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Columnas y artículos de opinión

Sesgos cognitivos

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

11/02/2021

alcalorpolitico.com

Probablemente (o muy seguramente) padecemos una de esas muchas distorsiones o sesgos cognitivos que algunos convertidos en terapeutas han inventado para explicar por qué a veces (muchas veces) malinterpretamos las cosas o las vemos o juzgamos desde un sesgo, desde una distorsión producida en nuestro aparato cognitivo. Es muy probable, entonces, que quienes padecemos estas disfunciones en nuestras maneras de ver, conocer y analizar las cosas (es decir, el 100 % de los humanos) tengamos que ser sometidos, añaden estos semibrujos, a una alfabetización cognitiva, para enderezar nuestros enfoques y poder acercarnos a los hechos de manera infantilmente desprejuiciada. Solo así, añaden, podremos encontrarnos con la realidad de forma correcta, confiada, con la seguridad de que, ahora sí, hemos llegado a la verdad en nuestros juicios.

Lo innegable es que, en esta era postrumpeana, estamos ya tan desacostumbrados a escuchar verdades o, mejor, interpretaciones acertadas de los hechos, que andamos como zombis o, mejor, como aquellas pobres víctimas de la ceguera blanca a que se refiere Saramago en su extraordinaria novela Ensayo sobre la ceguera. Y tan es así que ahora hay una sarta de dirigentes políticos y sociales (¡!) que se contagiaron del trumpismo y se bañan diariamente en las más descabelladas interpretaciones y visiones de la realidad (digamos, de la realidad-real), arrastrando a una inmensa muchedumbre que ve lo que no hay y no ve lo que hay, a otra no tan inmensa muchedumbre que espera se deshaga la niebla y se recupere la confianza en nuestros ojos y en nuestro cerebro, y hay, finalmente, unos poquitos que hacen gala de paciencia y, simplemente, se hacen a un lado y dejan pasar al perro antes que dejarse morder por él.

En una novela estridentista, chirriante (Quijote), el autor de aquellos Versos satánicos que lo tienen atiborrado de sesgos cognoscitivos (me refiero a Salman Rushdie), dice que «Antaño la gente creía vivir en cajitas, una cajitas que contenían sus historias enteras, y que no hacía falta preocuparse mucho por lo que los demás hacían en sus cajitas, daba igual que estuvieran cerca o lejos. Las historias ajenas no tenían nada que ver con las nuestras. Pero luego el mundo se hizo más pequeño y todas las cajitas se apretujaron entre ellas y se abrieron, y ahora todas las cajitas están conectadas entre sí, necesitamos entender lo que está pasando en todas las cajas en las que no estamos o no entenderemos por qué pasan todas estas cosas que pasan en nuestras cajas» (274).



Pues, con el respeto debido, mejor es no tratar de entender lo que pasa en esas cajas en las que no estamos, por fortuna. Por ejemplo, no se puede llegar a entender a un gobernante que vive encerrado en su caja, haciendo y deshaciendo mientras se reparten guías para que primero los amados pobres más pobres que nunca y luego los ricos más ricos que nunca, y los viejos y nuevos corruptos vivan interconectados, en sana armonía, hermanados en la misma distorsión cognitiva, pensando que con un recetario de la abuelita Moralina pronto viviremos, si logramos saltar la epidemia, en la universal fraternidad bajo régimen castrense en la que sueñan algunos.

Mejor es no meter las narices en las cajas ajenas, y menos en las que predican lo que no hacen, en las que ven seres humanos en cuadrúpedos y cuadrúpedos en los seres humanos, en las que tratan a niños, mujeres y disidentes como enemigos y ven moros con tranchetes en quienes son de pensamiento libre. Porque hay de sesgos cognitivos a sesgos cognitivos, los unos tan sesgados que brincan como chapulines fluorescentes y otros que simple y llanamente van pisando suave, sin hacer ruido y sin molestar a los caja-habitantes vecinos.

Quizá, con todo y la distorsión cognitiva que se tenga, lo mejor es no vivir en cajitas, sino en una casita, y en ella hacer morada, en silencio y en paz, dejando que los encajonados griten, que sus perros ladren día y noche, que sus cofrades les aplaudan y que sigan creyendo en que tienen a la verdad asida por los pelos, mientras esta, como la liebre, se les escapa de las manos y lo que tienen asida sea una patraña.



Entretanto, con todo y nuestro sesgo cognitivo, seguimos en espera, no de un terapeuta o de un profeta que baje con su nuevo decálogo moralizante o de un chamán que nos venga a alfabetizar cognitivamente y nos encierren en sus cajas para hacernos ver la realidad como ellos la ven, sino en que se nos abran los ojos y veamos con claridad y diáfanamente para hacer nuestra vida en casa linda y limpia, sin pretensiones de grandeza ni sueños de vanagloria.

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