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Columnas y artículos de opinión

Fuchi

Deliberación

Por: Francisco Montfort Guillén

30/05/2012

alcalorpolitico.com

Como amantes sorprendidos en su clandestinidad, TELEVISA y Enrique Peña Nieto escenificaron una farsa: ambos se hicieron fuchi frente a las cámaras. Aunque en realidad su deseo escondido lo describe otra frase popular mexicana: «fuchi caca quién comiera». Es decir que más allá de su deseo de mostrar un deslinde entre ellos, afloró la esencia de asociación. Lo que mostraron el candidato y la televisora a los telespectadores de Tercer Grado, el nuevo Tribunal Inquisidor del espacio público mexicano, fue la crisis de la «función simbólica del Estado», dicho en palabras de Regis Debray.
 
El Estado ya no es lo que era. La apropiación de los medios de producción mental ha permitido un adoctrinamiento suprapartidista que hace viable el adoctrinamiento de la sociedad, el lavado de cerebro para que acepte la situación actual, sin que el Estado recurra directamente a la represión o a la posesión monopólica de los medios de comunicación. La legitimación de las clases dominantes es ahora más sutil y refinada. La socialización política se realiza a través de la inclusión de todos en medio de la competencia cultural, ideológica y política que procura y refuerza el orden social existente. Aunque en el caso de México, la desigualdad en los ingresos y en la calidad de vida, el gran problema nacional, se traslada al orden ideológico, por lo que la competencia entre partidos realmente es muy desigual, situación que otorga una aplastante ventaja a una de las partes.
 
Si el Estado ha dejado de ser lo que se pensaba que debería ser, la sociedad civil también ya es otra. El Estado se encarga de procurar equilibrios, gracias a sus funciones y poderes de coerción y de consentimiento. La sociedad civil, por su parte, es ahora la responsable de estructurar y perpetuar la hegemonía ideológica de las clases dominantes a través de sus instituciones ideológicas como la educación escolarizada, la religión, la familia y ahora la cultura de masas, que es consumida, imperceptiblemente, como atractiva diversión. El consenso y el consentimiento del orden social son producidos y estructurados por empresas privadas. El lavado de cerebro de los ciudadanos ya no es obra exclusiva del Estado, sino que es codeterminada por la sociedad civil, principalmente por empresas privadas que son dueñas de los medios de comunicación, de la publicidad y propaganda, del ocio, de la diversión y el esparcimiento.
 
El Estado, ahora, no es únicamente el aparato represor, propietario de la fuerza legal y legítima y el dueño del orden público. Estas funciones no han desaparecido, si bien su desempeño en México presenta graves carencias. Desde la aparición de la sociedad capitalista, y cada vez con más fuerza, lo que define al Estado democrático es la seducción. La democracia le ha dado cuerpo y rostro a la idea, a la representatividad del concepto de Estado. De aquí su dependencia de la imagen, del marketing, de los procesos de comunicación. Provoca con esto la prevalencia de lo concreto sobre lo abstracto, lo local sobre lo universal, el corto sobre el largo plazo, la obsolescencia de partidos, sindicatos y asociaciones nacionales a favor de las pequeñas asociaciones de la sociedad civil, el debilitamiento del «secreto de Estado» en aras de promover la transparencia mediante informes o filtraciones, el empoderamiento de la opinión a través de encuestas que sustituyen las instituciones de representación política, degradación del servicio público y entronización de la emociones y el servicio a clientes (R. D. El Estado seductor).
 
Muere la solemnidad del «Hombre de Estado» y toma su lugar la chabacanería del «Dirigente Cercano a la Gente» y su esfuerzo por «hablar sobre todo con la imagen: 55% del mensaje depende del rostro, 30% del lenguaje corporal, 10% del escenario y el resto del contenido, del discurso, de las palabras». Vivimos bajo las fuerzas del Estado audiovisual en el cual «la televisión desplaza la función representativa de encarnación hacia la cumbre del Estado» candidatos y presidente. Vivimos, pues, bajo el imperio del «primer plano»: EPN adorado por las multitudes, básicamente mujeres que son seducidas por su rostro; o el Candidato que parece flotar en medio de «su gente» reproduciendo en la pantalla de TV las anteriores pinturas de Lenin y Hitler sostenidos por su pueblo, indicando con su mano el camino a seguir.
 
La televisión que entroniza la imagen, desplazando a lo simbólico como referencia del poder, termina por destruir lo sagrado del poder supremo: la imagen insólita, por chusca, que marcó el sexenio de Felipe Calderón, vestido con chaqueta y gorra militares de una talla mayor a la suya que lo hizo ver cómico, en lugar de solemne. «En un presidente de la república, imagen pasajera de una nación permanente, coexisten también un individuo audiovisual y un principio esencial. Un humano demasiado humano, temporal y falible, y una perennidad soberana y colectiva». (R.D. El Estado Seductor). Estos dos cuerpos de cualquier príncipe se ha venido degradando a favor de un pequeño ser, pues la televisión nos impide ver el ser el ser mítico, la encarnación del poder político.
 
La sociedad mexicana vive el fin de la prevalencia de lo «simbólico del Estado», su origen solar en la figura misteriosa del Príncipe bajo la producción del reino de lo visual. La televisión que crea presidentes destruye, al mismo tiempo su investidura: en adelante, el Príncipe viste su desnudez confiando en que nadie note sus miserias físicas y mentales. Aquí está parte de la crisis que vive el país, especialmente en esta campaña electoral. Este es el fondo del problema que vive Enrique Peña Nieto. Nunca más se podrá quitar la imagen de ignorante ni la de intolerante. La misma televisión que le construyó su cuerpo de Candidato Imbatible ha puesto al desnudo su grandeza a fuerza de acercarlo a las masas como uno de los suyos. El poder toma como instituciones intermedias a los partidos: uno conservador, que representa el sentir y pensar del establishement; otro es el que consideran el mejor partido para gobernar; y están los demás partidos, sobre todo el mayoritario de izquierda, que funge como invitado huésped cuando los descontentos materiales brincan a los cuestionamientos hegemónicos de los poseedores de los medios de producción mental.

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