” en el mundo. Los bendecidos por esta estrecha estimación son: La Canciller de Alemania, Ángela Merkel; el Primer Ministro de Gran Bretaña, David Cameron; el Primer Ministro de Turquía, Recep Tayip Erdogan; el Primer Ministro de India, Manmohan Singh y el Presidente de Corea del Sur, Lee Myung-bak.

Invitando a la opinión pública a corroborarlo, Obama retó: "… si les preguntas, dirían: Tenemos un montón de confianza en el Presidente. Creemos lo que dice. Creemos que va a seguir adelante con sus compromisos. Creemos que está prestando atención a nuestras preocupaciones e intereses”. Bien, la amistad entre poderosos, basada en la credibilidad, la confianza. Y más. La diplomacia y la geopolítica; los intereses estratégicos de unos y otros pueblos y gobiernos, sustentados en esa relación. La amistad utilizada como herramienta política que suaviza, motiva, coaliga y compromete. Pero ¿Y el resto? ¿No están en esa categoría de los afectos del hombre más poderoso del mundo? ¿Es la política y en ese estrato, de cariños y ternuras? No. Es el discurso que hermana y que garantiza, en público, los acuerdos, los pactos y las complicidades privadas. Obama corre el telón y nos comparte quiénes le interesan, quiénes contribuyen, quiénes lideran la preservación del interés y seguridad nacionales de Estados Unidos, por regiones del orbe. ¿Alfiles de lujo? Puede ser.

Ciertamente afianza con Ángela Merkel. Alemania lleva la mágica batuta económica y financiera en Europa, en tiempos riesgosos de crisis; es la lideresa más reconocida, respetada y brillante en su continente. ¿Por qué no menciona a Sarkozy? Obviamente. ¿Quién querría amistarse con un político tan visceral, envidioso, derechista, protagónico inseguro, que pretende re-elegirse más por descarte, que por efectividad de gobierno?


En la eurozona y en la estrategia de los equilibrios históricos, es David Cameron o quien esté trabajando en la casona de Downing Street número 10, el aliado indispensable e insustituible. La relación bilateral entre ambos países trasciende diferencias. Es la mutua supervivencia o la vital hegemonía de los dos.

Y entre dos mundos distintos, que coexisten a pesar de sus profundas divergencias socioculturales, históricas, religiosas, políticas y económicas, está el país bisagra; estratégico en la política militarista transregional; el territorio que balancea fuerzas, ánimos y visiones entre Occidente y Medio Oriente: Turquía y su Bósforo, estrecho sólo unido por los Puentes de Bogazici y el Fatih Sultan Mehmet, que sellan el destino turco, entre dos continentes; entre dos concepciones opuestas. Y en el torbellino de las revoluciones árabes contra los antiguos amigos, ya depuestos en Egipto, Libia, Túnez; contra los otros dictadores y monarcas debilitados y repudiados por sus pueblos, Turquía recicla y solidifica su histórica importancia y liderazgo, geopolíticos, frente a la convulsionada Siria; frente al temerario Irán y de cara a Irak, que difícil y cruentamente pavimenta su presente, sin la nana estadunidense. De manera que con los turcos hay que amarrar amistad y comprometerlos en alianzas provechosas y mutuas, si la guerra contra Ahmadinejad, estalla. Hay que defenderlos si los republicanos desesperados los acusan de cómplices de terroristas. El brazo con garrote de la Casa Blanca, en aquellas bellas tierras lejanas y de mayoría musulmana, es Turquía y el amigo Erdogan, el demócrata.

El frente asiático está salvaguardado con Corea del Sur. “Tu enemigo es mi enemigo”, Corea del Norte. La ratificación del Tratado de libre Comercio bilateral, es el pretexto para engranar lazos ideológicos, políticos y militaristas, allá donde se compite intensamente con el dragón rojo, China y se negocia con Japón; ambas potencias de a kilo, donde el trato de iguales, excluye afectos fraternos.


Célebre la cena de gala en Washington, para recibir al primer líder extranjero, recién entronado Obama. La Casa destellaba con los saris maravillosos de las señoras -hasta de las coladas- que acudieron, en honor al Premier Singh de India, la economía emergente más exitosa del orbe, por tanto la contraparte en expansión económica de China en el continente, la segunda más poblada, cercana a Rusia y China, dolores de cabeza de Washington y muy próxima a Pakistán y Afganistán, donde se ocultaba, el hoy fallecido enemigo público número uno, Osama Bin Laden y desde donde puntualmente se monitorean aún, movimientos sospechosos del terrorismo deleznable de Al-Qaeda.

Son los amigos de Obama, mandatarios afines, confiables, creyentes de su palabra y de su liderazgo y posibilidades. La realidad es que dirigen a gobiernos de naciones cuyos territorios son geoestratégicos para los intereses “excepcionalistas” de los Estados Unidos. Los cuates que aseguran alianzas y adhesiones, tránsito, información, legitimidad en foros multilaterales, en caso de conflictos regionales o políticos, internacionales; se erigen en contrapesos y en gestores y operadores de primer nivel, cuando hay que equilibrar la balanza geopolítica, a favor de los intereses mencionados.

¿Y dónde quedan las amistades de América Latina? ¿Por qué Obama no incluye a Calderón de México, a Dilma de Brasil, a Piñera de Chile, a Chinchilla de Costa Rica; ya por lo menos a Harper de Canadá? Es posible que con todo y la batalla contra el crimen organizado, la problemática del fenómeno migratorio, desigualdades y pobreza y el respaldo al desarrollo económico de la región, no le signifiquen tanta atención y preocupación en sus premisas de gobierno, ni en las jugadas agudas, impositivas y preventivas de la política exterior estadunidense.


Quizás, porque somos vecinos y algo incómodos o nos ve como “de casa”, con quienes no hay que guardar tanto las formas, ni reiterar tanto el afecto que ya es implícito, incambiable, irremediable. Quizás, no le genere mayor interés político, agendarnos entre las prioridades de su corazón amistoso. Quizás nuestros problemas domésticos, que en mucho se generan y se reproducen en y desde su país, como los efectos de la crisis financiera, el desempleo, la droga, el tráfico ilícito de dinero, personas, energéticos, comercio transfronterizo, contaminación ambiental y demás, no le quitan el sueño.

Pero nos insiste EUA que somos amigos, aliados y socios, -así nos definen y definimos nuestra relación bilateral y en los últimos años, hasta de cómplices les hemos secundado, en posturas externas-. ¿Debió México aparecer como parte de ese quinteto destacado? ¿No confían en nuestro sentido de amistad?

El efecto emotivo colectivo, al considerar a un presidente y a un país como “amigo” es fuerte en términos diplomáticos y políticos. Ya vemos que implica demasiado compromiso en ambos sentidos. La realidad es que los mexicanos sabemos bien y padecemos también, por cotidiana experiencia sobre las costumbres, formas y mañas de la cultura política nacional, que el cuatismo existe en el poder, bendecido por la justicia y la gracia y que para los que no son miembros ilustres, hay justicia a secas.


Ahora, no nos confundamos. Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses. Aunque así se les llama cálidamente en la diplomacia efectiva de Obama. No obstante, desde nuestra concepción muy mexicana sobre el cuatismo, el problema radica en no ser considerado ni lo uno ni lo otro.

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