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Columnas y artículos de opinión

Objeción de conciencia

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

23/09/2021

alcalorpolitico.com

Quizá algunos recordarán a Mohamed Alí, (a) Cassius Clay, aquel famosísimo boxeador de peso completo que en 1967 fue sentenciado a cinco años de cárcel y a pagar una multa de diez mil dólares, además de su retiro del boxeo, por negarse a ser reclutado para participar en la guerra de Vietnam. Cuando fue requerido por el gobierno norteamericano, se negó a enlistarse argumentando «objeción de conciencia». «No tengo problemas con los norcoreanos: nadie me ha llamado negro», dijo.

Pocos entendieron a qué se refería el extraordinario deportista con esa expresión. «Objeción de conciencia». Tema difícil, controversial y, ahora más que la Suprema Corte de Justicia de México se ha pronunciado con un fallo bastante ambiguo. En efecto, la objeción de conciencia es un derecho que permite a cualquier ser humano recurrir a su propio juicio moral interno (su conciencia) para determinar su conducta en relación con un conflicto de motivos, sobre todo frente a una ley que violenta su propia conciencia ética.

Me explico. La conciencia (con «c» y no la consciencia con «sc», que es el conocimiento que se tiene de los propios actos), es un juicio de índole ética. Según la definición clásica, la conciencia es el juicio moral que un hombre tiene de su propio pensar, querer y actuar. Va más allá del solo «darse cuenta» de lo que piensa, dice, quiere o hace, que es la consciencia psicológica. Esta consciencia es un «conocimiento que el hombre tiene de los propios estados, percepciones, ideas, sentimientos, voliciones, etc.» (Abagnanno, Diccionario de Filosofía). Tener consciencia es, por lo tanto, sinónimo de «estar consciente» antecedente de la conciencia que es el poder inherente al hombre de juzgar libre e interiormente sobre su propio pensar y actuar.



Aquí se trata de un juicio de valor (objeto propio de la ética filosófica) sobre esos mismos hábitos interiores del hombre: pensar, querer, decir, actuar. Esta conciencia es un testimonio moral autónomo, una manifestación de la espiritualidad privativa del ser humano que le permite ser autónomo de cualquier norma o autoridad exterior a él.

En este sentido, la conciencia moral se entiende como una autorreflexión por la que se dirige el actuar del hombre. De ella decimos que nos empuja, nos induce, nos impulsa o nos obliga a realizar un acto y, al mismo tiempo, a evaluar, a examinar el acto para determinar si es bueno o malo, independientemente de cualquier juicio o autoridad externos. Este juicio autorreflexivo «es una relación intrínseca, directa y privilegiada que no puede ser perturbada, destruida ni falsificada por nada». Por lo tanto, se instala en la interioridad del hombre que tiene la capacidad de autodesdoblarse, no solo de saber lo que está pensando, diciendo o haciendo, sino de poder valorar estos mismos pensamientos, expresiones y acciones en su propia interioridad.

Cualquier fenómeno de conciencia puede, por lo tanto, ser objeto de análisis, de evaluación, de juicio y de autodefinición. Es decir, de ser libremente elegido y, por ello mismo, de generar responsabilidad en su actor, de poder y deber responder de él ante el mismo sujeto que lo produce.



En el pensamiento contemporáneo encontramos ciertas objeciones a esta capacidad autorreflexiva privada del hombre para evaluar sus propios pensamientos y acciones. Filósofos como Dewey y Ryle han externado que no existe ningún poder que le permita al hombre autojuzgarse. Dewey piensa que el espíritu es un «sistema de significados» producto de una «formación social», es decir, que cada hombre va formando a partir de su interacción con lo exterior a él, y que está determinado por las ideologías o cosmovisiones que le son impuestas desde el exterior, y que la consciencia es «aquella fase de este sistema de significaciones que, en un momento dado, está en trance de cambiar de dirección, de sufrir una transformación o hacer un tránsito» (La experiencia y la naturaleza). Por tanto, la conciencia moral resultante es una «serie de destellos de intensidad variante», un conocimiento funcional que depende del constructo social que le va siendo imprimido circunstancialmente.

Ryle va más allá y burlándose de la expresión deweyniana de «luminosidad» o «destellos intermitentes», afirma que la conciencia entendida así «es un mito» y que este saber no implica un incesante acto de censura o de examen del hacer y del sentir, sino solamente una propensión, una inclinación inter alia (entre otros) para expresarlos, si y cuando nos sea dado hacerlo, y que no es necesario recurrir a la «historia de la fosforescencia» para explicarlo (El concepto de mente).

La objeción de conciencia va, pues, en este sentido: es ese derecho interno, propio, exclusivo, inviolable, absolutamente libre, inscrito en la propia naturaleza racional humana para oponerse, sin cargos ni remordimientos, a lo que una ley externa, positiva, le está mandando y ordenando. Aunque para algunos sea simplemente una «tendencia» a decir «esto está bien o está mal» según el modo (o la moda) de pensar que les es socialmente impuesta.



Con motivo del debate sobre el aborto y especialmente de la postura de los médicos que argumentan la objeción de conciencia para oponerse a su práctica obligatoria, la Suprema Corte de Justicia mexicana ha declarado que «es inválido un artículo de la ley general de salud que consagraba la objeción de conciencia por considerar que es impreciso y afecta los derechos de los pacientes, en especial de las mujeres y las personas gestantes». Y, para no autodescalificarse, acotó que reconoce la objeción de conciencia pero que «analiza opciones legales para que no interfiera con la facultad que tienen las mujeres en este país de abortar» (NewsweekMéxico/msn.com).

En todo caso, la objeción de conciencia estará siempre más allá de esas «opciones legales» puesto que, por principio, ella es personal, intrínseca, propia, libre, una realidad interior privilegiada que le permite al ser humano ser autónomo de cualquier norma o autoridad exterior a él. Delimitarla es anularla. Los latinos decían De internis, neque ecclesia (En lo interno, ni la iglesia): en la conciencia nadie puede meterse…

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