Ir a Menú

Ir a Contenido

Columnas y artículos de opinión

Cambiaron las formas y el fondo

Diario de un reportero

Por: Miguel Molina

09/08/2018

alcalorpolitico.com

Tal vez la forma dejará de ser el fondo en el México político que viene. Uno creció acostumbrado a las reglas no escritas que los gobiernos de la Revolución – de algún modo hay que llamarles – establecieron en los rituales de la República, y el pequeño priista que todos llevamos dentro se escandaliza por lo que está pasando, por lo que puede pasar y por lo que algunos creen que puede pasar.
 
Pero hay que aceptar que algo está cambiando en el país, y que ese cambio se manifestó de golpe en las elecciones de julio: el fondo y las formas ya no son como eran cuando otros gobiernos nos decían que todo iba bien aunque todos, o casi todos, viéramos que no era cierto.
 
En las redes sociales, que ocupan el lugar de las tertulias de café y las discusiones de cantina, hay quienes dicen (en serio o en broma) que al paso que vamos ya hay quienes le van a exigir a Andrés Manuel López Obrador que rinda su primer informe de gobierno en vez de asumir el poder en diciembre.
 
Otros, más serios, descubren el agua tibia y advierten que López Obrador no podrá resolver los problemas de la inseguridad y la corrupción, como si nada hubiera cambiado y todo siguiera dependiendo solamente de la voluntad presidencial. Pero ese no es el país que queremos ni el que necesitamos. Todo está por verse.
 
Por ejemplo en Veracruz, rinconcito de patria donde hacen su nido las olas del mal. Hay miedo, hay inseguridad y hay desconfianza.
 
Parte de la inseguridad es que se hacen cosas al revés: contratan a aspirantes a policías, les dan entrenamiento, y después los evalúan para ver si pueden ser policías. No se sabe en qué terminan quienes capacitan y no pasan otras evaluaciones (aunque no es improbable que algunos terminen como madrinas dobles, pasando información de aquí para allá y de allá para acá).
 
Mucha de la desconfianza tiene que ver con la impunidad, que es prima de la corrupción. Hemos visto ex funcionarios ladrones y confesos (al menos en la narrativa oficial) que regresan bienes mal habidos al estado, y siguen como si nada, aunque nadie regresa lo que no se llevó.
 
También le esperan seis duros años a Cuitláhuac García Jiménez. Tiene que mantener la paz en un estado herido por la violencia. Tiene que encontrar remedios a las deudas económicas de Veracruz: el enorme déficit que nadie vio en el Instituto de Pensiones hasta que era demasiado tarde; el compromiso con las empresas que han hecho obra pero nadie les paga, y lo que nunca llegó a las arcas o salió de la Universidad Veracruzana.
 
La Comisión del Congreso local que tenía que investigar el tamaño de la deuda y sus consecuencias no pudo conseguir información confiable del Poder Ejecutivo, y ningún funcionario accedió a presentarse ante los legisladores para rendir cuentas. Hasta el momento, no resulta exagerado decir que son pocos los que saben cuánto falta y menos los que saben a dónde fue a parar ese dinero.
 
Pero se debe mucho. Y se necesita mucho para reparar lo urgente mientras se atiende lo necesario. A ver cuántos y quiénes se apuntan para un trabajo que es de todos, tal vez sobre todo de quienes se han vuelto expertos en las redes sociales.
 
Buscábamos la luna
 
Esa noche de julio el lago estaba inquieto. Al principio pensé que era cosa de la marea, que va de acá para allá y viene de allá para acá porque el agua de un lago no tiene a dónde más ir. Pero al poco tiempo las olas se fueron a otro lado y quedaron solamente el silencio que provocan los eclipses, unos patos y la noche.
 
Nosotros buscábamos la luna. Esa noche la luna era una vaga mancha roja, distinta de otras lunas que uno ha visto, perdida entre las nubes, más ajena y lejana que nunca. Era poco, pero eso era lo que había. Uno tenía que contentarse con adivinar en el cielo del viernes la luz tenue que ninguno de nosotros verá cuando se repita dentro de cien años, y soñar esa noche con el círculo escarlata que evadía la mirada.
 
Una semana después se murió Gerardo Lunagómez. Gracias a él supe la diferencia entre un medianil y una pleca, y aprendí el oficio de la imprenta entre tragos de Habanero Trapiche y aguardientes regionales, y olores de tintas y solventes y humos de Delicados, armando la precaria edición de El Tema de Hoy.
 
Fue un hombre honorable que vivió en sus propios términos, sin concesiones ni dudas. Mi amigo también fue un maestro generoso. Descansa en paz Gerardo, carajo.

Columnas recientes