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Columnas y artículos de opinión

San Bartolo, el diablo y otros más

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

27/08/2020

alcalorpolitico.com

Gracias al historiador, investigador, maestro, botánico, escritor, poeta y campesino huatusqueño Miguel Ángel Flores, leo una ilustrativa leyenda mexicana, (originaria de Jamapa, Veracruz) relativa al día de san Bartolo que el martirologio romano tiene establecido este 24 de agosto.
 
Y va el cuento que tiene mucho de fondo. Según la leyenda, este día el diablo hace su arribo a tierras terrestres (y no es pleonasmo), disfrazado de un honorable caballero muy elegante, educado, honesto, perfumado y puro, hablador como él solo y con la astucia de quien ha sorteado muchas luchas en la vida y ahora se encuentra en la cima del poder, así sea del mismísimo infierno...
 
Su arribo a estos lares, dice el informante jamapense, obedece al propósito de «conquistar a personas, platicar con ellas, siempre ocultándose que es el diablo», lo cual habla muy claro de sus dotes histriónicas y de gran embaucador. «Se presenta, reitera el narrador, como una persona muy... como un caballero» y aprovecha que ese día se está celebrando una boda y «un baile muy bonito», con música de esa que les gusta que les toquen y bailar a los mexicanos.
 
El diablo, astuto y conquistador, «se puso a bailar con una dama, una muchacha, pero en esto vieron que era el mejor bailador (¡!), el mejor bailador él. Entonces todos se imaginaron que era un caballero que bailaba muy bien y muy elegante».
 
Por supuesto, conquistada por aquel inusual donjuán, la muchacha se enamoró de él. Entonces, uno de los espectadores que estaban en el sarao les dijo a los otros «que se le fijaran en las patas o sea, en los pies. Dícese de patas —acota puntualmente el relator— porque sí, las tenía de gallina». Es decir, le pasó lo que al lobo disfrazado de cordero: al final se descubre quién es en verdad.
 
El diablo, al ver que estaba en riesgo su credibilidad, se hizo ojo de hormiga chicatana... y desapareció. Sin embargo, terco como es y obsesionado por conquistar adeptas (y adeptos) «al otro día se presentó onde había un comelitón. Llegó y se sentó a la mesa. Pero se presentó allí en una forma como de un pordiosero muy espiltratado, de una cosa muy, este... muy mal vestido. Entonces, pss, los que estaban ya sentados a la orilla de la mesa a él no le hacían caso. Entonces cuando vino la mesera a servir y todo, a él no le puso ningún platillo. Por fin ya, este... llamaron a otra mesera y sí le sirvió a él. Pero él, como veía que le hacían, le hacían menos, pues agarró y se echó la comida encima.
Y ya le dijeron: —¿Por qué se va usted? ¿Por qué se echó usted la comida encima?
Dice: —Porque aquí lo que vale es la ropa. Dice: —No, este... No es la persona. Pero ahorita vengo al ratito bien presentado y van a ver que sí me van a atender bien».
 
No obstante que no era un «comelitón» en la Casa Blanca ni un ágape «popular» en palacio para celebrar la independencia de su país, cumplió su promesa de vestirse de fifí. «Y así fue. Así lo hizo. A los diez minutos regresó ya muy bien vestido y bien presentado». Solo que ya todos le habían descubierto el embeleco pues, por más que calzaba botines de marca, no podía ocular sus pezuñas de animal de corral y su origen falsario. Así es que no tuvo de otra que confesar, citando a conferencia a todos los presentes, «y ya les dijo qué él era y que no era ningún otro caballero, que él era el diablo, que se presentaba en todos momentos y en todas partes porque tenía la orden de salir a las once de la noche por el día veinticuatro de san Bartolo, que lo mencioné antes».
 
Debemos sospechar que siendo tan astuto y trinquetero, con el mayor desparpajo se zampó los sabrosos guisos «populares» y tuvo que confesar, para tranquilizarlos y no se alborotaran, que no quería hacer alarde de su poder ni quedarse allí de por vida, por lo que, ipso facto, se recogió, muy orondo, a su lugar de origen.
 
Aunque, según el relator, esto sucede solo el día de san Bartolo, presumimos (ariscos que somos) que también se trata de una treta inventada por el conocido personaje de una de esas alucinantes y educativas leyendas mexicanas.
 
La leyenda original es producto de la tradición oral, relatada por Raúl Utrera Rojas, habitante de Jamapa, el 27 de julio de 1965, a Stanley L. Robe, quien hizo la transcripción fiel y fue publicada originalmente en 1971 en Berkeley: University of California Press, y reproducida por el Laboratorio de Materiales Orales de la ENES, UNAM Morelia.
 
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