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Libertas

Cambio de época, cambio educativo

Jos Manuel Velasco Toro 04/10/2018

alcalorpolitico.com

(Primera parte)
 
La tradición educativa que se desarrolló a lo largo de los siglos XIX y XX, fue formar a las generaciones para su actuar y adelanto en la sociedad. Con la educación se adquiría certeza a partir de lo aprendido para laborar y proyectar la vida hacia un futuro cercano porque el tiempo era programable y abría la puerta de la seguridad. Sin embargo, el siglo XXI posee condiciones muy diferentes a las del siglo pasado. Hoy la dinámica del tiempo ha cambiado y entrelaza múltiples relaciones causales que conllevan a transformaciones aceleradas en todos los órdenes: el conocimiento científico, la aplicación tecnológica, la reconfiguración de la economía, el perfil del tejido y comportamiento social, la percepción cultural, el accionar político, pero sobre todo está cambiando el mercado laboral, en unos países con mayor rapidez que en otros, pero al final será global. La concatenación del continuo avance en la frontera de la ciencia y la constante innovación en la aplicación tecnológica que se realiza en las diversas dimensiones de la sociedad, son una realidad que, así como el arte humanista del Renacimiento y la Revolución Científica detonada por Copérnico e impulsada por Newton configuraron el paradigma del cambio de época que transitó del escolasticismo al racionalismo de la modernidad, de la misma manera la Revolución Científica y Tecnológica en la que ya estamos inmersos, no sólo es el signo, es el cambio mismo de una época en la que predominó la certidumbre y el trabajo manual a otra en la que predominará la incertidumbre y el trabajo mental como base de la vida social y económica.
 
No existe duda de que estamos en tránsito hacia una época en la que el paradigma de la complejidad está reconformando la visión del mundo. Si bien no hay un consenso, en general se habla de la época del conocimiento caracterizada por la interrelación de tres nodos: información, conocimiento científico e innovación tecnológica, nodos que están reconfigurando la economía, la vida social, el mercado laboral y la cultura. ¿Cuándo se inició este cambio? No hay un evento único ni exacto. Existen múltiples condiciones cuya emergencia inició a finales del siglo XIX y continuó con ritmos alternos a lo largo del siglo XX. Empero, para muchos pensadores, el momento liminal fluyó a lo largo de la década de los años setenta del siglo pasado y se identifica con la irrupción de Internet en el ámbito social. Si de manera arbitraria (pues no es el único elemento) tomamos el momento en que Internet saltó del control militar en el que nació al espacio abierto de la sociedad, entonces tenemos un rango de cincuenta años (a diferencia de los trecientos años que conllevó al cambio de la visión escolástica a la visión secular de la vida) en los que, con diverso ritmo, se aceleró la evolución estructural que se ramifica en avances cognitivos, dinámicas sociales diferenciales, percepciones culturales planetarias, innovaciones tecnológicas, reacciones políticas que no encuentran su nuevo equilibrio, aumento inusitado en el consumo de energía, comunicabilidad abierta, emprendimiento individual, emergencia de desconocidos contextos laborales que en red interactúan a nivel global y, sobre todo, de ignorados problemas sociales que han desembocado en violencia, corrupción y alteración de la paz. Incluso, el cambio se proyecta hacia una cultura humana extraterrestre que busca colonizar el Sistema Solar, la Luna y Marte para empezar.
 
Quienes nacimos en las décadas de mediados del siglo XX, nos hemos visto obligados a asumir el reto del cambio inmersos en el cambio mismo que conduce, invariablemente, a un aprender a manejar lo nuevo para estar al día con el entorno social. Es decir, pasamos de golpe del mando de la certidumbre a afrontar la creciente incertidumbre que no acabamos de comprender y, por tanto, ni manejar ni prever porque estamos, nos dice Daniel Innerarity, repletos de tradiciones, rutinas, costumbres y repeticiones que obnubilan nuestra mente al impedir comprender las relaciones implicadas en el cambio y adquirir consciencia de ello. Dinámica que las generaciones recientes, por el contrario, lo ven como parte natural de su vida porque es su cotidianeidad.
 
Sin embargo, pese a que ambas generaciones vivimos la transición de época, aún no tomamos plena consciencia de ello. Seguimos sin percatarnos que la aceleración del tiempo, en el que ocurren múltiples cosas relacionadas, subsume el presente en el futuro inmediato, lo que transforma la acción en inmediatez. Inmediatez que busca respuesta en el pasado cuando la experiencia pretérita en buena medida no se corresponde con lo que está ocurriendo en el devenir del futuro. Los hechos se suceden con inusitada aceleración, dinámica que en el suceder ha modificado el tiempo social, y al hacerlo, también ha modificado nuestro propio horizonte de vida con profunda incidencia en lo individual, colectivo y laboral. Sobre todo, en el ritmo vital, pues de repente nos encontramos pasando de una cosa a otra, de un asunto a otros, de un accionar a otro accionar, movimiento recursivo en el que vamos y venimos de una a otra situación en el inconsciente de querer superar, o al menos, atajar el problema enajenados por la obsesión “productivista” de querer hacer todo a la vez sin tener momento para observar y reflexionar.
 
Vorágine en el que la idea de progreso parece diluirse en el tiempo líquido de la incertidumbre, nos dice Zygmunt Bauman; en la contradicción de coordenadas y parámetros del pasado con las coordenadas que establece la cultura-mundo, afirman Gilles Lipovetsky y Hervé Juvin; en el paso de una sociedad donde el tiempo del deber ser poseía certidumbre a una sociedad donde el deber ser se diluye en la incertidumbre de una sociedad productivista regida por el dopaje del rendimiento que nos conduce al cansancio, resalta Byung-Chul Han. De ahí la urgencia de comprender que estamos inmersos en un cambio de época, de entender la estructura que se está reconfigurando en la contingencia del devenir, de percibir que el logos civilizatorio está cambiando, de adquirir consciencia de que tenemos que reasumir nuestro rol protagónico para recobrar la imaginación y concebir la anticipación con libertad, con pensamiento creativo y habilidad prospectiva para superar la incertidumbre. Urge recobrar el equilibrio mediante un humanismo biosocial fundado en una cosmología holística, participativa y cocreativa en el que la vida se promueva para hacerla, como nos invita Henryk Skolimowski, “más vibrante y radiante”. Y yo agrego, creativa y solidaria, equitativa y planetaria, perceptiva del devenir para configurarlo como un futuro posible donde la humanidad viva con libertad en la igualdad, con justicia en la paz, con armonía en la multiplicidad cultural y en enlazados con la naturaleza de la que somos parte.
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