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¿Cómo crear lectores voraces?

10/07/2019

alcalorpolitico.com

Año: 1954. Mi padre llegaba del trabajo alrededor de las 8 p.m. y de inmediato la familia se sentaba a la mesa para la cena. Después de la cena, una breve sobremesa. Por ser el mayor de los hermanos se me concedía permanecer un rato más charlando con mi padre. Cierto día consideró que debía enseñarme a leer, a la edad de cuatro años. Él solamente había concluido la secundaria, pero fue un autodidacta sorprendente. Por sí mismo había aprendido radio-técnica. Por varios años trabajó en Líneas Aéreas Mexicanas (LAMSA) dando mantenimiento a los aparatos de radiocomunicación de aviones, y posteriormente abrió su propio taller de reparación de radio receptores, complementando su ingreso dando mantenimiento a los equipos de transmisión de varias radiodifusoras de la ciudad.
 
            Era un hombre bastante culto y conocedor de la vida pues de niño, siendo huérfano a los diez años, además de asistir a la escuela ordeñaba vacas en el establo de la familia y luego salía a vender el producto. Estudió electrónica por correspondencia, aprendió inglés por sí mismo y tenía una gran sabiduría de los claroscuros de la vida.
 
             Así que gracias a él aprendí a leer a los cuatro años de edad, antes de ingresar a la primaria. Cómo material de práctica utilizábamos la nota roja del diario local, que en aquel entonces se reducía a dar cuenta de algún accidente menor –el alcance de dos autos o que un ladrón conocido como “El capitán fantasma” había escapado nuevamente de la policía, etcétera.
 
            La práctica consistía en concentrarnos en alguna nota que me interesara y entonces me conducía a una conversación sobre la misma, para asegurarse que yo comprendía lo que leía.
 
            La siguiente etapa fue la lectura de historietas –comics- como: El pájaro loco, La Pequeña Lulú, Los Supersabios, Supermán, Chanoc, Batman, Kalimán y Clásicos Ilustrados, entre muchos otros de los que en aquella época circulaban. Excelente material de práctica pues cómo los textos se acompañaban de llamativas ilustraciones, hacía más atractiva su lectura. Me gustaban mucho los Clásicos, pues su contenido estaba basado en relatos infantiles, cómo La Cenicienta, La Bella y la Bestia, El Flautista de Hamelin y al final tenía una breve sección de dos o tres páginas denominada Fábulas de Esopo.
 
            Cada sábado mi padre llevaba a casa una o dos historietas.
 
            Nos reuníamos a leer en colectivo estas historietas, mi hermano Juan Antonio, mi primo Jesús Juvenal y yo. Nos sentábamos en el piso del zaguán conmigo al centro y ellos –qué aún no sabían leer- a mi lado. Yo abría la revista, los tres mirando las ilustraciones, y leía en voz alta los textos. Lo cual nos parecía un entretenimiento sin igual. Tal vez leíamos cada número varias veces pues casi sabíamos de memoria las historias contenidas en cada número. Lo creo así pues en ocasiones, al no disponer de nuevos números nos entreteníamos recreando, actuándolas, las historietas ya leídas. Encarnando cada uno de los tres a algún personaje de aquellos relatos.
 
            Mi formación como lector siguió su curso gracias a que comencé la primaria a los cinco años y estuve bajo la tutela de mi padre y mi tío Antonio, hermano de mamá, hombre también muy culto.
 
Mi padre nos motivaba a mí y a mis hermanos relatándonos artículos que leía en la revista Selecciones del Reader´s Digest a la que estaba suscrito, después la dejaba por ahí a nuestro alcance. Luego por iniciativa nuestra tomábamos la revista para leerla, sin coacción alguna, motivados solamente por los comentarios previos de mi padre.
 
La suscripción a esta revista incluía la entrega mensual de un volumen en que aparecía resumida alguna novela, algunas de aventuras como Annapurna, relato sobre el grupo de alpinistas que escaló, por vez primera, a la cumbre de esa montaña, uno de los picos más altos del mundo. También publicaban las novelas con las aventuras de Sherlock Holmes. Sobra decir que mi jefe las leía primero y luego nos relataba su contenido, motivándonos a leer por nuestra cuenta; formándose así un círculo virtuoso, gracias al cual mis hermanos y yo nos fuimos convirtiendo en asiduos lectores.
 
            Nuestra primera lectura de un libro completo, fue la del libro “Corazón, diario de un niño” de Edmundo de Amicis, lectura producto del círculo virtuoso antes mencionado.
 
También en ocasiones nos visitaba mi tío Antonio, hermano de mi madre y además mí padrino, llevando en ocasiones un libro que me entregaba, como fue el caso de dos obras de Mark Twain: Tom Swayer y Las aventuras de Huckleberry Finn: obras de las que disfrutamos bastante. Estas lecturas entrelazadas con los textos leídos en la escuela, que por cierto incluían también libros en inglés pues el colegio era bilingüe.
 
Transcurre el tiempo. A los 12 años, ya cursando la secundaria, mi tío pone en mis manos el libro Mathematical Biology, de Nicolás Rashevsky que si bien no entendía las ecuaciones diferenciales que ahí aparecían, si comprendí la descripción cualitativa que hacía respecto a los fenómenos descritos por aquellas ecuaciones. Recuerdo bien la sección acerca de modelos poblacionales de las especies que compartían el mismo nicho ecológico, y como era que se alcanzaban límites naturales al crecimiento poblacional de cada especie contribuyendo al equilibrio ecológico del hábitat. Lo nuevo y sorprendente para mí era que el fenómeno podía describirse en el lenguaje matemático, por lo que me propuse entenderlo mejor, aunque a esas alturas apenas estaba yo aprendiendo álgebra elemental y trigonometría.
 
Algunos meses después mi tío nos llevó a pasar vacaciones con su familia que entonces residía en la ciudad de San Luis Potosí. Estando allá mi tío, siempre procurando motivarnos a la lectura y al estudio, nos hacía acompañarlo a la Facultad de Medicina, donde era docente e investigador además de dirigir el Departamento de Farmacología y Toxicología, del cual fue fundador además de muchos otros como el del mismo nombre perteneciente al Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del IPN. En el laboratorio no solamente observamos los experimentos realizados en perros, gatos y ratas –con su correspondiente explicación sobre el objetivo de la investigación y la función de cada uno de los instrumentos empleados- sino que en cierto momento nos invitó a realizar varios, bajo la supervisión de alguno de sus colaboradores o estudiantes, sobre inocentes ranitas. Un buen acercamiento a la ciencia, para niños. Esas experiencias, más la lectura de Rashevsky, despertaron mi aprecio y gusto por la ciencia, aunque también comprendí que las ciencias biomédicas no eran lo mío.
 
En esos días también nos facilitaba libros de su rica biblioteca personal, que, con deleite, mi hermano y yo disfrutamos. El día que emprendimos el regreso, mi padrino puso en mis manos un libro lujosamente empastado recomendándome que lo leyera en casa, lo cual comencé a hacer una vez de regreso a la tranquilidad del hogar. Abrí el libro: Crimen y Castigo de Fedor Dostoyevski. Lo comencé a leer despertándome tal interés que lo leí de tirón en dos o tres días.
 
Algunos días después mi padre se acercó comunicándome que mi tío había llamado para solicitarle que me pidiera el libro pues lo había confundido con otro y que lo resguardara pues la lectura de Dostoyevski no era apropiada para un niño de mi edad. Tal vez al ver mi expresión de extrañeza –ya lo había leído y me pareció de lo más apasionante- mi padre abundó diciéndome: mira hijo, leer a Dostoyevski es como asomarse a un abismo sin fondo, y es peligroso. Años después la experiencia de la vida me hizo comprender su advertencia.
 
Tiempo después, cuando ya los hermanos mayores realizábamos estudios en la Ciudad de México, en temporada de vacaciones nos reuníamos con la familia y en esas ocasiones, los ocho hermanos convivíamos bastante. Nuestras edades comprendían de los cinco a los veinte años. Todos éramos adictos a la lectura y, de manera espontánea surgió una actividad de lectura colectiva que se auto organizaba de la siguiente manera: en una estancia amplia que había en casa, alguno de nosotros se sentaba a leer un libro y no pasaba mucho tiempo en que otro hermano se acercara y tomara otro libro de los muchos desperdigados por ahí: desde las obras literarias de los autores llamados del “boom” latinoamericano, hasta los libritos de Rius, pasando por los cuentos de Edgar Allan Poe, Lovecraft y muchos más. En cierto momento alguno de nosotros hacía algún comentario en voz alta sobre lo que estaba leyendo o hacía alguna pregunta. En ese momento los demás interrumpíamos la lectura y comentábamos sobre el tema.
 
Recuerdo con claridad la vez en que uno de mis hermanos, de apenas diez años de edad, confesó que le aterrorizaba leer a Lovecraft –Los mitos de Cthulhu- y que no podía dormir bien. Tratamos de tranquilizarlo diciéndole que era solamente ficción. No obstante, siguió con su lectura. Más tarde habría de formarse como médico y creo que sigue leyendo a Lovecraft y es fan de la antigua serie televisiva “Dimensión desconocida”.
 
Recuerdo que, en otra ocasión, otro de mis hermanos de escasos doce años –en ese momento leyendo Rayuela de Julio Cortázar, irrumpió con la inquietante pregunta: ¿qué se necesita para ser escritor? A lo que con presteza otro hermano mayor que él respondió: lo primero es que tengas algo que decir, lo cual suscitó una interesante discusión y motivó que después todos leyéramos Rayuela.
 
Al día de hoy, gracias a las TICS, seguimos en contacto compartiendo y comentando lo que leemos.
 
Concluyo que para formar lectores ávidos y abiertos al conocimiento deben entrelazase la educación formal y la informal, tomando en cuenta elementos como los siguientes: a) La formación debe darse en un ambiente de libertad, sin coacciones; b) Motivar el gusto por la lectura a partir del gusto y conocimiento del maestro y los padres y tutores; c) Fomentar la lectura colectiva y libre, discutiendo abiertamente sobre lo que se lee.
 
Niños de doce años leyendo a Rashevsky, Dostoyevsky, Lovecraft y Cortázar; observando y realizando experimentos “in vivo”; mezcla explosiva que puede hacer volar en pedazos al sistema educativo y constituir una amenaza para el Estado opresor. Lo cual para mí constituye una verdad acerca de por qué el sistema educativo está como está: No te me desapendejes mexicano, así como estás estamos nosotros muy bien.
 
Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.
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