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¡Qué misión de escalofrío!

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 19/10/2020

alcalorpolitico.com

“¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que trae buenas noticias!” Qué hermoso ver que suben y bajan y no paran de llegar esos mensajeros que llevan la Palabra de Dios. Qué hermoso ver a esos mensajeros que van de pueblo en pueblo, llevando un mensaje en nombre de Dios.
 
Esta expresión bíblica habla de correr, no sólo de ir y caminar, sino correr. Porque hay un sentido de urgencia para llevar un mensaje que no cabe en el corazón, para compartir este mensaje que nos ha cambiado la vida y que llegará justo cuando más lo necesitan nuestros hermanos.
 
En la experiencia de nuestros pueblos y familias coincidimos con la expresión bíblica porque es hermoso ver a los mensajeros que se sienten dichosos de llevar una palabra que necesitan los demás. Pero qué triste darnos cuenta que pocos se interesan en hablar de Dios; qué triste que especialmente los cristianos se guarden para sus adentros a Dios y ya no lo compartan, ya no lo anuncien, ya no lo dan a conocer en las circunstancias concretas de su vida. Y lo más triste del caso: qué pena que sobre todo algunos hermanos se avergüencen de hablar de Dios.
 
Qué triste que algunos no quieren hablar de Dios; qué triste que otros no quieren compartir lo que ha llegado a su vida y qué penoso que algunos se avergüencen de hablar de Dios. Qué triste que haya pocos mensajeros, qué triste que no se haya desarrollado en nosotros la conciencia misionera, porque ser misionero no es simplemente un ministerio, es una dimensión que está pegada a la profesión de nuestra fe, el algo esencial a la vivencia de la fe.
 
Cuando el evangelio llega a nuestra vida, no es que uno sienta solamente un mandato sino que se siente la emoción de compartir lo que nos ha cambiado la vida. No es simplemente un ministerio, es una necesidad de mostrar la belleza del evangelio, de dejar pasar la luz, de compartir al hermano el secreto que cambia la vida.
 
Muchos de manera refinada se excluyen de la misión. Llegan a decir: cómo voy hablar de Dios si no estoy preparado, si no he hecho cursos especiales, si no he estudiado a otro nivel las cosas de la fe y la Palabra de Dios.
 
Lo que a nosotros nos da seguridad y confianza para hablar de Dios no son los estudios y la preparación, que desde luego son necesarios, sino la propia experiencia de vida cristiana. Lo que se comparte para hablar de Dios es lo que ha hecho en nuestra vida, lo que el Señor le ha aportado a nuestra vida, la manera -muchas veces inesperada y sorpresiva- como llegó a irrumpir en nuestras vidas.
 
Más que un conocimiento erudito lo que se comparte es el testimonio. Un misionero comparte un testimonio, esa manera tan estupenda como el Señor se portó con él. Por eso, la dimensión misionera va pegada a la profesión de nuestra fe. Tenemos que recordar agradecidos cómo Jesús irrumpió en nuestra vida y nos devolvió la alegría.
 
Un misionero es consciente que lleva en su corazón la palabra que salva al mundo, la palabra que puede hacer la diferencia en la vida de los pueblos, las familias y las naciones y por eso se pone en camino. Hay dos cosas que nunca debemos olvidar.
 
En primer lugar, somos enviados, no vamos a título personal. Eso muchas veces se nos olvida ante las adversidades, presiones y descalificaciones a la vida cristiana. Ante el miedo que se puede experimentar se nos olvida que somos enviados. Pero cuando alguien toma conciencia que es enviado fluye el Espíritu y la gracia.
 
En segundo lugar, hay que creer en el poder de la gracia. Aunque estemos delante de gente influyente y poderosa, de acuerdo a los criterios de este mundo, no nos respalda un título ni ponemos nuestra confianza solamente en los estudios profesionales, sino que confiamos en el poder de la gracia.
 
Tenemos que activar la conciencia misionera porque donde Dios nos pone está haciendo falta la presencia de Cristo. El hogar, el barrio, la oficina, el trabajo pueden ser tierra de misión. Vivimos tiempos en los que no nos podemos quedar callados y en los que debemos compartir lo que nos ha cambiado la vida.
 
La parte final de un himno de la Liturgia de las horas, que tiene sabor Teresiano, nos regala las palabras adecuadas para sorprendernos de la trascendencia de la misión que Dios nos encarga:
 
“¡Qué misión de escalofrío
 
la que Dios nos confió!
 
¡Quién lo hiciera y fuera yo!”
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