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Columnas y artículos de opinión

Corresponsabilidad histórica

Hemisferios

Por: Rebeca Ramos Rella

03/09/2012

alcalorpolitico.com

Empezamos el mes patrio, con nuevo Presidente. Se define el camino de una nueva etapa en la historia de México. Lo que hemos vivido este 2012, es el clamor urgente de la esperanza y del cambio que demanda una Nación.

Enrique Peña Nieto ha recibido su constancia de mayoría y con la validez de la elección, se cierra el proceso electoral para abrir el camino de los acuerdos y de las reformas, de los compromisos que deben cumplirse y de los resultados que exigen los ciudadanos, que ya decidimos: no hay todo para nadie, deben aprender a ponerse de acuerdo.

Ese es el mandato de las urnas en plena pluralidad y en democracia, que sólo es efectiva si las mayorías incluyen y consideran, a las minorías.

De 100 millones y algo más de mexicanos, 50 millones en el Padrón electoral, casi 20 millones le dieron al PRI y a su candidato, el voto de confianza y también, el voto del beneficio de la duda.

La segunda alternancia que mostró la elección pasada ahora sí debe ser efectiva en las transformaciones que requiere México; cambios que destraben el crecimiento y el liderazgo, estancados, el bienestar y la competitividad, que un país tan fecundo debe aprovechar con inteligencia, en corresponsabilidad y en coincidencia.

La primera reflexión que debemos hacer es que tenemos instituciones fuertes y ejemplares. El reconocimiento doméstico a esta solidez debe asumirse y valorarse, como nos ven, lo reconocen y lo aplauden desde afuera.

Del 88 al 2012, la democracia electoral en México es el triunfo consolidado y perfectible aún, de los partidos políticos que, desde el gobierno y el Legislativo, han logrado y es también, el saldo positivo e imprescindible de la participación ciudadana.

Los mexicanos hemos aprendido del pasado y hemos entendido que sólo con democracia podemos dirimir diferencias y pactar los beneficios generales. Sabemos y rechazamos las imposiciones, el autoritarismo, el abuso, la corrupción, la impunidad y la mentira. No somos una masa amorfa sin cerebro y muda. Hemos aprendido que nuestro voto cuenta y es la expresión individual más honesta de lo que queremos y aspiramos. Nadie puede sostener que el sufragio ciudadano se vende o se compra; el sufragio se gana o se pierde y esa es la lección de la elección de julio pasado. Quien convenció, respetó y se comprometió, ganó.

De la victoria, emerge la humildad y la conciliación. Peña lo reitera en su primer mensaje como Presidente Electo: juntos y hacia adelante. Refrenda el llamado a los divergentes y necios a respetar el resultado y el fallo, la voluntad de las mayorías.

Si todos queremos que México crezca y sobresalga desde sus potencialidades, todos hemos de trabajar para conseguirlo; todos podemos opinar y proponer porque seremos escuchados y atendidos. No habrá verticalidad ni sometimiento. No habrá regresión a la presidencia imperial, ni a la presidencia difusa ni a la presidencia acorralada, tampoco a la presidencia de virreinatos en estados y municipios. Habrá Presidencia democrática, una nueva forma de gobernar.

El partido triunfante convoca a los partidos derrotados pero representativos a sumarse, a dialogar, a proponer, a no autoexcluirse ni a arrinconarse. El momento de la competencia quedó atrás y deben enfrentar la responsabilidad que sus votantes les otorgaron. Son 30 millones que tienen otra visión, pero la misma aspiración, que México se engrandezca.

El PAN aún al mando, sabe que reconocer, debatir y negociar es mejor que repudiar, acusar y cerrarse. Quiere y debe proponer continuidad y mejoras en lo que pudo avanzar en 12 años, para reforzar y corregir. Será el partido bisagra, que balancee negociaciones, que moverá doble juego; unas veces con el PRI y otras con las izquierdas; que obligará al partido mayoritario a ceder, a ajustar políticas, leyes, cambios, decisiones y les estará recordando a los priistas arcaicos que aún pululan, que deberán conceder, para que haya reformas e iniciativas en el Legislativo.

El PAN deberá ser oposición constructiva para sobrevivir como partido y para recuperarse como opción de gobierno.

Las izquierdas deben calmarse, reflexionar y sobre todo, democratizarse y modernizarse. El radicalismo, el autoritarismo y la intransigencia del caudillo, los llevaron al segundo gran descalabro; el desprecio a instituciones, leyes y mandatos, los llevarán al abismo.

Deben pensar que crecieron en votos, en curules y en gobiernos y que más ganarán si dialogan, si participan, si demandan desde los canales institucionales la inclusión de sus posturas y planteamientos, que sembrando miedo y violencia, mentira y encono en las calles y tribunas.

La izquierda deberá considerar en el futuro, ampliar su baraja de liderazgos y sacudirse el odio y la simulación arbitraria y contradictoria de López Obrador contra todo y todos los que no se doblegan ante su mesianismo de oropel; deberán cooptar su capital social y reconstruirse como opción democrática, moderna y accesible, para lavarse del estigma de belicosos, peligrosos y montoneros.

El PRD en particular, habrá de renovar liderazgos y resucitar sus orígenes que se han extraviado en la voracidad de la corrupción que el poder logrado en sus gobiernos, les ha contaminado.

Peña y el PRI saben que las épocas de la unanimidad, el vasallaje, la omnipresencia y de la metaconstitucionalidad desde la silla, son parte del acervo pretérito. El PRI tiene que abanderar el cambio y el gran pacto nacional desde el cambio y el pacto, internos.

Lo primero es restaurar la confianza de los que sospechan simulación y acabar con el cinismo y prepotencia de los que se jactan de impunidad. Por eso, lo inmediato para Peña es garantizar con hechos, que no tolerará más corrupción, opacidad y turbiedades en contratos con medios. No habrá intocables. Ni complicidades.

Si va en serio, Peña, en sus primeras decisiones de gobierno, habrá de aplicarles la ley a recientes malhechores emergidos de su partido. No deberá extrañarnos si cae Yarrington, Moreira, hasta Bours y otros ex gobernadores o servidores de alto nivel, sospechosos hoy, de actividades ilícitas y aún impunes.

Ante la muralla del resentimiento en el Congreso, las dudas de la limpieza de la elección de millones, la cantaleta cotidiana del resentido mayor en los medios y el seguro discurso opositor alertando el retorno del autoritarismo priista y demás vicios, excesos y gracias endosados al PRI añejo, es muy posible y recomendable, que Peña acuda a la razón de Estado, para legitimar entre la sociedad incrédula y reticente a creerle, su gobierno, su Presidencia y la novedosa forma de ejercer el poder que ha comprometido, con la mano severa de la ley y con la apertura y tolerancia de la democracia.

Ahora, no toda la chamba, ni toda la culpa, las tendrá el partido victorioso. Ya advirtió el Presidente Electo, con la sutileza de la conciliación. Habrá reformas estructurales, crecimiento, cambio real si las oposiciones lo deciden, si tienen voluntad política.

Habrá transformación si se construye colectivamente. Cada quien habrá de probar su responsabilidad política en este deber supremo con el país. Quien no la ejerza, traicionará. Quien la demuestre, cumplirá.

El futuro de México, “el capítulo de éxito”, se consolidará con la corresponsabilidad histórica de todos. O juntos triunfamos o juntos nos hundimos. Esa es la disyuntiva.


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