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Columnas y artículos de opinión

Mira, ven, te contaré...

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

07/03/2019

alcalorpolitico.com

Quien lee realiza un acto de rebelión, de rebelión contra múltiples formas de servidumbre, de esclavitud. Quien lee sale de un estereotipo, se protege contra la censura del ignorante, contra el desprecio del aburrido, contra la guillotina del apocado, del perezoso, del endiosado con el canto de los mercados y de las tiránicas tecnologías.
 
Leer, decía un escritor, es desafiar la estupidez, es descubrir de pronto que un señor, un gran señor, que tal vez vivió hace decenas, cientos, miles de años o tal vez pasee aún en algún bosquecito de este planeta, un gran señor que vivió una vida sorprendente, inusual, extraordinaria, quiere contarte a ti, niño, joven, adulto, esa historia que él vivió, ese cuento que él protagonizó en una noche de sueños, en una fantasía que lo visitó en un aburrido salón de clases; ese poema que él forjó con la ilusión de un amor, con la desilusión de una derrota, con la esperanza de un encuentro, con el dolor de un naufragio.
 
«Todavía no sabía leer cuando encontré un libro o parte de un libro desencuadernado en el caserón donde vivía. Me llamó la atención un grabado en que aparecían dos hombres hablando y una especie de ventana muy amplia, que no era rectangular, sino redonda, pues detrás del vidrio se veía la cara de una extraña creatura. Se lo mostré a mi mamá y ella me dijo que ese libro había sido de su abuelo, que se trataba de un hombre que había construido un submarino y que la extraña creatura que aparecía detrás de la claraboya era un pulpo y que los pulpos tenían ocho extremidades que se llaman tentáculos. Mi abuela, que nos escuchaba, aclaró que no era un pulpo, sino un calamar, que son parecidos. También me dijo mi mamá que el libro lo había escrito Julio Verne, que además tenía otros libros sobre un viaje al centro de la tierra y un viaje a la luna, así como el de La vuelta al mundo en 80 días» (https://www.diariodexalapa.com.mx).
 
Y así empieza la aventura de un lector, el maestro Juan José Barrientos. Como comprobando que el azar de encontrarse con un señor, un gran señor llamado Julio Verne, le abrió las puertas al mundo fascinante de las aventuras que él vivió en los sueños de sus noches insomnes, en el despertar de sus fantasías, en los caminos de la vida que le llevaban de la mano por senderos inusuales, extraordinarios, raros, rebeldes, libres.
 
Por eso, meterse en el mundo de las lecturas no tiene receta, no tiene un aparato que diga «siga cien metros, doble a la izquierda y allí, frente a un libro, ha llegado a su destino».
 
 La iniciación a la lectura es un acto de azar, de la vida misma, de la suerte, de lo inesperado, de lo insólito, de lo no programado por los discursos, (ni siquiera por estas letras). Es un acto personal, íntimo, revelador, en el que un niño, un joven, un adulto, siente que hay allí, entre páginas y letras, entre dibujos y fotos, alguien que se le acerca y con los ojos húmedos por la emoción de su sensibilidad fina le habla al oído y le dice, como el abuelito al nietecillo en los tiernos momentos de intimidad y soledad: mira, te voy a contar lo que me pasó el otro día, lo que le sucedió a un señor que conocí cuando caí preso por los moros, cuando me subí por primera vez en un cohete que emprendió el rumbo estrellado de la Luna, cuando desobedecí a mi padre y naufragó el barco en el que huía y fui a dar a una isla solitaria, cuando me encontré con la sorpresa de un país en donde yo era el más grande de todos y cuando desperté descubrí que todos allí eran pavorosos gigantes. Y te voy a contar, porque te veo triste, porque estás aburrido, porque ya no te satisfacen los juegos en ese aparato, porque ya te duele el cerebro por ver caricaturas violentas; te voy a contar lo que estaba debajo de esa enorme roca que se podía mover con un dedo, pero era imposible hacerlo con la fuerza de una mano entera; lo que había en la entrada de esa casa fea, sucia, abandonada, escombrosa...
 
«Hoy, sentarse a leer en una plaza sería una rebelión. Si eso se transforma en una escuela que se parece a una plaza para que lean, sería la mayor de las rebeliones. Si volvemos a embellecer el lenguaje, si volvemos a tener una materia que se llame “Embellecimiento del lenguaje”, yo creo que estaríamos haciendo rebelión»: Carlos Skliar (Pedagogía de las diferencias), Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina.
 
A él también alguien, un gran señor, le contó esa utopía.
 
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