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Columnas y artículos de opinión

Cambios posibles e imposibles

Diario de un reportero

Por: Miguel Molina

24/07/2020

alcalorpolitico.com

Una vez, hace tiempo, cuando era gobernador de Veracruz, Fidel Herrera Beltrán expresó – en la Escuela de Economía de Londres – que México necesitaba cambiar su estructura política y constitucional y crear la figura de Jefe de Gobierno. La cosa no pasó de ahí.
 
En la idea de Fidel, el Presidente representaría al Estado, y la jefatura del gobierno y el gabinete se elegirían entre los integrantes de las fracciones de la Cámara de Diputados, como se hace – por ejemplo – en Gran Bretaña, donde el líder de la fracción con mayoría en el Parlamento preside la administración del país y los ministros del gabinete son diputados electos.
 
Entonces pensé que era una buena idea, porque a fin de cuentas las leyes son un retrato de las condiciones específicas que vive un país en un momento de su historia, y al mismo tiempo son una declaración de las aspiraciones nacionales (aunque nada es para siempre, como parece probar el hecho de que la Constitución de 1917 ha sufrido más de doscientas reformas desde que entró en vigor).
 
Fidel ya no es gobernador, y la oposición al sistema que conocimos durante décadas ganó las elecciones y hoy tiene el poder. Pero – aunque la idea (que no era solamente suya) de cambiar la forma de gobierno conserve una lógica que vale la pena examinar – uno tiene que admitir que no sería posible porque poco ha cambiado en la forma en que se hace política en el país.
 
Basta con ver las sesiones del Congreso para comprender que el sistema parlamentario no funcionaría en México, porque el nivel de la cultura política sigue siendo rupestre y tribal, lo que nos deja con la triste conclusión de que hay cambios posibles e imposibles, y que en nuestro país sería muy difícil que las cosas cambiaran.
 
El arriesgado mundo de la internet
 
Pensaba en eso cuando me topé con la noticia de que en México – en términos del nuevo tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá – dentro de poco podría incorporarse a la ley el mecanismo de notificación y retirada, que obliga a los portales de internet a retirar contenidos que puedan violar los derechos de autor de terceros sin necesidad de pruebas de la infracción ni de orden judicial.
 
Basta con que yo diga que lo que otro dice viola mis derechos para que se borre lo que yo dije que el otro dijo. Así de fácil será silenciar a la crítica. Pero es una ley sin dientes, porque sólo se podría aplicar a proveedores de internet basados en México.
 
La regla no servirá para nada más allá del Bravo y del Suchiate, porque el mundo de la internet es ancho y ajeno, y porque la libre expresión ya no conoce ni leyes ni fronteras.
 
Eso me llevó a recordar el lejano mediodía en que le pregunté a Toomas Hendrik Ilves – entonces era presidente de Estonia –, cómo se podría regular la internet (es la porque es interconnected network, la red interconectada). Estábamos en una reunión del Foro Económico Mundial sobre la gobernanza de la red mundial. Había expertos de todo el mundo. Y yo.
 
El presidente Ilves me dijo que era difícil poner orden. En general, los legisladores no tienen – ni entonces ni ahora – mucha idea de cómo funciona la internet, y eso limita seriamente lo que se puede hacer en términos legales.
 
La red se transforma exponencialmente cada tres meses (en ese entonces, ahora quién sabe), lo que hacía y hace más difícil el trabajo de quien pretende poner orden en esa torre de Babel. No sería difícil establecer el número de diputados y diputadas – y senadores y senadoras – que pueden articular propuestas
 
"Esa es la ventaja y la desventaja", me dijo ese mismo día Tim Berners-Lee, uno de los padres de la internet: permite hablar a quienes no podrían hacerlo, y les da voz a quienes no tienen mucho qué decir.
 
La idea de Berners-Lee es que los gobiernos garanticen que todos se puedan conectar a la internet, y que respeten y protejan los derechos fundamentales a la privacidad y a los datos que uno va dejando en su paso por el paisaje cibernético.
 
Lo mismo pide a las empresas, que además tendrían que desarrollar tecnologías que refuercen lo bueno y cuestionen lo malo que hay en la gente. A su vez, los usuarios de la internet tendrían que respetar las expresiones de los demás y la dignidad de todos. No es mucho pedir. Y es mejor que imponer reglas a las que nadie les va a hacer caso.

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