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Columnas y artículos de opinión

Revolución traicionada

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

28/11/2019

alcalorpolitico.com

Hace poco más de 39 años, un 17 de septiembre de 1980, el general Anastasio Somoza Debayle, último del clan Somoza que había gobernado Nicaragua durante cerca de 40 años, viajaba en su automóvil no blindado Mercedes Benz por la avenida Generalísimo Franco, en la capital Paraguaya. El 16 de julio del año anterior había renunciado a la presidencia de Nicaragua en un escueto comunicado dirigido al Congreso Nacional y al pueblo nicaragüense, en el que señalaba textualmente: «Consultados los Gobiernos que verdaderamente tienen interés de pacificar al país, he decidido acatar la disposición de la Organización de los Estados Americanos y por este medio renuncio a la Presidencia a la cual fui electo popularmente. Mi renuncia es irrevocable. He luchado contra el comunismo (sic), y creo que cuando salgan las verdades, me darán la razón en la historia».
 
De manera sorpresiva, un comando compuesto por siete guerrilleros asaltó el vehículo, dispararon sus fusiles de asalto M-16 y después remataron la «Operación Reptil» mediante un lanzacohetes RPG-7. La autopsia, que le tuvo que ser practicada en los pies, única parte de su cuerpo que quedó ilesa, confirmó su identidad. Dejaba un país destrozado y una herencia calculada en unos mil millones de dólares.
 
La Revolución Sandinista (que tomó el nombre del luchador Augusto César Sandino, asesinado por el padre de Anastasio Somoza), había logrado su renuncia después de años de lucha que costó miles de muertos. Aquella revolución, dirigida por el misterioso «Comandante Cero», Edén Pastora Gómez, tuvo el apoyo decisivo de los empresarios, de la iglesia católica, los obreros, los campesinos, los estudiantes, los indígenas, las clases medias y contó con amplias simpatías en muchos pueblos del ámbito internacional. Al caer Somoza, el gobierno fue asumido por una Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, integrada por Sergio Ramírez, Moisés Hassán, Alfonso Robelo, Violeta Barrios de Chamorro (esposa de Pedro Joaquín Chamorro, periodista asesinado en 1979 por Somoza) y Daniel Ortega.
 
Ahora, 40 años después, Nicaragua se sacude por un movimiento popular que se opone a un gobierno que se ha mantenido en el poder más allá de los límites aceptables por un pueblo que derramó su sangre en contra de una dictadura atroz y devastadora, y que casi había perdido la esperanza de obtener la paz y la democracia. Esa democracia y esa paz que se fueron construyendo palmo a palmo, primero en la mente y después en la realidad de los nicaragüenses, de pronto se ven traicionadas y precisamente por uno de los líderes de aquel que fue, en su momento histórico, un ejemplo a seguir por los pueblos que anhelan libertad y el respeto a sus derechos más elementales.
 
Los nicaragüenses habían aprendido, con dolor, paciencia y una esperanza en su futuro, que era posible vivir en libertad, en democracia, con un gobierno emanado de sus entrañas, y que estaba comprometido con su progreso y su justicia. Y con justicia se preguntan qué ha sucedido con aquellos que una vez fueron considerados héroes, que enfrentaron una dictadura atroz y despiadada y que ahora emulan a aquellos tiranos contra los que lucharon con valentía y honestidad.
 
Al reelegirse Daniel Ortega por cuarta ocasión, al acosar a periodistas, al lanzar al ejército contra el pueblo, al reprimir las manifestaciones populares, al lanzar gases y proyectiles contra los estudiantes, contra los obreros, contra los indígenas y emprender un feroz ataque contra los empresarios y la iglesia que lo apoyaron, está construyendo con éxito una réplica de aquellos tiranos que sojuzgaron a su propio pueblo, a sus propios compañeros de lucha. Ahora persigue a los hijos y nietos de los sandinistas que fueron víctimas de las tiranías somocistas. Ahora acosa y denigra a los periodistas que lo apoyaron en la lucha, a los compañeros de ideales, en resumen, al mismo pueblo que lo llevó a la presidencia, confiando en una integridad personal que no existe. El pueblo se ha levantado y la represión de Ortega suma 325 muertos, más de dos mil heridos, cientos de presos y decenas de miles que han huido de su país, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
 
En palabras de Rafael Rojas, historiador y profesor del CIDE: «En cuarenta años, Nicaragua pasó de una dictadura a otra, con una revolución auténtica por el medio. Se trata de dos autoritarismos de muy distinto signo: el de los Somoza era un régimen anticomunista, corrupto y despótico; el de Ortega es un régimen también corrupto y despótico, pero antiliberal… En Nicaragua se produjo la primera modalidad de una izquierda que, preservando las normas democráticas, introdujo componentes autoritarios: represión, censura, demagogia, culto a la personalidad del máximo líder… Reprodujo las pautas del nuevo estilo de gobierno: rentismo, acoso a la sociedad civil, deslegitimación de la disidencia, reelección indefinida. Ese es el origen preciso de la crisis actual… Fue la democracia, y no la Revolución, la que le ha permitido perpetuarse en el poder» (https://www.nytimes.com/es/2019/07/19/revolucion-sandinista).
 
¿Es posible que el poder corrompa a tal grado la mente y la voluntad de una persona que, haciendo a un lado ideales y principios, termine por ser igual o peor que aquellos contra quienes luchó? Con su novela Rebelión en la granja, vemos que George Orwell tenía toda la razón…
 
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