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Columnas y artículos de opinión

Los intolerantes

Diario de un reportero

Por: Miguel Molina

11/10/2019

alcalorpolitico.com

Estas son dos historias de intolerancia, no aptas para quienes estén convencidos de que quienes piensan diferente son despreciables y no tienen derecho a nada o a casi nada, con poder o sin él. Si usted es de esas personas, sáltese lo que sigue y lea el final de esta columna. O no lea nada.
 
El caso es que la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México organizó un diplomado con el optimista título de Política mexicana contemporánea: una visión plural, y en nombre de la pluralidad invitó a varios de los actores políticos del país para que compartieran con sus estudiantes reflexiones y experiencias sobre el quehacer público del país.
 
Entre los convocados estaban Beatriz Paredes (ex presidenta nacional del Partido Revolucionario Institucional), Cuauhtémoc Cárdenas (ex priista fundador del PRD y tres veces candidato presidencial), Dulce María Sauri (ex gobernadora de Yucatán y senadora priista), Javier Corral (gobernador panista de Chihuahua), Jorge Castañeda (canciller en el sexenio de Vicente Fox), Rubén Aguilar (vocero de Vicente Fox), y Ricardo Anaya, ex presidente de Acción Nacional y ex candidato presidencial), y varios periodistas y académicos.
 
El plan era que estos personajes reflexionaran en público sobre el quehacer político de nuestro tiempo: qué se hizo, que faltó hacer, qué funcionó, qué fracasó, y por qué, por qué, por qué. Al fin y al cabo saben de esas cosas. Pero la cosa no salió como habían pensado los organizadores.
 
La idea le pareció mal a un grupo que protestó porque se ofrecía un foro a "los grupos de poder más conservadores de México", y a "la tecnocracia neoliberal". Pero sobre todo les molestó que la universidad – casa universal, vaina que tendría que incluir a la derecha, a la izquierda, al atinado centro, y a todos los lados del sistema político – hubiera invitado a Ricardo Anaya, quien "ha sido señalado en investigaciones de corrupción y lavado de dinero".
 
Más allá de la falta de información de los inconformes, que al parecer no se dieron cuenta de que la Procuraduría General de la República exoneró a Anaya dos días antes de que terminara el gobierno de Enrique Peña Nieto porque no existían "datos de prueba suficientes, aún de manera circunstancial que permitan acreditar el hecho con apariencia de delito de operaciones con recursos de procedencia ilícita", como inequívocamente dice en una prosa indómita el expediente sobre el caso, al que tuvo acceso el periódico Reforma.
 
Anaya – que a fin de cuentas no fue al diplomado, en el que también participarían destacados priistas y panistas por cuya presencia nadie protestó – es profesor invitado de la Universidad de Columbia en Nueva York, donde da clases sobre el México de nuestros días.
 
Hace siete años, cuando dejó la presidencia, Felipe Calderón se fue a Harvard, donde le ofrecieron una posición académica (la primera que otorgaba el fondo Angelopoulos Global Public Leaders en la escuela de Derecho John F Kennedy, y después ocuparon Tarja Halonen, ex presidenta de Finlandia, Ban Ki-moon, ex secretario general de las Naciones Unidas, y Juan Manuel Santos, ex presidente de Colombia.
 
Esta misma semana, Calderón también canceló su participación en un simposio internacional de Derecho en Juicio debido a la protesta de un grupo de estudiantes del Instituto Tecnológico de Monterrey, inconformes con la presencia del ex presidente, a quien muchos culpan de manera directa de los asesinatos de dos estudiantes del Tecnológico que la versión oficial quiso disfrazar como delincuentes.
 
En este caso particular, me habría interesado qué respondería Calderón si le preguntaran que pensó sobre el caso entonces y por qué dijo lo que dijo, y qué piensa ahora, y por qué decidió emprender su guerra contra el narcotráfico, y por qué cree que pasó lo que ha estado pasando desde entonces, cosas así. Un diálogo así permitiría saber – y tal vez entender, aunque nunca justificar – la lógica del poder y de quienes lo ejercieron. Pero no sabremos.
 
En Veracruz también hemos visto casos de intolerancia parecidos a los de la UNAM y el Tecnológico. Cuando los candidatos a gobernador se disputaban dos años de poder. Un académico bien intencionado – que terminó siendo funcionario – los invitó a debatir en la Universidad Veracruzana, mi Alma Mater Dolorosa.
 
Los candidatos de entonces no aceptaron enfrentarse a un público marcado por la intolerancia, aunque – entonces como ahora – nadie dudaría que la academia bien entendida es el mejor lugar para debatir ideas, porque expone a los estudiantes a distintas formas de pensar, y permite dialogar en términos de igualdad con quienes toman o van a tomar decisiones. Nadie estaba interesado en el libre intercambio de ideas.
 
Nadie iría a que lo insultaran sin escucharlo. Nadie iría a enfrentarse a grupos que no tienen ninguna disposición al diálogo ni al debate, porque – en la lógica de la intolerancia– quien no está con los grupos que más gritan no tiene derecho a hablar.
 
Los intolerantes no tienen la palabra pero tienen el micrófono. Dicen que quienes no piensan como ellos no pasarán. A esto hemos llegado.

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