Ir a Menú

Ir a Contenido

Columnas y artículos de opinión

La tambaleante democracia

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

15/04/2021

alcalorpolitico.com

Hay una idea que siempre dio vueltas en la cabeza de Platón (o Aristocles), filósofo ateniense, discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, quien en su libro La República hace un curioso análisis de lo que él consideraba la mejor forma de gobierno. Y, aunque estuviera en pleno Siglo de Oro o Siglo de Pericles, en que los atenienses brindaban encantados con el sueño de la democracia, él olímpicamente la trata como una de las formas peligrosas de gobierno.
 
Hay que contextualizar el juicio de Platón sobre la democracia y lo que esta podría representar para un pueblo.
 
Por principio, Platón pensaba que la sociedad estaba constituida por tres clases sociales, correspondiendo a las tres «partes» o estamentos del alma: los comerciantes (ricos) que representaban el deseo concupiscible y a quienes estaba encomendado abastecer de víveres a la comunidad. Después estaban los militares representantes del deseo (o «apetito») iracundo del alma, a quienes correspondía la defensa de la ciudad. El tercer segmento era el de los «aurigas», pensadores, (quizá a los filósofos entendidos como los «amantes del saber») a quienes, por concernirles la prudencia, les correspondería el gobierno de la ciudad. Las traes clases o estamentos sociales solo podrían vivir en paz y armonía si reinaba la justicia.
 
Según Platón, si gobernaban los comerciantes, su preocupación sería el usufructo, la ganancia, la utilidad y, como la virtud que por deber les corresponde (la templanza, la continencia) está muy lejos de sus preocupaciones, pronto imperaría la injusticia y los pobres aumentarían poniendo en peligro la paz social. Si gobernaban los militares, aunque su virtud relativa era la fortaleza, muy pronto esa virtud se iría al extremo y caería en el simple despotismo.
 
Por ello, siendo la prudencia la virtud correspondiente a los pensadores, a ellos muy bien les asentaría gobernar el Estado.
 
¿Y qué pasó con la democracia? Para el filósofo ateniense, la democracia es una forma de gobierno que pone en riesgo la estabilidad y la armonía de la sociedad. En primer lugar, porque si un barco está en riesgo de naufragio, no es razonable someter a votación popular al capitán que se requiere, y, en segundo lugar, porque (y bien lo sabemos) muchas veces no se elije al mejor sino que los votantes se dejan llevar por las apariencias, conveniencias o dádivas, sin analizar a fondo quién es el mejor prospecto.
 
Platón se inclinaba por una forma de gobierno llamada «aristocracia», en su sentido original, etimológico: el gobierno en manos de los mejores. Estos dedicarían su vida a estudiar, a prepararse para ejercer tanta responsabilidad velando por el bien de toda la sociedad: «Pues no tendrán fin las calamidades de los pueblos mientras los filósofos (los sabios) no sean reyes o los reyes, sabios». Lo cual está en esperanto...
 
Una vez conformado el modo de gobierno, a este grupo selecto le corresponde velar por la justicia, que consiste no en lo que cada uno quiere sino en lo que cada uno tiene como deber: hacer cada uno lo suyo.
 
¿Y las formas indeseables de gobierno? En primer lugar, la timocracia: el gobierno en manos de los ambiciosos y pragmáticos, que toman decisiones sin pensar ni reflexionar. En segundo lugar, la oligarquía, en la que el gobierno se encuentra «en manos de unos pocos logreros y explotadores. No figuran a la cabeza del estado hombres especializados, de competencia, sino políticos que aparentan saberlo todo y no saben nada. Tenemos el primado de la política convertida en una caza de puestos bien retribuidos, que obstaculiza el trabajo, destruye la interna unidad y condena al Estado a la impotencia» (Hirschberger, Johannes, Historia de la filosofía I, 132).
 
Después viene la democracia, en la que se da un «desbordamiento de la libertad». En ella «no se reconoce orden ni fuerza alguna de deber moral, sino que se vive al día según su gusto y humor» (Rep. 561d). Y, finalmente, está la tiranía, consecuencia de la democracia, pues a ella conduce por sus excesos. «El tirano es aquel que cae en la embriaguez del poder y en la ilusión de grandeza [...] Comenzará a vender favores y amistad y a hacer toda clase de promesas, por ejemplo, perdón de deudas y reparto de tierras; después verá la forma de deshacerse de sus enemigos, maquinará guerras para que el pueblo tenga constantemente necesidad de un jefe y no le quede tiempo para pensar en alzarse contra el régimen; pondrá principalmente sus ojos escrutadores en los hombres valientes, magnánimos, inteligentes y favorecidos de la fortuna y de todos ellos procurará “purificar” al Estado; se rodeará cada vez más exclusivamente de sus criaturas; aumentará y reforzará hasta el infinito su escolta personal y se distanciará con ello más y más del pueblo» (Hirschberger, I, 133).
 
Empero, 25 siglos nos han enseñado que la democracia, bien ejercida y defendida por un pueblo y convertida en instituciones que regulen y controlen las acciones del mandatario, es la mejor forma de gobierno...
 
[email protected]

Columnas recientes