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Columnas y artículos de opinión

'Sonatas'

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

14/10/2021

alcalorpolitico.com

Sonatas es una extraordinaria novela modernista del escritor gallego Ramón del Valle-Inclán. Extraordinaria porque conjunta dos elementos fundamentales: la galanura de cuatro sabrosos relatos de la vida amorosa del veleidoso y singular Marqués de Bradomín al tiempo que hace gala de un lenguaje riquísimo, estrictamente clásico: un castellano puro, musical, lindo y lucidor.

Del Valle-Inclán forma parte de la Generación del 98, junto con Unamuno, «Clarín», los Machado, «Azorín», Baroja, Juan Ramón Jiménez y otros, movimiento que se da a fines del siglo XIX, cuando España padece una anemia cultural. Son estos autores los que le inyectan enjundia y creatividad para caracterizar ese final de siglo como uno de los periodos más fructíferos en la literatura castellana.

Sonatas se dividen en cuatro pequeñas obras de arte: «Otoño», escrita en Galicia en 1902; «Estío», México 1903; «Primavera», Italia 1904, e «Invierno», en las Provincias vascas en 1905. Son relatos de cuatro etapas de la vida amorosa del protagonista, el Marqués de Bradomín, de quien dice el autor era «un don Juan admirable. ¡El más admirable tal vez!... Era feo, católico y sentimental». Pero sobre todo era un iconoclasta, que navegaba entre los extremos de los sentimientos más puros y exquisitos y las sensaciones más atrevidas y perversas.



En «Sonata de Primavera», Del Valle narra el enamoramiento del irreverente Marqués y la doncella María del Rosario, lo que sucede cuando el joven conquistador acude en representación del Papa-Rey a comunicarle a un obispo, tío de la adolescente, su nombramiento de cardenal. Llega al castillo precisamente en el momento en que el viejo purpurado muere, y él aprovecha su estancia para seducir a la muchacha en vísperas de que ella ingrese a un convento carmelita. Lo que sucede hay que leerlo en esa pequeña y maravillosa obra.

Del Valle, amigo de Alfonso Reyes, estuvo en México en dos ocasiones; la segunda, invitado por Obregón a la celebración del Centenario de la Independencia. De México dice textualmente en una entrevista: «Cuán grato a mi espíritu es regresar de nuevo a este país, en donde encontré mi propia libertad de vocación. Debo, pues, a México, indirectamente, mi carrera literaria».

En «Sonata de Estío», Del Valle ubica al Marqués, ya adulto joven, en el sureste mexicano. Allí, bajo el influjo del sol tórrido y el ambiente tropical, encuentra a una seductora mujer de rasgos netamente indígenas: la Niña Chole. El clima, la atmósfera y las circunstancias propician un encuentro apasionado, feroz, cargado de lances heroicos, plenos de voluptuosidad y audacia. La Niña Chole, víctima de una relación incestuosa, ve en este encuentro la oportunidad para dar rienda suelta a sus ensoñaciones placenteras, y el Marqués se deja llevar por el ambiente y la enjundia de la seductora mujer y...



En «Sonta de Otoño», el adulto don Juan se halla con una antigua amante que, aún joven pero víctima de una fatal enfermedad, está dispuesta a sacrificar sus prejuicios sociales, morales y religiosos y se aferra a unos antiguos amores que se muestran ahora exacerbados por la inminencia de la muerte. Por supuesto, el galán, ahora en plena madurez de la vida, no escatima ni momentos ni audacia para revivir lo que en un tiempo fue un apasionado y ardiente romance, pleno de extravagancias y atrevidas vivencias.

Finalmente, en «Sonata de Invierno» encontramos avejentado al irrespetuoso conquistador, quien aún enciende su vida en la que ha mezclado a su gusto y antojo la falta de respeto a los muertos y a la religión, la satisfacción de todas sus pasiones sin importar derechos ajenos y todo ello con la música de fondo de seductor de mujeres. Ahora, viejo y acabado, aun padeciendo la amputación de un brazo (lo que realmente le sucedió a Valle-Inclán en una disputa de café), durante su participación en la Segunda Guerra Carlista, el Marqués aún tiene tiempo y ánimo para seducir a una adolescente, casi púber novicia, quien lo ha atendido en su lecho de herido y no puede resistir el acoso del desalmado galán: «¡Ay, yo sabía, dice el don Juan, que aquellos ojos aterciopelados y tristes que se habían abierto para mí como dos florecillas franciscanas en una luz de amanecer, serían los últimos que me mirasen con amor!». Y, rematando su última aventura amorosa, se reencuentra con María Antonieta, un casi olvidado idilio, con quien sostiene un emotivo diálogo de despedida: «—¡Adiós, mi pobre María Antonieta! —Estas palabras fueron las últimas. Después ella me alarga su mano en silencio, yo se la beso y nos separamos. Al trasponer la puerta sentí la tentación de volver la cabeza y la vencí. Si la guerra no me había dado ocasión para mostrarme heroico, me la daba el amor al despedirse de mí, acaso para siempre».

Las Sonatas producen un doble placer: el disfrutar historias contadas por un extraordinario narrador y el incomparable encuentro con un lenguaje colorido, purísimo, musical, rico en imágenes y giros, perfecto: muestra indiscutible de la belleza de nuestro idioma cuando se conoce y usa con singular maestría.



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