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Columnas y artículos de opinión

No te distraigas: ¿la nueva pedagogía?

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

14/05/2020

alcalorpolitico.com

Ahora que los niños, adolescentes y jóvenes, y los maestros y los papás y mamás están siendo objeto de una afiebrada investigación por ciertos psicólogos, pedagogos, sociólogos, psiquiatras y demás (y con los políticos al acecho) para ver qué tan efectiva resulta, si no la eliminación, al menos la reducción de escuelas, aulas, maestros y demás componentes del «gasto» educativo, utilizando eso de «aprende en casa», «los mejores maestros son los papás», «los abuelos deben encargarse de los niños», etc., me parece que la máquina de tiempo se fue de reversa y regresamos a tiempos y experimentaciones, ya fallidas, del siglo pasado.
 
Allá por las décadas de los sesentas-setentas, entusiasmados por la teoría del neoconductismo de Burrhus Frederic Skinner, que después popularizó sobre todo con su novela Walden dos, se desarrolló en algunos países una verdadera avalancha de inventos y recomendaciones para lograr aprendizajes más efectivos en las aulas escolares... y mejores comportamientos en los hogares y en la sociedad en general...
 
Skinner (con su Condicionamiento operante) explicó lo que yo llamo la regla de oro del comportamiento humano (y animal, claro): una conducta tenderá a aumentar su frecuencia si su efecto resulta positivo, es decir, «agradable» al sujeto. Por ejemplo, recibir un premio o una alabanza. También si evita algo negativo: molestia, ansiedad, dolor, sufrimiento; por ejemplo, ponerse un abrigo para evitar el frío. Y, a la inversa: si una conducta tiene efectos negativos (dolor, frustración, no recibir un premio) tenderá a disminuir su frecuencia, aunque nunca llegue a extinguirse por completo.
 
Esto, aplicado a la educación, dio como resultado aquel frenesí por la «Tecnología educativa», al grado que el propio Skinner, al alimón con James Holland, publicó Análisis de la conducta para enseñar a todo mundo cómo se debía enseñar...
 
Surgieron así las «máquinas de enseñanza», diseñadas con base en su famosa «Caja de Skinner», en que cada conducta «positiva» o «buena» (una respuesta correcta) era inmediatamente reforzada mediante un «like», físico o psicológico: un foquito encendido o un apapacho, y los errores (respuestas incorrectas), «castigados» (o no premiados) con algún sonido estridente o con el foquito sin encenderse o sin el apapacho esperado.
 
Los resultados debían ser tan buenos con este procedimiento como efectivas resultaron, al menos experimentalmente, las famosas palomas entrenadas para guiar torpedos en la Segunda Guerra Mundial. Las infelices aves dirigían un proyectil picoteando la figura que aparecía en una pantalla: el proyectil iba directo al objetivo a destruir... Y ahí, por suerte para unos y desgracias para otros, perecía el enemigo con paloma y todo.
 
Pero, análogamente a lo sucedido con las palomas asesino-suicidas que resultó práctica y «humanamente» un disparate, las famosas máquinas de enseñar, entonces vitoreadas por los gobernantes y algunos mercachifles de la educación que así pretendían birlar recursos a la educación, resultaron una moda que no resistió el embate de la realidad y tampoco las severas críticas de los humanistas. Si era un crimen matar palomas inocentes, era peor exponer a bebés, niños, adolescentes, jóvenes y hasta adultos y, de paso, a delincuentes, a un proceso que iba, exactamente como decía el título de otro polémico libro de Skinner, Más allá de la libertad y la dignidad. Aquí entró en escena la famosa película Naranja mecánica, en donde un pobre jovenzuelo descarrilado es sometido a un proceso de reacondicionamiento o «moldeamiento de la conducta» para hacerlo un buen ciudadano, y termina convertido en un más miserable engendro, sin pulsiones, sin impulsos instintivos y, por ende, absolutamente expuesto como víctima inerme de una sociedad violenta y destructiva...
 
Volviendo a este nuevo experimento «pedagógico». Más de un negociante de la educación (y gobernante perverso) ya está ideando sustituir maestros o reducir las horas-maestro frente a grupo por computadoras y tabletas, y que los alumnos «investiguen» y hagan sus «cuadernos de experiencias» en su casa o donde se les ocurra e, incluso, como lo predica el seudoeducador que «dirige» la Secretaría de Educación Pública, sin importar que sea elaborado en colaboración (con copia y pega incluidos) o por algún profesor desahuciado que así complete su magro salario haciendo tareas escolares a la carta.
 
Vamos, si ya leemos de psicólogos y pedagogos que están investigando cómo hacer para que esos infelices neo-alumnos no se distraigan tanto mientras «estudian» con sus tablets y compus, y de gobiernos que ya están calculando qué «programas sociales» (electorales) van a inventar para usar los recursos que se piensan ahorrar.
 
Aquí, como en los asesinatos, robos y fraudes, hay que ver quién es el que sale beneficiado, que los perjudicados están a la vista. Y ¿quién defiende a los indefensos?
 
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