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Columnas y artículos de opinión

Facturas del informe

Por: Angel Lara Platas

05/09/2012

alcalorpolitico.com

Casi siempre, el último informe de los presidentes de la República contiene una alta dosis de nostalgia, y el de Felipe Calderón Hinojosa no podía ser la excepción.

El tema que ocupó mayor espacio en su discurso del sexto informe fue el de la seguridad pública. Desde el inicio de su mandato, el Presidente Calderón apostó fuerte al asunto del combate a la delincuencia organizada. Por eso en su alocución minimizó los errores que se cometieron en la estrategia contra el narco.

En Palacio Nacional, frente a los del poder económico y los gobernadores del país, el Presidente le deseó éxito al presidente electo Enrique Peña Nieto, y pidió apoyarlo en lo esencial. La connotación de esas palabras va más allá de la mera cortesía. La referencia viene a abonar el fortalecimiento del clima de paz que requiere el país entero.

Lo que han llamado algunos observadores como intercambio de favores entre el mandatario actual y el entrante, no es otra cosa que acciones que contribuyen a una transición tersa en momentos álgidos.

Sin embargo, existen varios hechos que ni la cercanía del informe logró transparentarlos o resolverlos.

Colaboradores del mandatario no dimensionaron lo que representaba dejar abierto el caso de los diplomáticos estadounidenses, atacados por policías federales en Tres Marías.

Las tardías explicaciones y los argumentos esgrimidos, exhiben fallas estratégicas en el delicado tema de la seguridad pública.

Mucho tiempo se demoraron en explicar lo conducente a la opinión pública. El gobierno de los Estados Unidos no ha quedado conforme con el parte policiaco. Decir que los diplomáticos, que viajaban en una camioneta blindada y con placas diplomáticas, fueron confundidos con supuestos secuestradores por un reporte recibido apenas tres horas antes, no tan solo resulta poco creíble sino que pone en duda la capacitación a los policías federales. Si la intención hubiera sido detener para rescatar al plagiado, no hubiesen disparado a matar.

Tampoco se supo de acciones concretas para intentar resolver, al menos, lo ocurrido en la comunidad Nueva Jerusalén en el estado de Michoacán, donde se han destruido centros de enseñanza para que niños y jóvenes permanezcan en las sombras de la ignorancia, ingrediente principal para la manipulación de la feligresía sometida y sojuzgada.

Por la trascendencia del asunto, merecía la participación más decidida del actual gobierno.

Aunque en lo general no se esperaba mayor trascendencia del sexto informe de labores, sí había alguna expectación de que el presidente Calderón anunciara algo que validara su obsesión en la guerra contra el narco.

Otros invitados al informe fueron los diputados y los senadores recién estrenados.

Una de las figuras que más destacó fue la de Alonso Lujambio por dos aspectos: el prolongado y afectivo saludo del presidente, y por su deteriorado estado de salud.

Los polarizados comentarios sobre la salud del ex Secretario de Educación y su inclusión en la lista de plurinominales, donde finalmente queda como senador de la República, inician cuando asiste a la Cámara de Senadores a la reunión solemne donde rindieron protesta estatutaria que validaría sus cargos.

Cuando Alonso Lujambio ingresa al recinto, inevitablemente atrajo las miradas de sus nuevos compañeros y representantes de los medios de comunicación. La vulnerada figura de uno de los hombres más cercanos al presidente movió los más nobles sentimientos de los atestiguantes. Pero las reflexiones no fueron pocas.

El aspecto que ahora mostró, dista enormemente de la que todos recordaban del hasta hace pocos meses Secretario de Educación. En ese instante, se entremezclaron la curiosidad y el morbo. Era inevitable.

El cáncer, como lúgubre manto, envolvía totalmente al nuevo senador y destacado colaborador del Presidente de la República. Su deteriorada salud exhibía su carencia de pelo, su ojo derecho tapado y su dificultad para sostenerse de pie. Con dificultades para levantar el brazo en el ritual de la protesta.

Los periodistas, en cumplimiento a su deber de informar, preguntaron lo que tenían que preguntar: Es prudente puntualizar que inquirían al hombre público, al legislador, no al paciente en tratamiento médico. Pero él no tan solo contestó sino que abundó.

Lujambio habló de sí mismo. Dijo que el daño de la infausta enfermedad le ha provocado creciente limitación en sus facultades físicas. Comentó que ya no puede leer ni escribir, que habla con evidente dificultad, que necesita mucho reposo.

Quien en su momento fue aspirante a la candidatura presidencial por Acción Nacional, ahora se mostraba muy frágil y palmariamente vulnerable.

¿Era necesario exhibirlo en esas condiciones? ¿Cuál fue el mensaje que se pretendió dar? ¿La intención era mostrar al cáncer como maldita fuerza invencible, o presentar al humano como un recordatorio que a pesar de su férrea voluntad, tarde o temprano sucumbe ante las fauces de ese mal? ¿Quién desoyó la opinión de los médicos?

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