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Semana de la Ciencia
Universidad Anahuac

Sección: Estado de Veracruz

Sursum Corda

«No estoy en el mundo para guardar mi vida, sino para guardar las almas»

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 24/01/2022

alcalorpolitico.com

Resulta sumamente alentador para nuestra vida cristiana que haya hermanos que tienen el don de la palabra. Hermanos que además de tener autoridad moral entre nosotros saben trasmitir la Palabra de Dios. Nos anima ir a la Iglesia para escuchar a estos hermanos y buscar incluso en las redes sociales estas voces proféticas que fortalecen nuestra fe.

Gracias a Dios tenemos gente que en la Iglesia nos habla de Jesús, nos hace reflexionar. Personas que tienen el don de la palabra, del convencimiento, de la consolación. Es bueno reconocer y agradecer ese carisma que nutre la vida de la comunidad. Dios se manifiesta a través de estas personas que cuando realizan el don de la predicación nos llevan a cautivar con sus palabras, nos hacen recapacitar, nos estimulan a acercarnos más al Señor y nos hacen sentir hambre de Dios.

Cuando los escuchamos y constatamos también la fuerza que los habita dan ganas de beber de la misma fuente. Por eso, a nosotros nos toca ir a la fuente de la que ellos se alimentan y escuchar directamente al Maestro. Es muy importante en nuestra vida cristiana escuchar a nuestros pastores y dejarnos conducir por nuestros guías espirituales. Pero nos toca a todos nosotros escuchar directamente al Maestro, buscarlo en la intimidad de la oración y en la meditación asidua de las Sagradas Escrituras.



Además del rumbo y del estímulo que le dan a nuestra vida cristiana las palabras de nuestros predicadores, también tenemos que estar con Jesús y ponernos a la disposición de la Palabra para que también nosotros vayamos nutriendo nuestra alma y caigamos en la cuenta de los dones que el Espíritu nos regala.

La fe, por supuesto, se disfruta a través de grandes reflexiones que calan profundo en el corazón. Sin embargo, la fe está llamada a proyectarse en la vida sobre todo cuando asistimos a los demás y embellecemos la vida de nuestro prójimo. A veces queremos vivir guardando la vida, disfrutar la fe en lo privado sin comprometernos con los demás. Decía el Obispo de Digne en la obra «Los Miserables» de Víctor Hugo: «No estoy ni vivo en el mundo, para guardar mi vida, sino para guardar las almas».

Agradezcamos, por eso, el regalo que el Espíritu le hace a la Iglesia al concederle esos predicadores que tienen el poder de encendernos en la fe. Pero como ellos, también nosotros busquemos el contacto directo con Jesús a través de los sacramentos, la oración y la meditación de las Sagradas Escrituras. Si lo hacemos así también tendremos el poder de predicar quizá no tanto con palabras, pero sí con un testimonio especial de cercanía, caridad y servicio a los demás.



Como se establece en la Oración para irradiar a Cristo, donde el Cardenal Newman expresa de manera muy bella las formas como se pueden predicar cuando dice, al final de esta oración:

“…Permíteme pues alabarte de la manera que más te gusta,
brillando para quienes me rodean.
Haz que predique sin predicar, no con palabras sino con mi ejemplo,
por la fuerza contagiosa, por la influencia de lo que hago,
por la evidente plenitud del amor que te tiene mi corazón”.

Hay una anécdota muy bonita en la vida de San Antonio María Claret cuando al salir de la Iglesia en donde había predicado el séptimo sermón de aquel día, lo rodearon, como de costumbre, varios sacerdotes y otras muchas personas. Uno de aquellos señores, al besarle el anillo, le dijo: “Usted se mata con tanto predicar. No se explica cómo puede resistir tantas fatigas”. “Esto es un misterio que no se comprende”, añadió otro. A lo cual contestó el P. Claret: “Enamórense ustedes de Jesucristo y de las almas, y lo comprenderán todo y harán mucho más que yo”.



Enamorarse de Jesucristo nos llevará a dar un testimonio apasionado e infatigable que logre conquistar los corazones para el Señor y hará que, como el Obispo de Digne, nos desgastemos en el cuidado de las almas.