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Columnas y artículos de opinión

Seamos libres

Hemisferios

Por: Rebeca Ramos Rella

17/09/2012

alcalorpolitico.com

Me gusta mucho el mes de septiembre. Una vez al año, los mexicanos vibramos con el orgullo de serlo, sin simulaciones, sin falsos orgullos. Es época para revalorar la riqueza y fortuna de nuestra herencia histórica y cultural; nos recordamos que tenemos una identidad nacional que nos une, sin distingos ni divergencias. Es la hora de ser mexicanos; la hora de no de ser azules, amarillos, priistas viejos o nuevos; ni de derecha, ni del centro, ni de izquierda; de no ser pobres, medios, ni ricos; ni arrogantes, ni frustrados, ni subvaluados; ni cosmopolitas, ni aldeanos; ni sometidos ni radicales.

Es la hora de sumarnos al amor y respeto por nuestro Escudo Nacional, nuestro Himno y por nuestro Lábaro Patrio que resplandecen vivos en focos multicolores, guirnaldas, medallones, rehiletes; todo tipo de adorno festivo, que resucita en cada esquina, parque, plaza, puerta, ventana, poste, en la comunidad más distante y empobrecida y también en la metrópoli más moderna e indiferente; en la casa modesta, en el Palacio y en la Embajada.

Los corazones públicos de cada pueblo, ciudad y urbe donde viven mexicanos, vuelven a palpitar con la presencia del México libre, independiente y unido.

La noche del Grito de Independencia es el pretexto idóneo para volver a apreciar nuestra Gastronomía inagotable y que desde 2010, es Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad reconocida por la UNESCO; es la noche del Mariachi, otro símbolo nacional hoy compartido como Patrimonio al mundo. Y de las notas y ritmos variados que nos recuerdan el origen, el hogar.

Es la noche en que las mujeres mexicanas, gustan portar, con dignidad y belleza, sin desprecios ni absurda vergüenza, nuestros trajes regionales; toda esa fertilidad de formas, texturas y colores, la prueba inobjetable del talento extraordinario de artesanos y artesanas, que han sabido rescatar y conservar la tradición de todos los rincones del país.

Y nadie se burla ni se apena de las trenzas, ni hace muecas por las flores y listones en el cabello, ni del paliacate o el sombrero; ni de la manta y el rebozo; tampoco de los huaraches y enaguas; nadie se ríe de los transformados charros. Esa noche nadie se siente “naca o naco o india o indio” en el sentido despectivo y profundamente racista de los términos, que suelen escupir cotidianamente las y los mexicanos engreídos y malinchistas, desmemoriados e hipócritas ante las sangres y los temples que nos forjan como Nación, lo indígena y lo mestizo.

Es velada para recordar nuestra identidad y nuestra pertenencia a la tierra que nos abriga y nos ofrenda, aunque reneguemos todos los días de su historia, su multiculturalidad, sus orígenes, sus símbolos. Aunque la deshonremos cuando preferimos lo foráneo y lo ajeno, lo extranjero y lo extraño, a lo propio, a lo nuestro. Cuando pensamos y nos convence que lo que no es mexicano es mejor.

Los mexicanos podemos ser muy ingratos con la Patria, once meses al año. Y no nos damos cuenta que el concepto abstracto de México y lo que es y representa, cobra vida y significado, forma, sentido y voz en cada uno de nosotros. Nosotros somos México. Somos el legado histórico y el Patrimonio nacional, donde quiera que vayamos. Y éste debe ser nuestro orgullo y también nuestra responsabilidad.

Sin dilaciones ni reticencias políticas o sociales, sin enconos ni reclamos, sin ardores electorales, acudimos a las plazas populares a gritar con todo pulmón y a extraer fuerza para esperar el momento, para hallar lugar entre la muchedumbre, para hondear banderitas a cada nombre de nuestros Próceres, Madres y Padres de la Patria; para llorar a cada repique y a cada estallido de pólvora de colores que ilumina el cielo y entonces todos nos desfogamos con esa honda emoción, si remembramos los versos del otro Credo: “México, creo en ti, sin que te represente en una forma porque te llevo dentro, sin que sepa lo que tú eres en mí; pero presiento que mucho te pareces a mi alma, que sé que existe, pero no la veo”.

Gobiernos y gobernados, celebramos nuestra Independencia Nacional, la libertad y autodeterminación, el nacimiento de la Nación, que nos legaron con sangre y vocación, con valor y sacrificio, héroes y heroínas hace 202 años. Aquellos mismos que olvidamos y confundimos pues el estudio de la historia nacional no se le da a la mayoría, genuino reflejo de la pésima calidad de nuestra educación, saldo rojo del Estado Mexicano.

Y muchos corean lamentos y consignas extremosas al afirmar que nada podemos celebrar, pues no somos libres; vociferan desde el Senado, redes sociales hasta en reuniones familiares y colectivos reflexivos, que seguimos siendo dependientes y sometidos; antes del Imperio peninsular; después, del garrote estrellado del hegemón estadunidense y de los prestamistas modernos, nuestros acreedores internacionales; de los malos gobiernos; de las perversas y soberbias elites económicas; de la clase política nacional; de todo aquello o aquél o aquélla, que funja como opresor y obstáculo de nuestras decisiones libres humanas. Y es que la libertad, va acompañada de otros dos ideales: justicia e igualdad.

¿Y qué es la libertad? La capacidad responsable de cada ser humano de obrar según su propia voluntad; su razón, sus valores e ideales y sus derechos.

¿Y qué es la justicia? Es la voluntad de dar a cada quien lo que le corresponde. El referente de rectitud que debe gobernar nuestra conducta y que nos obliga a respetar los derechos de los demás. Es el conjunto de reglas y normas que en equilibrio, deben garantizar la convivencia social.

¿Y qué es la igualdad? Es el balance en proporción de deberes, derechos y oportunidades. El reconocimiento y el trato idéntico y en equivalencia.

En México, en estos 202 años, desde la madrugada del 16 de septiembre, cuando dio inicio la Gesta de Independencia, durante todo el proceso histórico, hasta el día de hoy, esas tres grandes aspiraciones, tristemente no son realidades cotidianas, en su total dimensión; perviven “a la mexicana”, según nuestra propia concepción: a medias, mal hechas, mal logradas, chambonas, acotadas.

Como esa madrugada en Dolores, las luces de libertad, justicia e igualdad aún no brillan con absoluto esplendor en la República, menos en los hogares de más de 52 millones de pobres, de los que 12 millones padecen lo multidimensional de su desgracia: Ideales que aún se escriben y se escuchan en los estandartes de las y los desfavorecidos, marginados, subempleados, desempleados; de las violentadas, invisibilizadas y discriminadas; de las y los ignorados y olvidados; engañados y traicionados. De los 21 millones de niños y jóvenes pobres, el futuro de la Nación.

A 202 años de Independencia, de construcción de Nación, Estado, Constitución, Instituciones y leyes, soberanía, libre autodeterminación y reconocimiento exterior, México no ha consolidado lo inmediato y elemental: la línea de bienestar, los derechos sociales fundamentales –Educación, Salud, Seguridad Social, Vivienda, Servicios Básicos, Alimentación y Cohesión Social-, que democracia, gobernabilidad, modernidad y globalización obligan como indispensables para que un país se denomine exitoso, enteramente justo, igualitario, libre.

No podemos borrar de tajo, todo lo que en más de dos siglos hemos avanzado; ni podemos distorsionar la realidad sólo en base al discurso radical que todo descalifica, convencidos y manipulados al aceptar que todo está mal, que hay que hacerlo de nuevo, porque no sirve. No caigamos en la tentación de devaluar y descalificarlo todo, sólo porque aún hay lastres, atrasos, injusticias, desigualdades y libertinajes.

Los mexicanos de ayer, han construido una Nación, el Estado Nacional -gobierno, pueblo y territorio-, instituciones, leyes, Constitución, Poderes del Estado. Una República.

En el transcurso de los siglos, hemos edificado para ser prósperos y autónomos; pero nuestras libertades han sido limitadas bajo una concepción inequitativa, injusta y acordonada del ejercicio del poder social, político y económico que ha hecho de la corrupción y de la impunidad, los genuinos tiranos opresores.

En las últimas décadas, la democracia que poseemos fortalecida, gracias al derecho al voto, al reconocimiento de la pluralidad y al fortalecimiento de la participación ciudadana, nos ha dado la opción de elegir, si trastocamos nuestra voluntad mayoritaria o no. Sin que determine nuestra situación socioeconómica, los mexicanos sabemos el valor de nuestro sufragio y aún nada ni nadie nos puede arrebatar nuestra primaria libertad individual de decidir. Decidir si lo contaminamos, si lo razonamos, si lo hacemos efectivo para transformar o si lo usamos como trueque.

Afirmar que los pobres y marginados son manipulables en su mente libre, sólo porque padecen precariedad, es ofender más su tragedia. Y es peor valerse de esa condición para mentirles y aprovecharse.

Si la corrupción y la impunidad han expandido sus tentáculos en el tejido social, las y los mexicanos lo hemos convenido, porque somos parte de estos flagelos. Hasta los perpetuamos sin darnos cuenta. Cierto es que la educación en el país debe modernizarse, garantizarse en cobertura y calidad y así los derechos sociales, si queremos ser un pueblo con una cultura política más razonada. Este es el desafío que aún no superamos. Pero esto es labor de todos.

Entonces no culpemos sólo a gobiernos y a cúpulas, ni los señalemos como los enemigos de nuestra verdadera Independencia. Todas, todos, somos corresponsables de esas deudas históricas que lamentamos, pues nos ha faltado más amar a México y merecerlo, si consentimos, lo que nos ancla; si actuamos con dobleces, con intenciones turbias, si nos dejamos manipular y engañar. Si no alentamos y pavimentamos la transformación que queremos y que se alcanza con el esfuerzo, voluntad e integridad de cada uno.

En este año de cambio, cambiemos nosotros también. Seamos libres de la transa y mordida, de la salida fácil, de la opción del menor esfuerzo y de la mediocridad. Hagamos lo que nos toca con una nueva concepción “a la mexicana”, que signifique que está bien, que es de calidad, que tiene excelencia. Exijamos pero prediquemos con el ejemplo. Esa es nuestra auténtica libertad.

¡Viva México!

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