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¿Cómo Dios se puede interesar en una persona como yo?

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 08/07/2019

alcalorpolitico.com

Es más fácil creer en Dios, que creer que Dios nos ama y nos está buscando. Con todas las dificultades que pueda representar un planteamiento como éste, está más a nuestro alcance llegar a creer que Dios existe, que de verdad creer que nada desalienta a Dios de su afán de entrar en comunión con nosotros.
 
Se constata esta dificultad no por la firmeza de argumentos científicos y filosóficos sino por la experiencia y percepción de nuestra vida concreta. Pesa mucho el reconocimiento de nuestras faltas, el dolor de nuestros pecados y la tristeza en la que nos hunden nuestros errores.
 
El mal, además de que nos seduce, nos envuelve para llegar a concebirnos desde nuestros pecados y no desde las posibilidades que tenemos de superarnos y ser amados.
 
Por eso al principio difícilmente creemos que Dios pueda amarnos. Más bien nosotros mismos nos descartamos con preguntas como estas: ¿Cómo Dios puede amarme? ¿Cómo Dios se puede interesar en un tipo como yo? ¿Cómo es que Dios no se cansa de mí? ¿Cómo Dios sigue firme en su postura de rescatarme, cuando yo sé muy bien quién he sido, las faltas que he cometido y la manera como me he conducido gran parte de mi vida?
 
Esto es lo que precisamente nos impide creer y aceptar a ese Dios que nunca se da por vencido y que como Jesucristo lo presenta -especialmente a través de la imagen del Buen Pastor- va en busca de las ovejas perdidas y no descansa hasta encontrarlas.
 
Así es como Dios me quiere a pesar de mi frialdad, de mi indiferencia y de mi lejanía con Él. Ni esas actitudes negativas desalientan a Dios en su propósito de recuperarme para esta vida y para la vida eterna.
 
Nos quedamos a menudo con el concepto del poder y de la grandeza de Dios y desde ese ángulo nos cuesta trabajo aceptar que Dios se hace pequeño para alcanzarnos y tocar nuestro corazón.
 
Decía el papa Francisco hablando de la debilidad de Dios: “Él no tolera perder a uno de los suyos. Ésta será también la oración de Jesús, el jueves santo: ‘Padre, que no pierda a ninguno de los que me has dado’. Es un Dios que camina buscándonos y tiene una cierta debilidad de amor por los que están más alejados, que se han perdido, va y los busca. ¿Y cómo busca? Busca hasta el final, como ese pastor que va en la oscuridad, buscando hasta que encuentra a la oveja; o como la mujer, que cuando pierde aquella moneda enciende la lámpara, barre la casa y la busca con cuidado. Así busca Dios. ‘¡Este hijo no lo pierdo, es mío! No quiero perderlo’. Este es nuestro Padre: siempre nos busca".
 
Nosotros solemos cansarnos a la hora de amar. Nos fastidiamos y desesperamos cuando no somos correspondidos, por lo que dejamos de buscar y renunciamos al amor. ¡Qué maravilloso saber que Dios no se cansa de nosotros! Y seguirá intentando a pesar de nuestra indiferencia.
 
El pecado, además de mantenernos en el error y de endurecer el alma, también lleva ese propósito de alejarnos de Dios haciéndonos pensar que estamos perdidos, que no tenemos remedio y que hemos sido tan malos que ya no tenemos salvación porque hemos ofendido a Dios.
 
Esos pensamientos vienen del maligno que trata de impedir a toda costa nuestra conversión, nuestro regreso a los brazos del Padre. Tenemos que insistir y presentar a Dios como Buen Pastor y alegrarnos, como el Padre, cuando sus hijos dejan sus malas acciones y regresan a Él.
 
Por eso, el papa Francisco sostiene que: "Cuando Dios encontró a la oveja y la trajo al redil poniéndola junto a las demás, ninguna debe decir: ‘tú estabas perdida’, sino ‘tú eres una de nosotras’, porque le vuelve a dar toda la dignidad”.
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