Ir a Menú

Ir a Contenido

Columnas y artículos de opinión

El camino de la reforma educativa

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

08/10/2020

alcalorpolitico.com

El 15 de mayo del 2019, en el Diario Oficial de la Federación se publicó la reforma al artículo 3.° párrafo 11 de la Constitución, en el cual se definió la «orientación integral» de la educación con una visión que incluya, en igualdad de contenidos y perspectivas, el conocimiento de las ciencias y las humanidades.
 
A esa reforma siguió, especialmente por parte de los humanistas y filósofos, varios encuentros con legisladores y funcionarios de la SEP para la adecuación de la Ley General de Educación. Esta, finalmente, fue reelaborada y publicada hace un año, el 30 de septiembre. En ella, en el artículo 30 del capítulo V se especifica qué implica esa «orientación integral» en cuanto a los planes y programas de estudio. Literalmente dice así: «Los contenidos de los planes y programas de estudio de la educación que imparta el Estado, sus organismos descentralizados y los particulares con autorización o con reconocimiento de validez oficial de estudios, de acuerdo al tipo y nivel educativo, serán, entre otros, los siguientes: I El aprendizaje de las matemáticas, II El conocimiento de la lecto-escritura y la literacidad, para un mejor aprovechamiento de la cultura escrita; III El aprendizaje de la historia, la geografía, el civismo y la filosofía; IV El fomento de la investigación, la ciencia, la tecnología y la innovación, así como su comprensión, aplicación y uso responsables...».
 
Esta reforma fue justamente celebrada en cuanto que, tras una larga lucha emprendida por los cuerpos colegiados de humanistas y, especialmente, de los filósofos y maestros de filosofía de casi todo el país, por fin se tamizaba debidamente el perfil que se desea de los alumnos que, en cualquiera modalidad, forman parte del sistema educativo nacional.
 
Parecía que, tras tantos cabildeos y esfuerzos, por fin se reconocía que el sistema educativo nacional no estaba formando alumnos con una orientación integral, a pesar de que esa palabra venía siendo parte de la orientación que debería tener la educación desde los gobiernos posteriores a Lázaro Cárdenas, quien le había dado a la educación la orientación abiertamente «socialista».
 
Como siempre sucede, los errores no se cometen en lo que se afirma sino en lo que se niega u omite. A que la educación tenga una orientación social, en el sentido de promover la igualdad y la justicia, nadie puede oponerse. Pero sí a que se niegue o restrinja la diversidad de opiniones, de creencias, de concepciones del hombre y del mundo, ya que esto implica una polarización total, absoluta, poniendo en riesgo muchas libertades tanto individuales como sociales. En pocas palabras, un único sentido y concepción del hombre y su mundo puede desembocar en dogmatismos y totalitarismos de cualquier género y orientación.
 
Abrir la mente y ejercer la tolerancia hacia las distintas concepciones del hombre es un logro obtenido tras muchos años de cruentos enfrentamientos y es signo de nuestros tiempos. Los niños y jóvenes no deben ser sometidos y manipulados en aras de una sola tendencia ideológica. Eso, desde luego, no implica caer en un relativismo filosófico, pero este es otro asunto...
 
Con las reformas legales se abría la posibilidad de redefinir el rumbo. De la orientación obsesivamente mercantilista, centrada en el endiosamiento del dinero y su poder, en el individualismo a ultranza, en la servidumbre a la tecnocracia y a la sociedad de consumo, se abrían (o reabrían) las puertas a una orientación pluralista, más libre y humana. No se negaba (esperamos decir, «no se niega») el lugar de las ciencias matemáticas, físicas, naturales, y del conocimiento y uso de las tecnologías, pero sí se especificaba que el hombre está más allá de ello, pues existen disciplinas y ciencias que le permiten una formación y una perspectiva más amplia, completiva, holística.
 
Faltaba otro paso más. Y es un paso muy grande e importante. Faltaba (y falta) que esas ideas, esta manera de ver la educación, se concretara (se concrete) en el currículo escolar, en la práctica, en el ejercicio en el aula, en los planes y programas de estudio, en los métodos de enseñanza, en los libros de texto, en los mecanismos de evaluación y promoción, en la formación de los maestros.
 
Este paso resulta penosamente lento, tedioso y asfixiante si la política educativa y el currículo escolar llegan a estar en manos de una burocracia que avanza a ritmo cansino, dominada tradicionalmente por el tortuguismo de un poder ejercido lejos, tristemente lejos de la experiencia, de la vida diaria escolar, y más si se inserta en un aparato de estado que, si de agravarse se trata, se encuentre dominado por el centralismo del poder, en el pensamiento y credo de una oligarquía ideológica.
 
Esta historia ya la vivimos.
 
[email protected]

Columnas recientes