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Columnas y artículos de opinión

La campaña más violenta en la historia de México

Por: Helí Herrera Hernández

31/05/2021

alcalorpolitico.com

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twitter: HELÍHERRERA.es

He vivido infinidad de elecciones, esperando con ansias la jornada electoral de las mismas, primordialmente las últimas horas del día la votación (de las 8 de la noche en adelante), que han sido, casi siempre, de infarto.

Necesitaría varias decenas de cuartillas para narrar esas experiencias, lo que es imposible en esta columna porque varias parecen películas que, en este momento que deslizo el lápiz, las estoy volviendo a ver y sentir, porque me dejaron marcado para siempre.



Aquella campaña contra el PRI-Estado de 1985, cuando fui candidato a presidente municipal de Altotonga, y que, por no poder cuidar una casilla en una comunidad de la sierra, a la que en aquellos tiempos sólo se llegaba con mula, esa maquinaria de hacer fraudes electorales metió más de 800 votos de personas muertas y sólo 60 de vivos. Y luego, la vivida 3 años más tarde, la presidencial de 1988 que se realizó en miércoles (6 de julio), cuando triunfó Cuauhtémoc Cárdenas, y ya sabe usted por qué al final fue presidente de México Carlos Salinas de Gortari. ¡En casi 3 noches no pegamos el ojo!

Cómo olvidar la del 6 de septiembre de 1992 cuando fui candidato a gobernador, esperando con un ansia desenfrenada el día de la votación, la noche del recuento, a sabiendas que el candidato del PRI resultaría ganador a como diera lugar, sin importarles el tamaño del fraude que realizarían los hampones electorales, pero con la satisfacción del deber cumplido, hinchados de orgullo por la lucha revolucionaria de ganar conciencias, para ir construyendo el ejército que más temprano que tarde, serviría para derrotarlos, como sucedió.

Vinieron otras, muchas más, la del 2006, y una vez más otro fraude, ahora cibernético, hasta llegar a la que tendremos dentro de 6 días. Ésta, como ninguna de las anteriores, está cargada de sangre, mucha sangre derramada por hombres y mujeres candidatas, cuyas voces fueron calladas por las balas de caciques regionales, de intereses políticos y económicos de sus zonas de influencia que, al no doblarlos con las amenazas, o la compra de sus voluntades, decidieron, como en el imperio romano, bajar el dedo pulgar y sellar el destino de 34 de ellos, haciéndolos un lado de manera vil de la lucha electoral.



No, nunca, en tantas elecciones vividas me había tocado observar, sentir, vivir una campaña tan dramática, tan sufrida, tan terrible, tan terrorífica, tan sentimental, tan llorada por la rabia que te deja ver caído a compañeros y compañeras candidatas que con determinación y valentía quisieron cambiar el rumbo de su municipio, de su región, de su distrito y no los dejaron aquellos que veían que sus negocios, intereses y poder corrían peligro si los caídos ganaban.

Ha sido, hasta donde va, la campaña más sangrienta de la que tenga memoria, y todavía falta lo que, esperemos no suceda, el domingo 6, y de esa noche hasta que los funcionarios electos tomen posesión de sus cargos.

Y todo esto, sinceramente, porque el Estado fue rebasado ya, desde hace años.



Ojalá y los hombres y mujeres que detentan el poder estén tomando nota de todas estas pesadillas para reinventar un nuevo gobierno, que decidan dar un paso al frente y diseñar nuevas estrategias de seguridad que garanticen paz pública, y nunca más volvamos a vivir procesos electorales donde las balas sean las que hablen, en lugar de las propuestas de los y las candidatas.

Estamos en el umbral donde el hombre que toma las decisiones en este país, deberá dar un giro de 180 grados para garantizar los derechos fundamentales a sus gobernados, o abdica de esa obligación constitucional que tiene, y cede todo ya a los que han hecho de México una nación donde reina la zozobra, la angustia, el terror.

He allí la importancia también para los que en seis días decidirán quedarse en sus casas o ir a votar, porque quizás, para 2024 hasta ni elecciones haya, por muy atrevida o loca que les parezca esta premonición estimado lector, radioescucha, televidente, porque estamos en tierras pantanosas y tal vez ésta sea nuestra última oportunidad de enderezar la averiada nave del actual Estado mexicano.



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