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Sección: Vía Correo Electrónico

Mutatis mutandis

La oportunidad ciudadana

Rafael Arias Hernández 05/12/2012

alcalorpolitico.com

En el principio y el fin, está el ciudadano. En todo tiempo y espacio de la política y el buen gobierno, está el ser humano, la vida misma.

Los ciclos y los plazos se cumplen. Cambian mujeres y hombres, pero para la inmensa mayoría, los problemas y las necesidades siguen ahí; incluso, muchos aumentan y se complican.

Las carencias, esfuerzos y esperanzas individuales y sociales prevalecen más allá de las palabras y los buenos deseos.

También rezagos, sacrificios e injusticias inaceptables.

La vida no se detiene, los discursos y las buenas intenciones no son suficientes. Hoy como siempre, en una auténtica democracia hay que gobernar al gobierno.

No esperemos de otros lo que es deber y derecho de nosotros.

El origen del gobierno democrático es ciudadano no divino; es civil y no militar. No es aristocrático sanguíneo, ni tradicional costumbrista, o teocrático religioso.

Mucho menos lo es de la partidocracia, de la corrompida y desvirtuada intermediación entre ciudadano y representación, convertida en muchos casos en franquicia electoral; concesión personal, familiar o de grupo; o en simple actividad empresarial política de compra-venta de votos y candidaturas.

El origen y destino es ciudadano y social; causa y efecto, responsabilidad y reto a la vez.

Presentes e inocultables los grandes déficits y las desviaciones de los partidos políticos, respecto al fortalecimiento de la democracia; sobre todo en su vida interna, en donde la imposición, el mercantilismo y la simulación prevalecen, en ausencia de una participación interna real y efectiva; y una falta de respeto hecho casi costumbre, a los derechos de los militantes y simpatizantes.

Demasiado quehacer hacia el interior de estas instituciones públicas, básicamente intermediarias entre ciudadano y poder gubernamental.

Partidos políticos, casi siempre ausentes en la democracia participativa y en la legitimación cotidiana de los gobernantes.
Todavía muchos ejemplos de la opacidad, la discrecionalidad y la falta de rendición de cuentas.

En cierta forma, ¿cómo negar que todo pueblo tenga el gobierno que se merece?

Más y mejor participación

La oportunidad ciudadana se presenta y repite en cada acto de gobierno, que es en dónde se legitima cotidianamente a los responsables y se pone a prueba el Estado de Derecho.

Una de las primeras diferencias importantes es exigir permanente y sistemáticamente probidad y buenos resultados, a todo servidor público, que la ciudadanía nombra, paga y sostiene en el gobierno. No se pide favor o gracia, sólo el cumplimiento del deber.

En una democracia verdadera, no en un despotismo o autoritarismo real o simulado, todo servidor público, cualquier gobernante por importante que sea, no es más que eso: servidor público, encargado temporal del poder y la representación social e institucional.

Servidor que debe servir o ser removido; y, si incurre en irresponsabilidad, procesado y sancionado. Servidor que permanente e ineludiblemente debe transparentar sus actos y rendir cuentas, no cuentos.

La democracia es tanto representativa, como participativa; legalidad y legitimidad son básicas e indispensables en todo acto de quienes gobiernan. No pueden ni deben ir más allá de lo que establece la ley. Ni discrecionalidad ni voluntarismo.

Nada de conformarse con el acto protocolario, ostentosamente faraónico o modestamente republicano. Lo importante será expresado en el insustituible lenguaje de los hechos. Al final, hoy y siempre, lo que cuentan son los resultados.

El deber de todo ciudadano, que es a la vez su derecho inalienable, es hacer que todo servidor público electo o nombrado, gobernante o funcionario, se comporte como un auténtico servidor público. Que sirva y no que se sirva.

Bien lo sabemos y lo tenemos más que experimentado y padecido. Hay un abismo entre el dicho y el hecho, que la realidad tarde o temprano hace evidente.

Congruencia entre pensar lo que se dice y decir lo que se piensa; más aún, entre lo que se dice y lo que se hace. Esto ayuda a distinguir a los buenos de los malos, los mediocres y los peores políticos y gobernantes.

Pero también no hay que olvidar que, si el ciudadano no hace lo que debe hacer, se comete el error, lo demás es consecuencia, aparece y se desarrolla el autoritarismo, el despotismo y cualquier forma antidemocrática, incluyendo la delincuencia gubernamental.

Delincuencia que, por cierto, está presente en todos los ámbitos de gobierno; por todos aquellos que usan y abusan de los recursos, el patrimonio y las instituciones.

Delincuencia que crece y se fortalece en la ineficiencia, la complicidad, el disimulo y, sobre todo, en la simulación. Que irresponsablemente dispone de los recursos y oportunidades presentes y futuros. Que aprovecha, al mal o peor administrar para endeudar, comprometer, concesionar o participar en negocios y beneficios privados.

Delincuencia acostumbrada a la omisión y la acción protectora y encubridora de actividades gubernamentales criminales, pasadas y presentes.

Y una vez más, ¿en dónde está el reconocimiento y apoyo, real y efectivo, a las acciones ANTICORRUPCIÓN, emprendidas por el nuevo gobierno?

Acciones anunciadas hace meses, por el entonces presidente electo Peña Nieto, que en la mayoría de los estados y municipios, notoriamente afectados por delincuentes en y con el gobierno, simplemente se han ignorado y minimizado.

En fin. Por lo pronto a nivel federal, se proponen acciones y ya hay decisiones. Lo mínimo que se espera es entenderlas y atenderlas, pasar de la declaración a la acción, así como al seguimiento y evaluación correspondientes.

Ésta es una oportunidad que no se debe desaprovechar. Que cada quien en su ámbito, en su tiempo, disposición y capacidad, decida responsable y libremente, pasar de la pasividad a la actividad, con realismo y objetividad.

En muchas formas son y serán exhibidos los seguidores del “todo va bien, no pasa nada y viene lo mejor”. Así como el conocido engaño y la recurrente simulación, ampliamente utilizados por muchos gobiernos estatales y municipales. Unos y otros, son y serán afectados por el discurso y la actitud del nuevo gobierno federal. Inocultables en el país pobreza, endeudamiento y delincuencia.

La cuestión determinante sigue siendo, parafraseando a Karl Pooper, no sólo quien o quienes deben gobernar, sino fortalecer a las instituciones y a la sociedad misma, para distinguir claramente unos de otros gobernantes.

Identificar buenos y mejores para reconocerlos y apoyarlos; y, al mismo tiempo, señalar a mediocres, malos y peores, para deshacerse de ellos lo más pronto posible, al menor costo. Y a los delincuentes en el gobierno simplemente la ley, ni impunidades, ni facilidades.

Para el individuo y la sociedad, gobernar al gobierno es la clave. O bien, si no se asumen y ejercen derechos y obligaciones ciudadanas, entonces, simplemente se hace realidad la conocida sentencia de que, “el pueblo tiene el gobierno que se merece o se padece”.

Por lo demás, siempre es tiempo de la oportunidad ciudadana.

Principio que, responsable y respetuosamente, junto con otros ponen en práctica, en el mundo y en el país, muchas organizaciones no gubernamentales capaces de hacer que entre los seres humanos florezca la primavera.

Afectuosamente, a todos quienes integran el Consejo Ciudadano 100 por Veracruz, el Parlamento Ciudadano, así como, el Observatorio y Contraloría Ciudadana del estado de Veracruz.
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