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Columnas y artículos de opinión

Varias equivocaciones y un error

Kairós

Por: Francisco Montfort Guillén

20/04/2012

alcalorpolitico.com

Así es la historia. Uno puede leerla e interpretarla a su manera. Es posible imaginar otros desenlaces. También se puede intentar negarla. Pero su acontecer es real e innegable: es memoria del pasado. Está hecha por omisiones y malos entendidos. Sobre todo por acciones conscientes de los seres humanos, por acciones involuntarias de la naturaleza y por acciones que nos parecen fortuitas, con gran influencia del azar. Aún la historia presente sólo puede leerse como pasado inmediato. Así que el camino andado deja sus huellas. Pueden buscarse otros caminos. Pero lo hecho, hecho está.
 
Estas perogrulladas las vemos ahora con el proceso electoral en marcha. Los actores principales han construido su camino. Corren paralelos, se entrecruzan pero su posicionamiento actual ya es uno de los frutos de sus acciones pasadas. No reconocerlo así está produciendo muchas equivocaciones y un profundo error. Por esta razón, su lugar en las preferencias electorales no debiera sorprendernos. Enrique Peña Nieto, su grupo cercano y después su partido llevan cuando menos dos sexenios construyendo la captura de la presidencia de la república. Fracasaron con Arturo Montiel, pero su proyecto continuó. Ahora el mexiquense saca provecho de su carrera anticipada dentro de su partido y, por el sistema electoral diseñado, su carrera presidencial es también fruto de una anticipación tanto a los tiempos marcados en las leyes como a las campañas de sus adversarios. Su éxito es incuestionable.
 
Lo mismo puede decirse de Andrés Manuel López Obrador. Después de doce años de campaña está en la carrera presidencial pero con resultados contrarios a los deseados por él y su grupo. Perdió por escaso margen la elección pasada frente a Felipe Calderón. Desde el día de la elección, sabiendo él mismo el seguro desenlace, reinició su campaña para asegurarse la revancha. Siempre permaneció en los medios de comunicación, mantuvo su movimiento social y detuvo cualquier otra posible candidatura dentro de la izquierda. Es también un anticipado, como lo fue durante el sexenio pasado. Sus resultados, sin embargo, son radicalmente diferentes a los de Enrique Peña Nieto.
 
La candidatura de Josefina Vázquez Mota es de otro tipo. No es una candidata anticipada. Su posicionamiento refleja sus trabajos y esfuerzos como funcionaria y política. Pero también su aparición en la escena electoral presidencial es fruto del azar. Porque su experiencia en el sector público es reciente. En apenas doce años participó en dos campañas presidenciales, aunque en la segunda fungió como directora de la campaña de Felipe Calderón. Fue secretaria de despacho (Desarrollo Social y Educación) y diputada coordinadora de sus correligionarios. Y también porque no contó con el apoyo de los «barones» del PAN para ganar su candidatura. La quisieron obligar a competir por la gubernatura del Estado de México y pretendieron disuadirla de sus aspiraciones mostrándole que el favorito de Palacio Nacional y de su partido era Ernesto Cordero. Se vio sometida a los tiempos electorales marcados por las leyes para obtener la candidatura y durante sus trabajos anteriores estuvo imposibilitada de construirla, como si lo hicieron sus principales oponentes. Aunque su bajo posicionamiento no sólo obedece a los corto de su campaña y al diseño del sistema electoral. Su campaña ha sido demasiado errática.
 
Nada de esto puede ser cambiado. Y todo esto está determinando las preferencias electorales registradas por las casas encuestadoras. Se trata de hechos. No son determinismos para el futuro inmediato, pero su peso para conformarlo no puede ser negado. Tampoco debe negarse la realidad diseñada por el marco legal que constriñe la batalla electoral. Las leyes están formuladas, a pesar de sus defectos, para estimular la rotación de las élites en el gobierno. Así que podrá no gustarle a muchos el probable triunfo del PRI, pero a pesar de las conductas anticipadas de su candidato, el regreso del PRI a la presidencia será, si lo consigue, un hecho legal y constitutivo del juego electoral democrático mexicano. Por lo tanto, estará también legitimado.
 
El triunfo electoral es resultado de obtener mayoría de votos, no de actos de justicia divina o humana, tampoco de compensaciones y equilibrios morales o ideológicos. Quien obtenga la mayoría de sufragios gobernará, porque es una decisión colectiva de los ciudadanos votantes. Así que si Andrés Manuel López Obrador y sus seguidores creen que «se las deben», o «que ya les toca» o que «deben compensarlos porque la “mafia les robó la elección pasada”» están construyéndose un nuevo autoengaño. Si no son respaldados mayoritariamente por los ciudadanos con sus votos, no obtendrán la presidencia por ellos tan deseada.
 
En igual situación se encuentra el PAN. Su probable derrota no será un fracaso del partido y su candidata. Será eso: una derrota electoral que podrán remediar más tarde. En esto consiste el juego electoral democrático. Por esa razón el leiv motiv de su campaña no puede ser «impedir el regreso del PRI a Los Pinos». Su verdadera motivación y núcleo de la campaña debería estar conformado por la autocrítica, el mejoramiento de su oferta política, económica, social y cultural y el esfuerzo por despertar emociones adormiladas de quienes efectivamente sí sueñan con un México distinto al actual, pero cuyo proyecto no encuentran en la oferta de Josefina Vázquez Mota.
 
Estas confusiones distorsionan nuestro entendimiento del proceso electoral. Sin embargo el error es otro y es más grave. Consiste en creer que el país, para salir del subdesarrollo, sólo requiere un cambio de partido, de siglas y de funcionarios en el gobierno federal. Y a este error se le suma la ilusión de que «ahora sí, con este (o esta) sí vamos a salir adelante». El error y la ilusión comparten una cualidad (o defecto, si se prefiere): ambos se presentan como verdad, como fiel reflejo de la realidad. Y esto los hace difíciles de entender y de corregir, a diferencia de las equivocaciones. Por esta razón, por vivir en este error, sí puede hablarse de un fracaso del PAN: porque pensó que bastaba con su arribo a la presidencia para cambiar de rumbo el desarrollo, para mejorar radicalmente la calidad y competitividad del Estado mexicano y transformar el sistema político. Este error lo acompañó de una ilusión: la creencia de que contaba con el respaldo de las mayorías para hacer lo que les viniera en gana con el poder. Nunca «pensaron el Estado» ni tampoco aceptaron que eran tan sólo la «primera minoría» electoral y por tanto política. Nunca reflexionaron ni trataron de modificar la cultura que los envolvía.
 
El Estado mexicano se desenvuelve en una cultura política que es deísta, casi enemiga de los ateos, muy conservadora, semiburgués y un tanto monárquica. Y sus líderes no alcanzan a ver esta cultura ni les interesa cambiarla. Todos los candidatos son defensores del Stato Quo, de los actuales privilegios, de la estratificación social actual, de la inmovilidad. La ausencia en México de una auténtica revolución burguesa y de una profunda revuelta modernizadora (ética y cultura del desarrollo capitalista) nos mantiene en la penumbra ideológica del cristianismo y catolicismo casi medievales: «la ideología de la falta, la culpabilidad, el odio a las mujeres, el cuerpo, los deseos, los placeres y la carne, el desprecio por este mundo, la exaltación del más allá y la pulsión de muerte… la libertad del hombre para justificar su mitología del pecado original, del que derivan su escatología, su doctrina de la falta y el castigo, la culpabilidad y la redención…(Michel Onfray. Los ultras de la Luces, Anagrama, 2010).
 
El cambio que necesita México es cultural, educacional, político, y económico, en ese orden: ateísmo, materialismo, hedonismo, revolución cultural. Sin este cambio, continuaremos por el camino del autoengaño, con un partido o con otro, con una candidata o con otro, con cualquiera que asuma la presidencia sin aceptar al mismo tiempo que es la organización social y la cultura las que están podridas y que requieren con urgencia una metamorfosis.

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