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Columnas y artículos de opinión

El país de Juan Rulfo

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

16/01/2020

alcalorpolitico.com

No recuerdo con precisión cuándo fue que leí por primera vez a Juan Rulfo. Debió ser cuando andaba por los 18 años, en los escabrosos años de 1968-69. Por allá, cuando gobernaba uno más de los reyezuelos que ha soportado este país de juguetería (como diría López Velarde: «Patria mía,/… vives al día/ de milagros, como la lotería»). Sí recuerdo con emoción que, especialmente El llano en llamas, se convirtió en un modelo. Un modelo de lo que debe ser un escritor, de lo que debe transmitir, de los temas que debe abordar, de la conciencia social y ética que debe tener, de la fina sensibilidad que requiere para ser impactado por una realidad triste y desoladora, para hacer que el lector vibre con esas emociones, y todo con el lenguaje que es indispensable para hacerlo con belleza, con pulcritud, con elegancia.
 
Eran aquellos tiempos en que el mandarín del palacio prohibió Los hijos de Sánchez por retratar «un país que no era el nuestro», y que no pudo impedir que Vicente Leñero escribiera Los albañiles y que se escenificara en el teatro de Tlatelolco, porque estaba más preocupado por organizar sus inolvidables Juegos Olímpicos («El crimen está allí,/ cubierto de hojas de periódicos,/ con televisores, con radios, con banderas olímpicas/…Aquí no ha pasado nada/ Comienza nuestro reino»: Jaime Sabines). Estaba preocupado en fraguar con sus esbirros el golpe que ultimaría la «revuelta» de los muchachos que, lastimados, abusados, perseguidos, acosados, buscaban, no su mano sucia extendida al vacío, sino un cambio que le urgía al país para volverlo un poco decente. Cambio que todos nos quedaríamos esperando inútilmente, pues este país sigue siendo, como dice el viejo y abatido profesor rural de «Luvina», «un lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera». Sí, en cualquier diario, en cualquier noticiero, en cualquier manifestación, en niños con cáncer y sin medicinas, en ancianos sin pensión, en enfermos a quienes cobran en los hospitales públicos, en niños en escuelas de cartón, sin maestros, sin libros, sin sillas; en mujeres lastimadas y ultrajadas, en niños abusados, en maestros acosados, en los pobres más empobrecidos y engañados, en muchachos secuestrados, en migrantes reprimidos, en emigrantes humillados, en políticos ensoberbecidos, en periodistas denigrados, en periodistas corrompidos, en las víctimas del chantaje, de las balas perdidas, de haber tenido la desgracia de pasar por donde reina la muerte...
 
Juan Rulfo retrata, ahora, en este eterno presente, un país que se desangra, que, como el viejo Ignacio en el cuento «No oyes ladrar los perros», le habla a un hijo que estaba, que está muerto y no puede escuchar sus lamentos, su tristeza, su abandono, su miseria, su frustración, la recriminación que se hace a sí mismo de haberle transmitido su sangre solamente para que ahora la vierta de manera inútil, desgarradora, estúpida, víctima de un desastre (nacional) que no tiene para cuando acabar, ni siquiera, amainar. Igual que el Tanilo de «Talpa», que «se alivió hasta de vivir» y que «ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le costaba vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida que le salía por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a nosotros nos tenía asustados».
 
Quizá la muerte haya sido para él, como para otros miles, una manera de librarse de esta condena, de la condena del hambre, del desarraigo, de la esperanza frustrada, de la lucha inútil, de la manifestación boicoteada, de la enfermedad sin alivio, de la miseria endémica, de la ignorancia supina, de la orfandad forzada, de la vejez solitaria, del tenaz desamparo, de la ingenua fe en un cambio que no se da, que no se puede dar.
 
Juan Rulfo legó en sus libros todo un testimonio y un testamento. Y dejó, para una profunda reflexión, el retrato de un país que fue, que es y que será. Porque aquella fe que los muchachos tuvieron hace 40 años se fue desgastando con el paso de los días, encadenados uno a otro, formando una sarta de desengaños, de mentiras, de traiciones, gracias a un sistema que es capaz de devorar a sus propios hijos y de asimilar a su carne, sangre y estampa las más grandes esperanzas y los más grandes ideales y convertirlos en mercancías para venderlos como lacrimógenas y enajenantes telenovelas.
 
«¿Qué país es este?», le pregunta el viejo maestro a su esposa, «¿En qué país estamos, Agripina?».
 
Y Agripina calla: no sabe qué contestar.
 
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