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Columnas y artículos de opinión

Nuevos Mundos

Hemisferios

Por: Rebeca Ramos Rella

24/12/2012

alcalorpolitico.com

La capacidad de la mentira colectiva. El poder de la sugestión masiva. La distorsión de un fenómeno viaja más rápido que la luz a través de la “magia” de las redes sociales y es capaz de generar un ánimo social que supera fronteras, idiomas, culturas, distancias, al grado de propalar una creencia, una posibilidad; la duda, el miedo.

Pareciera que estamos tan escasos de creer en algo o en alguien, tan famélicos de fe y de esperanza que, muchos, miles, optan por dar como cierta una falacia, una sentencia absurda, una opción destructiva. Y la superstición atravesó el globo.

¿Por qué creyeron los que temieron en el fin del mundo? ¿De dónde salió esa patraña? ¿Qué efecto comunitario buscaron quienes desataron esa sandez? ¿Por qué los ciudadanos del mundo y miles del lado desarrollado –los supuestamente más pragmáticos y menos envueltos en religiones y mitos-, aceptaron tal visión apocalíptica sin titubear, ni cuestionar?

Uno leía las notas, las reacciones de turistas y residentes; de seguidores de cultos fundamentalistas y era increíble la ola de aceptación social sobre el cataclismo. Hubo compras de pánico, ante la eventualidad de la supuesta “oscuridad”, la falta de energía eléctrica y demás precariedades posibles.

El humor negro. Pero hubo quien pensó seriamente en la muerte próxima y puso en orden sus asuntos personales; hubo quien en un renacido suspiro de aliento místico, perdonó a sus enemigos y se puso en paz con su conciencia. Bien. Nunca está de más la reflexión individual sobre las miserias humanas propias y la absolución. La sociedad consumista, inhumana, pragmática, comercializada, metalizada, codiciosa requiere de vez en vez una sacudida de fatalidad. Quizá eso pensaron quienes idearon este episodio risible y ridículo.

El sarcasmo en las redes fue ingenioso: “…lo peor de que no se acabe el mundo es que siga igual…” Exacto. Sorprende que los no creyentes en el mito mal descifrado de los mayas y del quinto sol, hayan denunciado la fuerte inercia que invade y arrincona a la humanidad a que todo continúe tal como está. La resignación honda en la frase. La realidad contra la suposición.

Efectivamente, millones quisiéramos que llegara el fin del mundo de las desigualdades, de la pobreza, hambre y de la injusticia; de la destrucción del medio ambiente, del agua, del aire y de la biodiversidad; de la contaminación que nos acerca al genuino final; de la crueldad, sadismo, resentimiento de los criminales que no sólo destruyen el futuro de las nuevas generaciones, sino que extorsionan, secuestran, mutilan, imponen venganzas descarnadas a sus rivales; de las guerras siempre irracionales, que se vuelven modus vivendi de sociedades y elites soberbias; de las conductas perversas, ambiciosas, envidiosas, de auto-boicot, traición y acciones deleznables del ser humano.

Quisiéramos que no hubiera niños desnutridos, sin hogar, sin acceso a educación y salud; niños expuestos a la explotación laboral y sexual; al tráfico de personas y de órganos; a la calamidad de las drogas, la delincuencia, la inadaptación y desintegración social; a enfermedades, desnutrición y hambre; no quisiéramos niños masacrados con balas y armas, que cualquier desequilibrado puede comprar en Estados Unidos, en la frontera; donde el negocio armamentista y la cultura de la guerra y del miedo, bombardean a las mentes de los más jóvenes y los lleva a la matazón de inocentes, sin ninguna explicación que mengüe ese dolor inconmensurable.

Quisiéramos que fuera el fin del mundo, pero del mundo del cinismo opresor, ilegal, arbitrario que ignora leyes y principios internacionales, contenidos en páginas que se escribieron en la historia, gracias a un holocausto y a dos bombas atómicas, para terminar una gran conflagración global que explotó un megalómano racista.

Quisiéramos que las potencias del orbe, recordaran el daño de la gran guerra y la nueva forma de convivir en paz y en cooperación y en vez de alentar más muertes, guerras y más injusticias, decidieran sobre la vida digna, en paz, en respeto, con posibilidad de empleos e ingresos para los pueblos.

Quisiéramos que tanto discurso de corresponsabilidad y colaboración global, aterrizara en hechos, en decisiones, en esfuerzo conjunto contra el narcotráfico, el terrorismo, el hambre, el cambio climático, el crimen transnacional, el subdesarrollo, la pobreza, la desigualdad de género y las otras desigualdades.

Quisiéramos que se acabaran los abusos y atropellos contra pueblos sin tierra, sin hogar sin oportunidad de que les sean reconocidos sus legítimos derechos y que Israel abonara algo de voluntad para regresarles su pedazo de país y de dignidad a los palestinos. Quisiéramos que la paz en Medio Oriente naciera por fin y acabara la división confrontada de dos o tres credos que tiene a la humanidad, en el fondo del dolor y de la violencia y del constante sobresalto.

Quisiéramos que se finiquitara el mundo de los dictadores represores, ambiciosos y engreídos para dar paso al clamor que exige cambio, libertad, democracia que vociferan las mujeres y los jóvenes y niños; los hombres que nunca pueden superar su mediocre vida de trabajo, en Siria y en tantos otros países, donde la tergiversada interpretación de fe, asesina hasta a las mujeres que no tienen derecho a decidir su destino, su vida, su pareja, su educación.

Quisiéramos que fenecieran los mundos impositivos, los mundos de aquellos que pretenden sujetar la armonía social, al miedo de las balaceras, los decapitados, los secuestrados; que quienes se oponen a las reformas que le urgen a México, no hallaran mundo para su necedad y megalomanía.

Quisiéramos que nuestro mundo abriera oportunidades de una educación de calidad, que nos puede hacer más exitosos y más competitivos desde el aula, donde se forman y se forjan a los hombres y mujeres, más aptos y con más posibilidades, para producir, para crecer y liderar.

Quisiéramos que el mundo de la otra mitad de la población, el de las mujeres multitareas, las más pobres, las menos reconocidas, las violentadas en sus derechos fundamentales; las mujeres trabajadoras, las lideresas ignoradas, las profesionistas relegadas, las indígenas, las mayores, las niñas y adolescentes expuestas a la agresión constante, llegara al final y ninguna tuviera que quejarse de golpes, insultos, discriminación, intolerancia, segregación, violencia y muerte, explotación, disparidad laboral y salarial, sometimiento de los hombres androcéntricos y de misóginas verticales que reverberan el autoritarismo machista, misógino e irracional.

Quisiéramos que se terminara el mundo de la simulación, de la demagogia, de la corrupción y de la falsedad que en el orbe, las clases políticas y gobernantes, aún alimentan para seguir mandatando a su favor, para conservar el poder y el control y menos y por encima del beneficio de las mayorías. Quisiéramos que el mundo de las mayorías fuera más participativo, menos ideologizado, más constructivo y más independiente para demandar.

Quisiéramos que en vez de propagar embustes, se generara una cultura sustentable, una conducta de respeto y conservación de los bienes vitales para la supervivencia humana. Que pusiéramos punto final a la indecisión, a la acción ambigua para contener los graves efectos del cambio climático que todos padecemos, que a todos nos condenan al final. Que China y EUA los países más responsables de esta horrenda realidad, acabaran con la opción mortal de envenenar al planeta.

Quisiéramos el final de esos mundos y el inicio de nuevos mundos. El comienzo de otra forma de vivir y convivir en éste, el único que tenemos y que todavía palpita.

Feliz Navidad.


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