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Columnas y artículos de opinión

Estado y ley

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

13/05/2021

alcalorpolitico.com

Se ha escrito y predicado que los filósofos griegos, especialmente los más destacados: Platón y Aristóteles, eran enemigos de la democracia y eso debido a que ambos formaban parte de la aristocracia.
 
Habrá que aclarar que en la Atenas de la época clásica, la experiencia de la democracia no había resultado muy productiva. Después del «siglo» de Pericles, fueron los aristócratas Critias y Cármides quienes encabezaron un gobierno basado en el terror oligárquico. Y Platón, aun siendo su familiar, tuvo que huir a Megara, a casa de Euclides, para escapar de su furor. Y Aristóteles (que no era ateniense sino nacido en Estagira), aun cuando fue preceptor de Alejandro Magno pues su padre fue médico de cabecera de Amintas, abuelo de este, también tuvo que huir del gobierno «para que los atenienses no pecaran otra vez contra la filosofía»...
 
Cuando Aristóteles reflexiona sobre la teoría política de Platón, entra en abierta controversia con él, no obstante haber sido su discípulo desde los 18 años hasta la muerte de su maestro, 20 años después. Como él mismo lo explica: «Siendo los dos amigos míos (Platón y la verdad), es un piadoso deber mío poner por delante a la verdad» (Ética a Nicómaco).
 
Aristóteles no considera, como Platón, que el Estado sea una forma absoluta y que deba estar, como tal, por encima de formas que lo precedieron en el tiempo: el individuo, la familia, la tribu y el pueblo; formas, estas tres últimas, que surgieron por la necesidad de unirse para salvaguardar la vida. Pero, una vez constituido, el Estado es autosuficiente, autárquico, soberano, y es escenario y garante para que el individuo y la familia puedan alcanzar su pleno desarrollo. Solo en la comunidad (dice en Política y Ética a Nicómaco) se encuentra el hombre en su forma perfecta y acabada, pues «el hombre es un ser social por naturaleza». «Animal político», dice, en el buen sentido de las palabras.
 
El Estado no se agota en sus funciones de atender y garantizar las necesidades físicas del hombre. Por supuesto que debe ser responsable de ese bienestar físico de los individuos, el comercio, la economía, la seguridad, pero no es en sí una empresa. Tampoco, dice Aristóteles, es una institución para la autoafirmación de un poder político o para la atención predominante de las actividades políticas (ni aun en tiempos de elecciones).
 
La función específica del Estado va más allá, debe ir mucho más allá de atender estas actividades. El Estado, ciertamente, surge como una necesidad del hombre para salvaguarda de su vida y la consecución de aquellos bienes que la pueden proteger y satisfacer, pero su misión fundamental es favorecer que los ciudadanos (el individuo, la familia y los grupos sociales), puedan tener una vida buena (no una «buena vida»), digamos, calidad de vida, pues esta solo puede lograrse en el ámbito social.
 
Aristóteles utiliza una palabra, obviamente griega, para definir esta función del Estado: eudaimonía, ‘felicidad’. Esto puede sonar demasiado irreal, utópico. Pero Aristóteles, cuando habla del hombre, no se refiere a un ser que se agota en comer, beber y dormir; lo entiende como un ser con una dimensión superior, con un anhelo que va más allá de la satisfacción de estas necesidades básicas; el hombre tiene necesidades de índole «superior», como las define Abraham Maslow.
 
El hecho de que los hombres decidan reunirse en un grupo de mayor dimensión que la familia o la tribu no obedece a un mero capricho o pacto social, sino que brota de su misma naturaleza: el ser social le es connatural. Por naturaleza busca vivir en comunidad, y por ello es «antes» que el individuo o la familia. Y vivir en comunidad (con todo lo complicado que resulta a veces) es algo muy distinto al simple agrupamiento que proviene del espíritu gregario de los animales (de los brutos, pues).
 
El hombre posee una dimensión superior (aunque no les guste a quienes piensan que es de la misma categoría y nivel que sus queridas mascotas). El hombre posee un lenguaje de palabras que sirve para comunicar algo más que placer y dolor: con él expresa ideas, conceptos sobre el deber moral, la justicia, lo bueno y lo malo, sobre verdades y valores.
 
Y, también, sobre cómo debe organizarse el mismo Estado, cómo debe operar y cómo deben actuar quienes están al frente de él, los que tienen la responsabilidad del bien común.
 
El individuo, la familia, el pueblo dieron origen temporalmente al Estado, pero el Estado es y debe ser garante de su protección y mejoramiento. Para eso crea leyes y con la ley y el respeto a la ley (que Aristóteles resume en la Constitución de un país) el hombre logra su perfección, es decir, una vida de calidad. Sin la ley y el respeto a la ley es el más salvaje animal. De otra manera, se trastoca el orden natural y lógico de las cosas.
 
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