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Columnas y artículos de opinión

La maravillosa historia de Peter Schlemihl

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

12/09/2019

alcalorpolitico.com

Adelbert Chamisso, escritor y botánico francés, durante la Revolución Francesa ha tenido que huir de Francia y refugiarse en Alemania. Un día recibe de un desconocido un cuaderno con un relato dirigido a él, escrito por Peter Schlemihl, quien dice que tiene que contarle una historia increíble, su propia historia…
 
Esta «maravillosa historia» se inicia con unas cartas que el mismo Adelbert Chamisso les envía a sus mejores amigos. Les dice del cuaderno que le ha escrito un antiguo conocido, un tal Peter Schlemihl, «muchacho zanquilargo que se tenía por torpe, porque era zurdo, y que parecía perezoso por su desidia». El relato está dirigido a él y se lo reenvía para que lo lean y lo guarden bajo reserva pues «me sería muy molesto que algo así como la confesión que un hombre honrado ha depositado en confianza en mi corazón, fiado en mi amistad y lealtad, fuera puesta en picota, publicada como obra literaria, o solamente que sucediera algo desagradable, así como alguna broma pesada a costa de una cosa que no es broma ni debe serlo».
 
Peter, dice el relato, llegó hace un tiempo a Hamburgo, a casa de un hombre rico, Thomas John, a quien le lleva una carta de su hermano con la recomendación de que le consiga un empleo. Thomas no le responde nada pero lo invita a participar en una fiesta privada. Allí suceden cosas insólitas: aparece un extraño personaje vestido de gris, «un hombre alto, más bien viejo, delgado y seco, siempre callado», que mágicamente extrae de sus bolsas las cosas más increíbles: un emplasto, un catalejo, una alfombra turca, una tienda de campaña y tres caballos: todo lo que en ese momento necesita el rico hombre.
 
A nadie sorprende lo que hace el hombre de gris, excepto a Peter que se siente al mismo tiempo atraído y temeroso. Pero el hombre de gris, con todo comedimiento, sencillez y humildad, se le acerca y le hace una sorprendente oferta: que le ceda su sombra: «solo le suplico que me dé permiso para recoger aquí mismo, en el acto, su sombra del suelo y guardármela. Cómo hacerlo, es asunto mío. A cambio, como prueba de reconocimiento al señor, le dejo escoger entre todos estos tesoros que llevo en el bolsillo: la auténtica mandrágora, la hierba de Glauco, los cinco céntimos del judío, la moneda robada, el tapete de Rolando, un genio embotellado… al precio que quiera. Pero ya veo que no le interesa. Mejor el sombrerito de los deseos de Fortunato, nuevo y fuerte, recién restaurado. También una bolsa de la suerte, como la que él tuvo». Peter, sin dudarlo, respondió al acto: «¡La bolsa de Fortunato!», y el enigmático hombre de gris «me estrechó la mano. Inmediatamente se arrodilló delante de mí y le vi cómo despegaba suavemente del suelo mi sombra, de los pies a la cabeza, con una habilidad admirable, cómo la levantó, la enrolló, la dobló y finalmente se la guardó. Se puso de pie, me hizo una vez más una inclinación y se volvió a sus rosales…».
 
Feliz con la bolsa, Peter extrae sin parar, más y más monedas de oro. Se ha vuelto rico, puede tener lo que quiera, el oro le da todo el poder del mundo. Contrata sirvientes, su fiel Bendel y el ambicioso Rascal, y desperdiga monedas a diestra y siniestra, al grado de adquirir el título de conde. Sin embargo, en su interior resiente las reacciones que suscita por carecer de sombra: «la compasión de las mujeres, la burla de los jóvenes y el desprecio de los hombres». Huye de la gente, huye del sol y de la luna, huye de todo y de todos. «¿De qué sirven las alas al que está sujeto con cadenas de hierro? Estaba… en la miseria con mi dinero, pero no estaba con él mi corazón, sino que lo maldecía, por él me sentía apartado de la vida».
 
Desesperado, acude a su fiel sirviente: «¡Bendel!... ¡Bendel! Tú eres el único que ves mi dolor y lo respetas, sin querer preguntar, solo compadeciéndote en silencio. Ven aquí, Bendel, tú serás el que esté más cerca de mi corazón… Me ves rico, Bendel, generoso, bondadoso, te figuras que el mundo debería adorarme y me ves huir del mundo y encerrarme… ¡Bendel!, el mundo me ha juzgado y me ha rechazado, y quizá tú también te vuelvas contra mí cuando sepas mi secreto: Bendel, soy rico, generoso, bondadoso pero… ¡Dios mío, no tengo sombra!».
 
En medio de esta desesperación, Peter descubre que ha despertado la atención y el interés de una bella joven, la sensual Fanny, de la que se enamora perdidamente. Sin embargo, la hermosa joven descubre que Peter no tiene sombra y su espanto es tan grande que huye al instante. Su padre le advierte que abandone su compromiso de boda: «ni a un perro le falta la sombra»… Fanny termina casándose con el infiel servidor Rascal.
 
Las desventuras aumentan a tal grado que Peter está a punto de sucumbir ante aquel enigmático hombre gris, que vuelve, después de un año, a presentársele con una nueva propuesta: le regresa su sombra a cambio de que le entregue su alma…
 
Quien lee esta impresionante y romántica historia, que recuerda el Fausto de Goethe, El Hombre invisible de H.G. Wells y El vizconde demediado de Ítalo Calvino, se pregunta: ¿por qué tanta importancia a no tener sombra? ¿Esa nimiedad puede llevar al hombre a tal extremo de sufrimiento y locura?
 
El autor, Adelbert Chamisso parece decirnos, fruto de su propio dolor de desterrado y de sus lágrimas de desarraigado, que el hombre, por más poder y riqueza que pueda acumular, es un paria de este mundo. Que quien carece de sombra es como aquel que carece de aroma (como escribe Peter Suskind en El perfume), anda desamparado, solo, suscitando ignominia, compasión, desprecio y burla. Sombra (y aroma) es símbolo de valor humano, de bondad y dignidad, de reconocimiento y aceptación de su comunidad, en síntesis, de la propia identidad. De nada servirán, finalmente, las botas de siete leguas, con las que recorrerá el mundo en busca de un lugar en donde pueda ser íntegramente reconocido como un ser humano, querido y apreciado por su íntimo valor por ser persona y no por tener riqueza, fama y fortuna.
 
La maravillosa historia de Peter Schlemihl, escrita hace 200 años, sigue siendo una historia de hoy, de todos los días.
 
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