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Columnas y artículos de opinión

MMM: miedo machista mexicano

Deliberación

Por: Francisco Montfort Guillén

14/03/2012

alcalorpolitico.com

El pleito entre los machos cabríos de la política mexicana, desde las elecciones de 2000, determinó la hechura de una posterior reforma, después de su desencuentro en 2006, promotora de retrocesos en las luchas electorales por el poder. Sus ánimos guerreros han hecho sonar los tambores de guerra. Sus desfiguros abrieron heridas, rencores, amenazas y chantajes. Sus enojos bloquearon la solidaridad y la cooperación institucionales que requiere cualquier Estado para funcionar aceptablemente. Dividieron a los ciudadanos, deslegitimaron a las autoridades federales y paralizaron la marcha del país. Sus bravatas continuaron a lo largo del sexenio. Los escándalos del Poder Legislativo acabaron con su propia honra y prestigio. Entre todos cavaron, en fin, el pozo profundo de la desconfianza que separa a los políticos de la sociedad mexicana.

La reforma propuso, a contracorriente de la dinámica sociopolítica, tiempos y conductas que desfiguran la transparencia y la equidad entre las fuerzas políticas y entre éstas y la sociedad. La falta de continuidad entre las precampañas y las campañas ha dado lugar a equívocos y a conductas ilegales e hipócritas de los candidatos y sus partidos. La mal llamada «veda electoral» ha hecho posible que el espacio y centralidad que deberían ocupar los candidatos presidenciales y sus partidos sea ocupado por la autoridad electoral y por una técnica sociológica.

El totemismo político mexicano, sustentado en la creencia de que una técnica de investigación y una institución pública pueden ser instituidos en fetiches protectores de los triunfos y derrotas electorales, es uno de los resultados de los temores democráticos que nos inundan después de haber perdido esa otra creencia en la infalibilidad, omnipotencia y absolutismo republicano del presidencialismo a la mexicana. Nos aturde, y oscurece nuestro ánimo, ser independientes, pensar por nosotros mismos, exigir cuentas a las autoridades: nos atemoriza elegir, con base en nuestras propias ideas, un camino de libertades individuales.

Nuestros temores a ver y vivir la realidad sin las anteojeras del estatismo sobreprotector, nos ha impulsado a sustituir nuestros análisis racionales con las creencias en los poderes incuestionables de las encuestas de opinión pública. Sus resultados, publicitados por sus promotores, crean incertidumbres, dudas y enojos en ciudadanos y políticos que carecen de los hábitos y razones de la cultura democrática. Su aceptación, entronización o demonización poco o nada tienen que ver con las aportaciones reales y útiles de la demoscopia.

El fetichismo de las encuestas ha provocado, para bien, un conjunto nada despreciable de buenos artículos elaborados por conocedores del tema, junto a un sinfín de páginas embadurnadas de lugares comunes y prejuicios, sobre todo en la prensa local. Con los primeros es posible establecer ciertos criterios que ayudan a conocer los alcances y limitaciones de las técnicas demoscópicas. Mi experiencia como miembro de uno de los equipos pioneros en demoscopia en el país, con formación en los principales centros de investigación europeos en investigaciones de opinión pública, me permite sugerir ciertas ideas en torno a este conjunto de técnicas que unidas forman la demoscopia.

Es ostensible que no todas las empresas han construido un nivel de profesionalización aceptable y respetable, y que consiguieron un lugar destacado en el mercado gracias a sus relaciones profesionales con grupos de poder político y empresarial. Digamos que, a pesar de que algunas empresas son dirigidas por expertos en algunas de las técnicas que se requiere conjuntar para realizar estudios profesionales sobre demoscopia, la mayoría tiene como falla de origen en su credibilidad, su cercanía con alguno de estos grupos que, frente a los ciudadanos, les resta confianza.

También es claro que ninguna de ellas muestra en realidad, en su ventana metodológica (patrocinadores, trabajo de campo, método muestral, tamaño y población estudiada, prueba piloto, cuestionario aplicado y valor de las respuestas para cada pregunta, planteamiento de la investigación, etc.), todas las especificaciones necesarias para saber si el diseño, levantamiento, resultados e interpretación de los mismos son correctos. Por estas y otras razones me parece un tanto ocioso descalificar o sobrevalorar los estudios sobre preferencias electorales. Las bases para estas mediciones varían de casa encuestadora en casa encuestadora y no siempre las mismas empresas mantienen los mismos supuestos para sus investigaciones.

La investigación demoscópica no mide conocimientos ni razones: es doxa, no episteme. Tampoco es base para hacer pronósticos, y su valor sobre actitudes y opiniones es bastante efímero. De ahí que sus mayores virtudes sean respecto al conocimiento de las actitudes y valores que mueven a los consumidores en los mercados. En política su utilidad real transita por caminos poco explorados en México, en donde casi ha sido reducida a fungir como oráculo de los vaticinios de los triunfos y derrotas electorales. Con esa pretensión son solicitadas, por los candidatos y partidos o instituciones gubernamentales, y para satisfacer esta demanda, las empresas realizan los estudios, lo que provoca, por supuesto, el «efecto espejo»: los resultados apetecidos por el contratante.

Las encuestas sobre preferencias electorales hasta ahora publicadas muestran una constante: el puntero en las mismas es Enrique Peña Nieto. Lo es desde antes de que empezara, siquiera, la pretemporada electoral. Con una anticipación vacía de contexto, se empezó a medir el supuesto del voto ejercido en tiempos muy remotos respecto de la fecha de elección, sin adversarios y sin certeza de quien sería el candidato del PRI. Evidentemente estas encuestas han sido parte de una exitosa maniobra política para hacerse de la candidatura de su partido. Ahora continúa como elemento de la misma estrategia de posicionamiento, pero con otra finalidad: imponer la idea de que su triunfo ya está decidido, es irreversible y será contundente.

Las maniobras del PRI y de Enrique Peña Nieto han sido exitosas hasta esta fecha en que todavía no inicia la contienda electoral presidencial. Corren al parejo la difusión de resultados de encuestas que los favorecen con el apoyo de la mayoría de los principales medios de comunicación como Televisa, TV Azteca, Milenio y una enorme cantidad de diarios locales en los estados de la república. A pesar de esta marcha triunfante, se ha colocado ya la idea entre las mayorías que la elección presidencial para Enrique Peña Nieto no será un día de campo. Sus contendientes empiezan a crecer, al tiempo que los defectos de este candidato y su partido vuelve a ser sujeto del escrutinio público.

El dato realmente relevante no es su primer lugar en las encuestas hasta ahora levantadas y publicadas. La cuestión central es si en verdad sus preferencias son tan abrumadoramente superiores a las de los otros candidatos. Y tienen importancia porque parecen mostrar una realidad que parece ir en contra de la historia electoral del país desde 1997. Es posible pensar que las casas encuestadoras no están midiendo correctamente el fenómeno que dicen estudiar. La disparidad en los resultados invita a pensar que una sociedad acostumbrada a la mentira por parte de sus clases dirigentes es una sociedad que también aprende a esconder sus verdades. Este es el trasfondo de las diferencias entre lo que responde en las encuestas y la forma en que elige a sus candidatos. Sólo hay que recordar las encuestas que precedieron la elección de gobernador en Veracruz. Por supuesto, los ejemplos son abrumadores.

La novedad parece ser el crecimiento de las preferencias para Josefina Vázquez Mota. La descalificación sobre esta mujer, a múltiples voces en los dos frentes de batalla de sus opositores, refleja ya cierto temor en las élites, temor que se quiere trasladar a la sociedad. El temor tiene que ver menos con el miedo político, natural en toda contienda electora, y más con el temor de reconocer las virtudes de una candidatura femenina y sus posibilidades reales de triunfo. Es el temor del machismo que permea las actitudes y opiniones de nuestra sociedad y que invade tanto a hombres como mujeres. Existe en México la resistencia a creer en lo nuevo, en la posibilidad de un cambio real. Dice en un artículo María Elena Morera: «“las mujeres juntas, ni difuntas”… Sospecho que esta (frase) táctica consiste en incentivar relaciones malsanas entre féminas para restar competencia, minimizar sus logros, y crear una cortina de acero a base de prejuicios y estereotipos con el fin de propiciar que no lleguen a espacios de decisión. Una táctica muy socorrida en la política mexicana… Michel Bachelet,… lo materializa en su frase: “Cuando una mujer entra en política, cambia la mujer, pero cuando muchas mujeres entran en política, cambia la política”… Es naturaleza femenina la búsqueda del cambio, en definitiva a las mujeres nos gusta cambiar, por eso cambiamos de aspecto y de entorno, nos atrae la movilidad pero sobre todo le apostamos al cambio social, ese cambio que tanto anhelamos». (Celebremos el cambio, El Universal, 8/III/2012).

Los machos cabríos de la política mexicana están temerosos por la irrupción de las mujeres en política, porque muchas ya lo hacen en un plano de igualdad y libertad. Este fenómeno y las relaciones de amor/sometimiento/violencia que los hombres mexicanos hemos mantenido con las mujeres en toda nuestra historia, no están consideradas en las encuestas. La gran novedad en México es que el verdadero cambio en la política, y posiblemente en el plano socioeconómico, esté por suceder gracias a la aparición del azar: la candidatura de una mujer con posibilidades de triunfo en la carrera presidencial. Si la sociedad mexicana logra refrenar su sentimiento machista que anida en hombres y mujeres, estará dando un gran salto cualitativo, el que propicia el desarrollo, según la concepción de Alain Touraine: su ingreso a un nuevo y superior nivel de acción histórica. En esta perspectiva, el triunfo de Enrique o de Andrés Manuel mantendrá el dominio del machismo político mexicano, sin que esto denigre su éxito.

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