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Columnas y artículos de opinión

Plumas al viento

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

12/08/2021

alcalorpolitico.com

El 14 de junio, en el municipio de Caarapó, en Mato Grosso, Brasil, unos setenta hacendados, montados en sus camionetas, agredieron a un grupo de indígenas guaraníes kaiowás que habían reconquistado sus tierras ancestrales. Los hacendados dispararon a mansalva, mataron e hirieron a los indígenas, entre ellos un niño de 12 años. El ataque había sido anunciado. Las autoridades no hicieron nada para evitarlo.

Hace nueve años, en 2012, un grupo de 170 hombres, mujeres y niños guaraníes kaiowás escribieron una carta al gobierno ante la amenaza de ser despojados de sus tierras. La escribieron no en su lengua propia sino en la de los gobernantes. En ella expresaron: «Les pedimos al Gobierno y a la Justicia federales que no decreten la orden de desalojo/expulsión, sino que decreten nuestra muerte colectiva y nos entierren a todos aquí. Pedimos, de una vez por todas, que decreten nuestra extinción/diezmado total, además de mandar varios tractores para que caven un agujero grande al que tiren nuestros cuerpos y los entierren» (El golpe y los golpeados | https://elpais.com/internacional/2016/06/21).

Para estos indígenas guaraníes, aquellos que en la película La Misión son también masacrados impunemente por el sistema conquistador europeo, «La palabra es la unidad más densa que explica cómo se trama la vida... y cómo estos se imaginan lo trascendente. Las experiencias de vida son experiencias de palabra» dice la antropóloga Graciela Chamorro, citada por la periodista Eliane Brum en el artículo mencionado. Pero cuando esa palabra, que para ellos es vida, la esencia del hombre, la que encarna en el recién nacido y lo humaniza y lo mantendrá en pie, cuando esa palabra-alma, espíritu vital «ya no tiene lugar o asiento, la persona se muere y se convierte en un devenir, un no ser, una palabra que ya no es».



Aun escribiendo su denuncia en lengua oficial, ellos saben que sus palabras no tienen valor alguno para sus destinatarios. Las palabras han perdido su eficacia, ya no son «palabras que actúan». «Las palabras, como los cuerpos, ya no tienen vida. Y, así, no pueden decir». Por eso invocan la muerte como respuesta, porque saben que para el conquistador, el colonizador, el gobernante que desde su palacio no oye, las palabras del gobernado simplemente son plumas al aire, botellas al mar... «Algo que no es censura, porque está más allá de la censura. No es que no se puedan decir las palabras, como en los tiempos de la dictadura, es que las palabras dichas ya no dicen. El silenciamiento de hoy, lleno de sonido y de furia en las calles de asfalto y también en calles de bytes, está abarrotado de palabras que nada dicen». Aunque se digan y se repitan, son, como decían los empiristas, «flatus vocis», simples explosiones de voz, de aire, palabras vanas, vacuas, sin mensaje ni sustento.

Por ello, escribe la periodista brasileña, «es aún más complicado que la censura, es aún más complicado que el no poder decir. Porque, de nuevo, las palabras existen. Las palabras son dichas. Pero nada dicen, porque no producen el movimiento suficiente para transformar la realidad. En este caso, el movimiento suficiente para promover la justicia, para que las palabras puedan decir que este país no tolera –ni tolerará– a torturadores y asesinos, que este país no tolera –ni tolerará– a dictadores y dictaduras».

Es terrible. Las palabras del discriminado, del enfermo, del herido, del segregado, del no escuchado, del no leído, se vacían, se vuelven nada. «Porque, si no hay escucha, no se dice nada. Las palabras se convierten en cartas enviadas que jamás llegan a su destino. Cartas extraviadas, perdidas. Si el otro es una dirección siempre equivocada, una casa ya deshabitada, no hay oídos, no hay respuesta. En un país en el que las palabras dejan de decir, queda la sangre. Las palabras que las madres podrían decir, las palabras que de hecho dicen, no perforan ningún tímpano, no hieren ningún corazón, no conmueven ninguna conciencia».



Y ahí quedan como gritos silenciosos, como botellas tiradas al mar, sin destinatario ni respuesta. Son los gritos de las madres cuyos hijos mueren sin medicinas, por balas siempre pérfidas, por decisiones equivocadas, erráticas, inoperantes; son llantos por los abuelos, padres, madres, hermanos y amigos caídos en el hospital, en la calle, en el lugar y en el momento equivocados. Y ahí quedarán, porque sus palabras han perdido sentido y valor.

Frente a las palabras del poder que divide, denigra, menosprecia, ningunea, engaña, miente, están las palabras silenciadas del no oído, del no escuchado.

Estas palabras tendrán que renacer de las ruinas, de la sangre derramada, del niño muerto. Solo los vivos podrán hacerlo, podrán hacer que sean leídas, pensadas, tengan un destinatario y dejen de ser plumas al viento.



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