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Columnas y artículos de opinión

No hagas caso...

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

26/08/2021

alcalorpolitico.com

A Valerio L.A.

Apenas había cumplido 21 años. Con la cabeza sacia de sueños e ilusiones, pero ayuno de experiencia, llegué a las puertas del colegio dirigido por lasallistas. Llevaba escrita en una simple hoja de libreta una larga lista de materias que, ingenuo de mí, me sentía capaz de impartir, desde primero de secundaria hasta el tercer año de bachillerato. La escuela tenía este grado incorporado a la UNAM como CCH, cuando esta modalidad estaba apenas de sus inicios. Entré sin mayores antesalas ni preámbulos a la oficina del director. Me recibió con una amplia y sincera sonrisa, sonrisa que nunca desaparecería de su rostro en toda su vida.

Era el director de toda la escuela: preescolar, primaria, secundaria y bachillerato. Me recibió cordialmente y le presenté mi informal solicitud. La vio, amplió su sonrisa y en pocos días ingresé como maestro de Etimologías grecolatinas en bachillerato y de Español y Literatura en tercero de secundaria.



Pasó el tiempo y un día me llamó a su oficina. Sin dejar de sonreír me explicó que el muy influyente ($) padre de un alumno de secundaria le había presentado una queja porque a su hijo y a todo el grupo les había yo encargado leer un libro «lleno de groserías». Como el mismo director se encargó de aclararme, el libro de marras, «lleno de groserías», era El Quijote. Y, efectivamente, como el sistema de enseñanza era personalizado, una de las fichas del programa de Literatura que había establecido era leer y comentar algunas páginas (no todo el libro, por supuesto) de la más grande novela escrita en nuestro idioma. Ante mi sorpresa por la queja, el director, llenando de comprensión, amabilidad e ironía su sonrisa, me dijo: «no hagas caso».

Un director de escuela (cargo al que jamás aspiré en ninguna escuela, ni oficial ni incorporada), tiene una responsabilidad de gran calado. En su encargo está tratar con una gran variedad de interlocutores. Tiene que atender asuntos con sus superiores jerárquicos en el ámbito educativo: desde el secretario y subsecretario de educación (dado el caso) hasta el director y los jefes de departamentos y oficinas. Asimismo, con los inspectores y supervisores escolares y los jefes de enseñanza. Cotidianamente, debe atender y resolver situaciones con los dirigentes sindicales (en algunas escuelas, hasta de cinco agrupaciones en continuo afán de conquistar adeptos y demostrar su preponderancia). Asimismo, debe vigilar las actividades ordinarias de la actividad escolar: las clases de los maestros, su desempeño en el aula, los siempre conflictivos exámenes, las ausencias y permisos de los docentes y demás personal, las relaciones de todos ellos con los alumnos. Y de estos, causa, motivo y fin primordial que debe ser de su trabajo educativo, el avance en los aprendizajes, la disciplina y, veces, hasta sus problemas familiares y personales. Renglón seguido es atender a los padres de familia, tanto en sus agrupaciones y en el manejo (casi siempre conflictivo) de las cuotas escolares y las llamadas cooperativas escolares como de sus comentarios, quejas y exigencias. Y desplantes, como es el caso que relaté al inicio de este escrito.

Aparte de todo, el director escolar debe mantener continuo contacto con las autoridades civiles: alcaldes, regidores y directores de educación, etc., etc., sobre todo por los eventos de la comunidad en que la escuela suele participar: campañas, homenajes, festividades, etc., etc.



Y, como colofón, él es el responsable hasta del mismo edificio escolar: equipamiento, materiales didácticos, insumos del laboratorio (cada vez más necesario y menos atendido), recursos deportivos y todo lo relacionado con este ámbito.

El director escolar acopia, pues, un sinnúmero de responsabilidades. De él depende esencialmente el ritmo que tenga la escuela, la organización general, el desempeño como centro educativo, la armonía en el trabajo cotidiano y hasta la salud del personal y, ahora, especialmente de los alumnos.

El director de una escuela debe ser una persona muy especial: con un claro y preciso sentido de lo que es la educación, respetuoso de maestros y alumnos, alejado de las intrigas que enrarecen el trabajo cotidiano, con equilibrio emocional, con resistencia al trabajo, hábil en enfrentar y resolver conflictos, con don de gentes y un sinnúmero de cualidades que, parecería, es demasiado pedir, pero que son definitivamente exigencias del cargo de asume.



Aquí, un homenaje a quien fue un excelente ser humano, que cubrió cabalmente este perfil del director escolar, que sembró tanto bien y de quien tantos recibieron tanto. Y, por remate, quien tuvo la osadía de aceptarme como maestro siendo tan novel, y cuyas enseñanzas traté de asimilar lo que más pudo caber en mi persona. Un recuerdo a Valerio López Astrain.

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