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Columnas y artículos de opinión

Electores abstractos

Deliberación

Por: Francisco Montfort Guillén

16/05/2012

alcalorpolitico.com

Uno de los muchos males que padece la práctica política en México es su reducido lenguaje unido al abuso de palabras inasibles. El discurso político está lleno de mentiras. Oculta la verdad negándola. También la encubre con el uso de generalizaciones y abstracciones. En este último caso, no se trata de la capacidad intelectual para expresar ideas subjetivas, operación mental propia del espíritu humano. En el caso de los políticos mexicanos es un recurso elusivo para aislarse mentalmente de la realidad, para construirse un refugio desde el cual lanzar sus propuestas quiméricas, grandilocuentes pero sin relación directa con la realidad que los rodea.

Esta es una de las consecuencias de la construcción del sistema político del país sobre el acuerdo implícito de sus élites para gozar de impunidad. Su finalidad es ocultar las malas e ilegales acciones y exonerar a los funcionarios y empresarios corruptos. El sistema sigue vigente y luce renovado: se constata en la exoneración de Humberto Moreira, el ex -gobernador; de. Fernando Larrazábal, el ex presidente municipal; de Godoy, el diputado federal michoacano, y también de la cancelación de la multa a TELCEL. A esta realidad histórica habrá de agregarse del fin del discurso crítico del marxismo y de la entronización del estructuralismo, hechos que se conjugan para hacer desaparecer el lugar central de los seres humanos en la vida, para sustituirlo con «categorías». Por esta vía, llegamos a la inflación del paradigma democrático o «democratitis»; y a la censura y autocensura de la libertad de expresión, impuesta por los poderes.

Ha sido el uso y abuso de conceptos tales que globalización, neoliberalismo, imperialismo y, en el caso de la democratitis, de las voces transición, ciudadanía y ciudadanos (mea culpa), la pluralidad, las «reformas estructurales», el «cambio» la causa de la confusión en nuestros discursos y diálogos y, por ende, la dificultad para definir problemas concretos y establecer sus soluciones. Por muchas razones, en fin, pero desde hace muchos años, hemos pretendido mediante el «abstraccionismo político» desaparecer la particularidad de los sujetos históricos y sustituirlos por los objetos históricos, usar categorías en lugar de especificar a las personas y a los grupos sociales en tanto actores políticos. Nos hemos olvidado de los seres humanos, los que viven los problemas, los que tienen ilusiones, los que construyen sus proyectos de vida y de esa forma contribuyen a moldear la vida colectiva.

La perversión en el uso del lenguaje oscurece el pensamiento, la reflexión y la crítica. Sin estas herramientas se deja libre paso al consumo de frases hechas, aptas para ser deglutidas mientras hacemos uso del ocio: en el juego, en el descanso y en la diversión. El perjuicio provocado por sostener la vida democrática mexicana sobre la cultura de masas es inmenso. Los electores somos tratados como simples consumidores: de «candidatos-productos» y de «ofertas políticas»: personajes identificados con un estilo de vida banal, de lujos y con poder político y económico; y su complemento de adjudicaciones, transferencias puestas en barata en una relación de compra-venta de servicios, bienes, privilegios a cambio de votos: oblación cuasi-religiosa de los políticos a sus amados votantes. Las fotos retocadas y los spots de los candidatos en lugar de sus ideas; los jingles de las ofertas y promesas envueltas en las artes del consumismo electoral. Estos son los elementos que forman el verdadero sostén de la política, el andamio de la democracia mexicana.

A los candidatos de la realidad virtual corresponden los seres humanos invisibles. A éstos les corresponde averiguar qué significan las reformas estructurales y qué posibles beneficios obtendrían con ellas. En su calidad de mujeres, hombres, ancianos, jóvenes o niños deben decodificar el lenguaje de la mentira y la abstracción política mexicana: la apropiación del país por una mafia; el peor desempeño de la economía mexicana en 80 años; la diferencia entre ciudadanos y políticos que, ambos, hacen política; la diferencia esencial de una candidata.

Los candidatos de la realidad política virtual mexicana (atrapados entre las exigencias de la fabricación en masa de imágenes y su venta masiva, su banalidad para despertar emociones y no promover ideas por exigencia de ciertos expertos de marketing) han quedado en manos de los intereses de los medios masivos de comunicación. Sobre todo de las televisoras y radiodifusoras que, en su enojo por la pérdida de una parte importante del negocio electoral en que ha derivado la democratitis mexicana, decidieron tratar a los candidatos como un producto más y no como las mejores estrellas de la temporada sexenal del Canal de las Estrellas. Los poderosos empresarios han cobrado puntual venganza por la reforma electoral que, al no haber cambiado radicalmente el juego de las promociones políticas, acrecentó el poder de los Mass media. A la avalancha de spots que ya no los beneficia, los dueños de los medios de comunicación han correspondido con reducir su labor periodística (reportajes, crónicas, editoriales) a breves notas que dan cuenta básicamente de anécdotas, descalificaciones, equivocaciones, deslices y muy de vez en cuando ofrecen información sobre las propuestas de los candidatos, aunque de manera mutilada y descontextualizada.

Los grandes conglomerados de mujeres y hombres, agrupados por grupos de edad, o la ciudadanía, o la sociedad, o el pueblo son los imaginarios receptores de los mensajes de los candidatos:Transformaciones y cambios propuestos, los «compromisos» de obras a realizar y las descalificaciones sobre sus actuaciones o de sus partidos. Han desaparecido del debate público los seres humanos y sus actividades, ocupaciones, ingresos, deseos y proyectos de vida. Nada sabemos de la visión de los candidatos sobre los problemas y la manera de resolverlos que enfrentan los campesinos, ejidatarios, obreros agrícolas, rancheros y grandes empresarios del campo (productores, comerciantes, aseguradoras) de la cadena agroalimentaria y su influencia sobre el medio ambiente y la seguridad alimentaria. Lo mismo puede decirse de los obreros y empresarios de diferentes tamaños de negocios del sector industrial y de los empleados y empleadores del sector servicios.

¿Qué decir de las aspiraciones, frustraciones, egoísmos y temores de las clases medias, la base de la gobernabilidad urbana del país? ¿Qué problemas y qué soluciones tienen los candidatos para estos grupos sociales? En la realidad social no todo es problema de género o de grupos etarios. Existen las clases sociales y existen realidades regionales que no debieran ser ignoradas en cualquier proyecto incluyente de nación. Si bien el centro de gravedad de los problemas en México es la desigualdad, no debiera olvidarse que es el Estado el responsable de permitir y alentar esa desigualdad y que únicamente un nuevo pacto político basado en el fin de la impunidad y la instalación de la supremacía del cumplimiento de la ley puede permitir solucionar los problemas de inseguridad, desempleo, bajo crecimiento económico, falta de seguridad social.

Los problemas son reales y no simples abstracciones de nuestras reflexiones. De aquí la urgencia de construir un proyecto con sólidas bases teóricas para interpretar la realidad y son un fuerte sustento histórico para ubicar en el tiempo el diagnóstico, los actores y las soluciones. Es necesario hablar de problemas causados por seres humanos que perjudican a otros seres humanos. Son seres humanos, mexicanos en su mayoría, los causantes de las muertes violentas, los causantes del desempleo, de la corrupción, de los malos servicios públicos y serán seres humanos mexicanos los que tendrán que resolver estos y otros problemas. No son las estructuras ni las instituciones, las reformas o los cambios: son las personas y sus organizaciones las que determinan su calidad de vida. Ni candidatos de la virtualidad ni ciudadanos abstractos: mexicanos de carne y hueso.

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