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Columnas y artículos de opinión

Un país que nunca ha sido

Diario de un reportero

Por: Miguel Molina

10/12/2020

alcalorpolitico.com

Nunca se sabrá el momento exacto en que se borraron las ideologías y se olvidaron los principios políticos en México. Uno podría pensar que fue el día en que se estableció la primera alianza contra natura entre una izquierda borrosa, mermada por enfrentamientos internos, y una derecha de atinado centro, panista o priista y similares y conexos, cuyo interés último no era el bien común.
 
No recuerdo cuándo fue, ni viene al caso porque este no es un asunto de fechas. Con la primera alianza entre quienes habían sido adversarios –porque cada uno quería hacer un país diferente y tenía distintas ideas de cómo hacerlo– desapareció aquello que los separaba y sólo quedó lo que tenían en común: ganar elecciones (y tal vez recibir subsidios millonarios para seguir haciendo nada).
 
La nueva sociedad entre el Partido Revolucionario Institucional, el de Acción Nacional y el de la Revolución Democrática puede servir como ejemplo para entender que, ahora como entonces, como siempre, la vaina es tener el poder. Hace un par de semanas, en este espacio, reflexionaba sobre estas cosas:
 
Aunque pocas sorpresas puede ofrecer el sistema mexicano, no deja de parecer extraño que organizaciones políticas de signos tan opuestos se unan con el objetivo (equivocado, desde mi punto de vista) no de ganar sino de hacer que pierda Morena.
 
Históricamente, no puede haber partidos más diferentes: la tradición de izquierda del PRD, la biografía conservadora del PAN y como se llame lo que piensa el PRI, establecen con claridad la línea que divide ideologías, maneras de plantear la vida del país, opciones. No importa cómo se mire, esa alianza –pardon my French– es un menage atroz...
 
Lo que se ve es un conjunto de grupos
 
Pero esa aberración política se enfrenta a un movimiento que no ha aprendido a ser partido y sigue siendo la suma de sus tribus y de sus caciques aunque está en el poder. Ni unos ni otro son entidades de interés público, por más que le busque uno, ni se ve cómo promueven la participación del pueblo en la vida democrática, más allá de votar.
 
Tampoco se ve qué programas, que principios y qué ideas postulan para hace posible el acceso del pueblo al ejercicio del poder público, como manda el artículo cuarenta de la Constitución. Se ven los intereses y se ignoran los principios. Por eso uno busca y no encuentra mucho en lo que hacen esas entidades de interés público.
 
Lo que se ve es un conjunto de grupos que se integran y se desintegran sin esfuerzo en su búsqueda de poder y de los millones que les entrega el estado para que hagan su lucha y se repongan. Pero no hay proyecto de país. Cada seis años hubo ideas deshilvanadas sobre qué hacer, y cada seis años había que reinventar a la Nación de acuerdo con las nuevas ideas deshilvanadas.
 
Ojalá alguien pudiera decirme que no es verdad, que los partidos políticos de México tienen más principios que intereses, que quieren promover la participación del pueblo en la vida democrática, que son instituciones dedicadas a la reflexión de la cosa pública y a la organización de la sociedad civil. No hay de eso.
 
Se equivoca quien crea que es fácil cambiar lo que construyó – bueno y malo –el sistema revolucionario institucional en casi un siglo: muchos olvidan que cada gobierno desde el fin de la Revolución comenzó con la promesa de transformar a México en un país que nunca ha sido.
 
Desde el balcón
 
El gusto de pararse a esperar a que llegue el autobús mirando allá el Mont Blanc, blanco y lejano, y mirando acá la nieve en las crestas de las montañas Jura. Uno está en paz, carga en la bolsa de lona dos pechugas de pollo para la cena y avena para el desayuno, y pan y leche y vino para cuando se ofrezca, y alza la mirada sin saber bien lo que hace, y entonces ve.
 
Uno recuerda ese momento de paz horas después, cuando el sol cae o cae la noche, después de un rato de buscar explicación al misterio de por qué anochece cuando cae el sol, y cuando la noche cae también. Son las alegrías gratuitas e inesperadas que ofrece la vida si uno se da cuenta de que ahí están.
 
Pero eso es una cosa, y otra cosa es otra. Ya es de noche cuando uno termina pensando en la pregunta que oyó el lunes a mediodía: ¿extrañas México, piensas volver?

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