Ir a Menú

Ir a Contenido

Columnas y artículos de opinión

Las preguntas que no ha respondido México

Diario de un reportero

Por: Miguel Molina

08/08/2019

alcalorpolitico.com

Pues nada. La abogada francesa Hélène Tigroudja resumió así el asunto este miércoles: México tiene que "procesar y castigar a los responsables de desapariciones forzadas, para poner fin a la impunidad estructural".
 
Y la señora – que es integrante del Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas – sabe de qué habla. Ella y otros diecisiete expertos declararon que México "debe llevar a cabo una investigación exhaustiva, rigurosa, imparcial, independiente y efectiva" sobre la desaparición forzada de una persona en Poza Rica en octubre de 2010. (El dictamen completo está disponible en línea para quien quiera ver lo que hace el mal).
 
El Comité revisó la denuncia de los familiares de Christian Téllez Padilla, quien iba en su automóvil con otra persona, fue detenido por dos patrullas de policía y obligado a subir a uno de los vehículos a punta de pistola. Ya no se volvió a saber de él.
 
La compañera de Christian identificó a tres policías que habían participado en la detención, pero los superiores de los agentes detuvieron la investigación. Tiempo después, esos mismos mandos policiales fueron arrestados por presuntos vínculos con el crimen organizado. Pero tampoco se hizo nada.
 
Después de cinco años de ir y venir, la familia llevó el caso al Comité de Derechos Humanos, que tiene autoridad para examinar asuntos como el de Christian, y – aunque se tardó cuatro años más, lo que habla del trabajo meticuloso de los expertos internacionales – ese órgano estableció que México violó el derecho a la vida, a la integridad física y psíquica, a la libertad, al reconocimiento de la personalidad jurídica, y a recursos judiciales efectivos cuando los policías desaparecieron a su víctima.
 
Nadie hizo lo que tenía que hacer cuando desapareció Christian. Se perdieron pruebas importantes. Las investigaciones no fueron independientes ni imparciales. Y nadie sabe todavía dónde está, por qué se lo llevaron, qué fin tuvo. Ni él ni miles, ni cientos de miles, entonces o ahora.
 
México tiene seis meses para informar qué medidas ha tomado en esta triste historia. La última vez que se habló del asunto, el gobierno mexicano no sabía quiénes ni cuántos han desaparecido. Iban a ver. La esperanza hace que la gente olvide la experiencia.
 
Me quejé
 
Me quejé de que a veces oía muchas pendejadas, y Liz me recomendó que fuera a ver a un doctor. Fue doctora. Le dije que llevo media vida trabajando con audífonos y me revisó los oídos, me introdujo un tubo en la nariz y me hizo abrir la boca y mover la lengua para allá y para acá.
 
Una asistente de vestido verde me hizo escuchar algunos sonidos. Bip, bip, bip, oprima el botón cuando oiga algo. Bip, botón, bip, botón, bip, botón. Y ya.
 
Usted está bien para su edad, me dijo la doctora. No necesita nada, pero le voy a dar algo para la congestión nasal que le da en las mañanas: vaya a orinar y luego póngase una dosis de este nebulizador. Venga dentro de un año.
 
Al otro día – miércoles – me fui a la iglesia luterana, en la ciudad vieja, y oí un concierto con música de Poulenc, Rachmaninov y Delibes. La cellista, quien me arregló una luxación de mandíbula en su personalidad secreta de fisioterapeuta, hizo cantar las cuerdas. La cantante (una mujer pequeña y delicada a la que nunca había visto), nos llenó el mediodía con toda la música que lleva dentro.
 
Lloviznaba cuando salí a la calle. Me vine a mi casa. Todavía no oigo ninguna pendejada, nueva o vieja. Me dio gusto. Cenamos sopa de lentejas. La cosa marcha.

Columnas recientes