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Libertas

Biopedagogía

Jos Manuel Velasco Toro 31/10/2019

alcalorpolitico.com

En los últimos treinta años han ocurrido múltiples avances en el conocimiento científico y en la aplicación tecnológica, avances que provienen de distintos campos de la ciencia como son la biología, neurociencia, psicología cognitiva, física cuántica, epistemología, genética, inteligencia artificial y la lingüística, entre otros más. Conocimientos que constantemente amplían nuestros horizontes cognitivos e inciden en el desarrollo social humano y uno de esos horizontes es el de la Biopedagogía, el cual brinda una mayor comprensión de la función que tienen las emociones en los procesos de aprendizaje, entre las diversas dimensiones que implica el acto de educar.

Contrariamente a la idea decimonónica que exaltó la razón por sobre la emoción en la dinámica educativa escolar, concepción más anclada en la ideologización que se hizo de la racionalidad lineal, ahora sabemos que la emocionalidad está presente en todo acto de la vida y, desde luego, en el aprendizaje en la que es generadora de la atención, energía fundamental para el acto de aprender. La impronta pedagógica de la emoción ya está presente en la nueva visión de lo que debe ser la educación del futuro: una educación centrada en la vida que promueva sentido al aprendizaje y convierta el suceso educativo en gozo con “candor”, como bien señaló Ernesto Sábato, en esos “candores que a menudo se encuentran en los genios creadores y casi nunca en las personas que sólo alcanzan a ser inteligentes”.
 
La biopedagogía propugna por la creación de ambientes cognitivos y emocionales integrales que permitan el aprendizaje con sentido. Busca que el aprender a lo largo de la vida sea un proceso que favorezca el equilibrio entre la autonomía del individuo y el trabajo en colaboración, entre el gozo de aprender y la esencialidad de la vida. Un aprendizaje en la que el caminar sea placentero y creativo para que propicie sinergias de satisfacción y sorpresa, de preocupación y curiosidad, de apertura a lo nuevo y percepción de la realidad cambiante. Por ello es necesario que el aprendizaje escolar sea gozoso para despertar y favorecer el desarrollo intelectual y espiritual del aprendiente; emocionalidad que desplegará la habilidad de interlocución dialógica, consigo mismo y con los demás, en la pluralidad del contexto social en el que se vive.

El aprendizaje debe ser vida para avanzar en la auto realización personal, pero inmerso en el reconocimiento y respeto hacia los demás, de la solidaridad social y la congruencia del sentir, pensar y actuar y, sobre todo, en el contrato natural que establece relaciones sustentables con el entorno, la naturaleza y biosfera planetaria. En pocas palabras, el aprendizaje debe ser libre para que posea sentido, ponga en movimiento la emoción creativa y el pensamiento racional reflexivo sustentado sobre nuevos significados, cuyos valores éticos implican el cuidado de la sociedad y el planeta.
 
El aprendizaje es un fenómeno biológico y social, a la vez. Biológico porque el aprender es la propensión de todo ser vivo para adaptarse y sobrevivir en su entorno y en el ser humano refleja la interacción entre la corriente subterránea de las emociones que activan la atención y la corriente consciente de la razón que conoce en el entorno vivido. Social porque el aprendizaje nos vincula con la sociedad para vivir en civilidad al crear y recrear la cultura para intentar vivir en armonía. De ahí que sentir, actuar y pensar están en acción recursiva y vinculan indisolublemente pensamiento y aprendizaje.
 
Sabemos que el ser humano aprende desde que nace y hasta que muere. En la actual sociedad en la que el conocimiento posee un peso fundamental en la dinámica de los procesos sociales, el propio conocimiento es actuación. Por ello, la escolaridad debe poner especial énfasis en promover el cultivo de la emoción para que la habilidad intelectual de aprender a lo largo de la vida sea un proceso cognitivo con sentido para la vida. Sobre todo, porque hoy se aprende más, cada vez más, fuera de los espacios áulicos. Se aprende en las diversas opciones de interacción informativa a las que se accede a través de la red de internet, en la cotidianeidad de la calle donde fluye la cultura de la vida, en los espacios laborales donde campea lo previsto que se cimbra ante lo imprevisto, es decir, se aprende continuamente en todos aquellos ámbitos que son vitales para las personas. Y esta realidad avanza más rápido que los ritmos institucionales de la escuela porque, en el dominio de relaciones sociales, se dan procesos cognoscitivos que convierte a las personas en observadoras y aprendientes. Esta paradoja es posible porque explorar es propensión emocional humana que activa al acto de observar, clasificar, analizar y procesar información para averiguar, indagar y elaborar conocimiento en interacción con el entorno social, la dinámica urbana, la naturaleza y las propiedades o relaciones de las cosas.
 
El actual sistema educativo tiene que transformarse para trascender de los lentos tiempos pedagógicos que provocan apatía escolar hacia ambientes de aprendizaje dinámicos y abiertos al cambio de los conocimientos y tecnologías que se suceden a diario, lo que exige habilidades de aprendizaje continuo y creatividad para la solución de problemas en el devenir cotidiano. En este sentido, la educación escolar del futuro debe bullir en la biopedagogía que alienta una cultura de la vida y para la vida, que incita a liberar la mente a la creatividad, que estimula valores esenciales para la sustentabilidad y solidaridad planetaria, que ve en la vida cotidiana un espacio permanente de aprendizaje, que cultiva la capacidad de autoorganización y autoaprendizaje en el justo equilibrio del respeto a sí mismo y a los demás. Concluyo parafraseando las sabias palabras del educador latinoamericano Francisco Gutiérrez Pérez: el acto educativo debe ser posible siempre y en todo lugar, pero siempre “en el horizonte de la participación, la creatividad, la expresividad y la racionalidad”. Debe ser una proclama a la vida cotidiana, utopía tal vez; pero sin ella no existe aspiración para un futuro justo. No a la ideologización de la educación que cercena la imaginación creativa y procrea desigualdad intelectual.
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