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Columnas y artículos de opinión

Improvisación climática

Diario de un reportero

Por: Miguel Molina

22/11/2018

alcalorpolitico.com

Uno siempre tiene la opción de creer en Donald Trump y pensar que el cambio climático es un invento chino. O puede uno coincidir con Ernesto Araújo, quien será canciller de Brasil a partir del primer día del año que viene, y declarar que el calentamiento global es producto de "un complot de marxistas culturales".
 
O puede uno confiar en que casi todos los científicos del mundo (con la excepción de quienes reciben dinero de las empresas que más dañan al ambiente) tienen razón cuando dicen que la cosa va en serio y que hay que hacer algo antes de que nos lleve a todos el carajo.
 
Lo que no se puede ignorar es que los fenómenos extremos son cada vez más y cada vez más fuertes. Son impredecibles o inevitables, y afectan a todos, pero principalmente a quienes tienen menos, aunque a fin de cuentas terminan por afectar a todos.
 
En los últimos veinte años, los desastres naturales provocados por el calentamiento global le han costado al país cuarenta y seis mil quinientos millones de dólares, centímetros más o menos.
 
Ante la amenaza de tormentas y ciclones e inundaciones y sequías y otras vainas igualmente terribles, varios países tienen proyectos y presupuestos para programas de mitigación y adaptación al cambio climático. Pero no son muchos y lo que hacen no es suficiente para influir en el futuro.
 
México no es la excepción. El año pasado destinó treinta y seis mil millones de pesos (ocho mil millones menos que en el año anterior) para cumplir con lo que señala la Ley General de Cambio Climático. Todo iba bien hasta que se evaluaron los resultados de la política ambiental.
 
Lo primero que descubrió el grupo de expertos del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático es que no se sabía – ni se sabe – si los programas presupuestados servían para mitigar los efectos del fenómeno o para adaptarse a él, "porque dichos programas no se crearon con el propósito explícito de contribuir a la lucha contra los efectos adversos del cambio climático (...) y los indicadores de resultados se construyeron a partir de objetivos sectoriales y no de cambio climático".
 
(Ese y otros datos se pueden consultar en el documento del INECC: https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/261387/Informe_evaluacion_ATCC_final_limpio_1__1_.pdf)
 
Lo que se pudo establecer es que más de la tercera parte del presupuesto se usó, en teoría, en programas de apoyo a pequeños productores y en el Fondo de Desastres Naturales. Casi nueve por ciento se destinó – bueno, es un decir – a operación y mantenimiento de las centrales de energía eléctrica. Menos del nueve por ciento fue para obras de infraestructura de agua potable, alcantarillado y saneamiento. Y poco más de cinco por ciento fue para apoyos para el desarrollo forestal sustentable.
 
El documento no tiene desperdicio y no tiene compasión para la burocracia. En uno de sus señalamientos explica que "los recursos (del Fonden) se dirigen principalmente a acciones de reparación o reconstrucción y la atención de desastres naturales", pero los recursos para agricultura y ganadería podrían estar contribuyendo al financiamiento de actividades vinculadas a las emisiones de gases de efecto invernadero, "lo que puede dar lugar a incongruencias con la política climática".
 
A estas alturas, es claro que el país necesita modificar de manera radical el rumbo de su estrategia climática. No se puede cambiar si se siguen haciendo las mismas cosas... Por eso resulta extraña la decisión de producir más petróleo y construir refinerías en México durante los próximos seis años.
 
Las industrias – la petrolera entre ellas – han contaminado setenta por ciento de los mantos acuíferos de la nación. Y aunque una promesa de campaña fue impulsar el desarrollo y la operación de fuentes de energía renovable (mini hidroeléctricas, solares o mareomotrices), hasta hoy no se sabe cómo y con qué recursos se piensa hacerlo.
 
Mucho dinero del sector se va a invertir en el aumento de la producción petrolera (para evitar una crisis en el abasto de gasolinas), de la producción de energía eléctrica (que se basa en la quema de combustibles fósiles), y en modernizar la infraestructura de la Comisión Federal de Electricidad.
 
Pero quién sabe. El clima no escucha promesas de campaña ni entiende de compromisos políticos. El nuevo gobierno tendrá que adoptar una estrategia diferente para que las cosas no empeoren, porque ya no van a mejorar. Menos van a poder echarle la culpa a China o a los marxistas culturales.
 
No todo está perdido
 
En Veracruz, la esperanza de que se descubran y se desarrollen fuentes renovables de energía y técnicas para mitigar los efectos del cambio climático o para adaptarse a ellos queda en alguno de los veintiún institutos tecnológicos, de las tres universidades tecnológicas o de la universidad politécnica que hay en el estado.
 
Más que nunca.

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