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Columnas y artículos de opinión

Ciencia y conciencia

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

19/03/2020

alcalorpolitico.com

Un mundo le es dado al hombre, su gloria no es soportar o despreciar este mundo, sino enriquecerlo construyendo otros universos (Mario Bunge)
 
Un mes antes de que China, primero, y luego el mundo entero se estremeciera con el anuncio de esta maldita plaga del Covid-19, el chino He Jiankui sacudió a unos 700 científicos reunidos en un congreso en Hong Kong al anunciar, sin pelos en la lengua y en un desplante de autoexaltación, que había realizado un experimento muy exitoso: alteró el ADN de dos bebés para hacerlas resistentes al Sida, del cual era portador uno de sus padres.
 
El susto fue mayúsculo pues se comprobó que este investigador no había cumplido con los protocolos reconocidos y establecidos internacionalmente para realizar experimentos con embriones humanos. El problema es ético: no se puede experimentar con embriones o seres humanos cuando no exista certeza y no se prevengan con suficiente claridad los efectos secundarios que puedan generarse.
 
Ante la alarma que suscitó este experimento, el gobierno chino realizó una rápida investigación y terminó por detener y encarcelar a Jiankui por «violar seriamente los principios éticos y la integridad científica, así como la legislación china».
 
El mundo de los científicos se tranquilizó, pero muchos escépticos dudaron de que ahí terminara el asunto y de que se dejen de hacer investigaciones y experimentos que no reúnan los mínimos requisitos establecidos por la más elemental ética.
 
En ocasiones anteriores (guerras, epidemias, exterminios raciales, genocidios políticos, gobiernos totalitarios, etc.), se ha sabido que científicos carentes de ética profesional o impulsados o hasta amenazados por políticos, han favorecido experimentaciones violando los más elementales derechos humanos y en descarado menoscabo de la dignidad de los sujetos a ellas sometidos.
 
En el maravilloso libro Los cazadores de microbios se describen los experimentos que hicieron varios científicos para encontrar remedios a terribles males que han azotado a la humanidad. En algunos casos, a falta de sujetos que sirvieran de conejillos de Indias, los sabios se sometieron ellos mismos a pruebas a veces espeluznantes.
 
Más recientemente, el periodista Dominique Lapierre, en su fascinante libro Más grandes que el amor, relata todo el proceso llevado a cabo por científicos para dar con el retrovirus causante del VIH. Libro sorprendente en el que se pone de manifiesto, no solo el difícil camino que los investigadores tienen que recorrer para llegar a un buen descubrimiento, sino la implacable morosidad y ambición económica de los grandes laboratorios, dueños de la salud y de la enfermedad de los humanos todos, que no dan entrada a un medicamento sino hasta que cientos de miles son víctimas de una enfermedad, porque no les es redituable fabricarlo para una cantidad reducida de pacientes, aunque ello conlleve la muerte de todos o muchos de estos.
 
Asimismo, revelaciones de algunos científicos han demostrado que algunos de esos laboratorios fabrican medicamentos que, bien lo saben, no remedian una enfermedad, sino que son simplemente paliativos o placebos, pues de esta manera aseguran las ventas que les reportan descomunales ganancias.
 
Por estas revelaciones, la ciencia (y su instrumento, la tecnología) ha sufrido un creciente desprestigio. Y muchos se preguntan, ahora que rusos, chinos y norteamericanos anuncian que están ya probando en humanos una vacuna contra el Covid-19, cómo es posible que no exista un remedio eficaz para una simple gripe. Las razones que se arguyen (por caso, las mutaciones de los virus y retrovirus) no llegan a ser totalmente satisfactorias para quienes entienden del asunto. Y, mientras, millones de humanos siguen padeciendo año con año estas y otras molestas y hasta letales infecciones.
 
Esta pandemia que nos tiene atenazados, al parecer y por las informaciones que se nos proporcionan (con la consabida reserva que el caso amerita), ha originado que pueda empezar a devolver a la ciencia su credibilidad como instrumento para lograr el bienestar humano. Y de esta manera estar de acuerdo con la optimista opinión del filósofo Mario Bunge, con la que inicia su hermoso libro La ciencia, su método y su filosofía: «Mientras los animales inferiores solo están en el mundo, el hombre trata de entenderlo; y, sobre la base de su inteligencia imperfecta pero perfectible del mundo, el hombre intenta enseñorearse de él para hacerlo más confortable. En este proceso, construye un mundo artificial: ese creciente cuerpo de ideas llamado “ciencia”, que puede caracterizarse como conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y, por consiguiente, falible. […] Es cosa de los técnicos emplear el conocimiento científico con fines prácticos, y los políticos son los responsables de que la ciencia y la tecnología se empleen en beneficio de la humanidad». La dimensión ética la aporta quien la usa y aplica.
 
Ojalá, de verdad y así lo esperan los hombres de hoy, atemorizados por esta invasión masiva de microscópicos enemigos de su bienestar, que los científicos (y los políticos) rijan sus acciones por el bien común y no por las ambiciones de poder y riqueza.
 
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