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Columnas y artículos de opinión

Antonio Nadal Romero

Por: Guillermo H. Zúñiga Martínez

17/11/2012

alcalorpolitico.com

Como lo anuncié hace ocho días, en la revista techmani se publica el discurso que pronuncié sobre uno de los maestros que más me impactaron en mi vida de estudiante. El maestro Nadal era catedrático de literatura universal y siempre me llamaban la atención sus clases porque enseñaba con alegría, gusto y sapiencia. Por él conocí a Enrique Jardiel Poncela, a través de dos libros fundamentales de este autor español: “La Tournée de Dios” y “Espérame en Siberia Vida mía”.

El maestro era alto, de frente amplia, ojos grandes, de un semblante lleno de bondad y así vivió dejando entre sus alumnos un recuerdo perenne de gratitud y de respeto.

Su benevolencia se reflejaba en que quería que sus alumnos leyéramos fundamentalmente obras clásicas de la literatura universal. No se me borra de la memoria el libro que él escribió sobre lecciones de literatura y análisis de libros fundamentales. El contenido de sus apuntes era el programa, mismo que cumplía con cabalidad.

El 4 de mayo de 1964 dije lo siguiente:

Hace unos meses, le preguntaba al maestro Antonio Nadal Romero: ¿Se debe tener temor ante la muerte? Él me respondió sin titubeos: “Yo creo, que un hombre recto consigo mismo, con su familia, su trabajo y con sus amigos, no debe tener temor ante nada, porque la esencia del hombre es su rectitud”. Esa respuesta era la pauta de su vida.

Para hablar del maestro Nadal debemos citar su obra y comentar su vida, para valorar la preciada personalidad del que fuera uno de los pedagogos más queridos en el Estado de Veracruz.

Sabemos que se forjó en las aulas magníficas de la Atenas veracruzana, que estudió en la ínclita Normal fundada por Rébsamen, que ansioso de poseer una preparación humanística ingresó a la Escuela de Derecho de la Universidad Veracruzana. Nunca le interesó ser abogado porque prefirió ser maestro. Estudió diversas ramas de la ciencia lo que le permitió que fuera poseedor de una erudición respetable.

Su juventud fue valiosa pero lo que más distingue y engrandece a nuestro homenajeado es la función social que realizó llevando como estandarte la bandera excelsa de Guyau, elevando a principio aquella máxima pedagógica: “Debemos ser bondadosos, pero debemos ser respetados”.

Fue profesor por vocación y por entusiasmo llegó a ser maestro; se entregó al magisterio con una devoción filosófica y al primer contacto con la niñez –lo dicen sus discípulos- conquistaba aquello que se llama amor, lo que todo hombre busca pero que no encuentra la fórmula para lograrlo, y el amor que obtenía nuestro maestro, era recíproco porque prodigaba su vida en busca de una fecunda espiritualidad.

Alcanzaba infundir respeto y alegría, éxtasis; su mirada dulce y profunda escrutaba nuestras ánimas, avergonzaba al negligente y al dedicado lo robustecía, ése era el efecto salvador que hacía de los malos estudiantes, buenos y de los buenos, superiores. Ésa es la verdadera labor de un mentor.

El maestro Nadal pensaba igual que Richter: “Bajo un cielo de alegría no puede florecer el mal”.

Lograba dar a sus discípulos, la filosofía como pan espiritual y en ella iba tácito su cariño, su dicha y su persona toda.

Fue un hombre que surgió de los suburbios para alcanzar el máximo galardón al que todo guía aspira que es la ascendencia, el reconocimiento de la juventud y de sus compatriotas.

Hoy tributamos este sencillo homenaje a nuestro maestro, porque él fue el numen que incendió nuestras conciencias, porque fue el relámpago cuya luz iluminó la mente de los estudiantes, porque era igual a nosotros, joven y dinámico, porque sabía escuchar para encauzar acertadamente, porque fue norma de su vida estar en la montaña y en el valle para conocer mejor las pasiones y los sentimientos de la juventud.

Fue árbol que dio frutos destacados y siempre será un adalid en nuestro corazón. Al maestro Nadal lo llevaremos siempre en nuestro pensamiento.

Hoy bulle en nuestra alma un canto inexplicable, cual si fuera producido por el soplo misterioso de los querubines o cual si cantaran las diosas del olimpo, acompañadas de su inseparable lira. Experimentamos una emoción más depurada que la que produce el contemplar silencioso del rocío de las auroras o el sílfide de los ocasos, porque brindamos una exaltación al hombre que triunfó en la vida, al hombre que nos dio su vida misma.

Ars lang vita brevis.- El arte es largo, mas la vida es corta.

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