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Columnas y artículos de opinión

Breve historia de Zuno Arce

Diario de un reportero

Por: Miguel Molina

27/09/2012

alcalorpolitico.com

La última vez que lo vi fue una tarde de agosto de hace veintitantos años, ante el tribunal que lo declaró culpable de secuestro, tortura y asesinato, y supo que iba a pasar el resto de su vida en la cárcel.

Murió el martes de la semana pasada. Se llamaba Rubén Zuno Arce, tenía ochenta y dos años, y estuvo muy cerca del poder cuando su cuñado Luis Echeverría fue presidente de México (entre 1970 y 1976). Cumplió veintitrés años de una prisión perpetua, lejos de todas partes.

Era un hombre serio, que saludaba con un movimiento de cabeza cuando entraba a la sala del tribunal y se despedía con un movimiento de cabeza cuando salía. Nos vimos todos los días hábiles entre mayo y agosto de 1990, de ocho y media de la mañana a cinco de la tarde. Él se sentaba en el banquillo de los acusados y yo en las duras bancas reservadas a la prensa.

Pero la historia era otra. Comenzó en Chihuahua -aunque la historia no comienza, porque es un continuo acontecer de cosas que no cesan- un jueves de principios de noviembre de hace veintiocho años en el rancho El Búfalo, entre Camargo y Jiménez.

Ese día, esa mañana, casi quinientos soldados mexicanos decomisaron entre dos mil quinientas y diez mil toneladas (según la versión que uno prefiera creer) de mariguana, y liberaron a casi diez mil campesinos que los narcotraficantes habían esclavizado para cultivar la droga.

Los dueños del rancho eran Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Carrillo y Miguel Angel Félix Gallardo. Se calcula que la droga confiscada valía unos ocho mil millones de dólares, y representaba meses de consumo en Estados Unidos. Al parecer, las autoridades descubrieron el rancho con información de un agente de Estados Unidos que habría infiltrado al grupo de traficantes.

Y al año siguiente, un grupo de hombres armados secuestró en Guadalajara un mediodía de jueves de febrero a Enrique Camarena Salazar, agente de la oficina antinarcotráfico de Estados Unidos (DEA), y a su piloto Alfredo Zavala.

Los cuerpos aparecieron al mes - con señales de tortura - en una orilla del parque nacional La Primavera, no muy lejos de la ciudad.

Se armó un escándalo que duró años. Los nexos entre políticos mexicanos y narcotraficantes fueron asunto de especulación en la prensa de los dos países, las relaciones entre México y Estados Unidos se tensaron, y se reavivó el debate sobre la culpa de quien lleva la mota y de quien paga por fumar.

Hubo arrestos. A Caro Quintero lo arrestaron en abril en Costa Rica (con una pistola chapada en oro que tenía diamantes y esmeraldas en las cachas, una credencial de policía federal, y una sobrina del entonces gobernador de Jalisco, Guillermo Cossío Vidaurri). A Fonseca Carrillo lo detuvieron el mismo mes en Puerto Vallarta. A Félix Gallardo lo capturaron en Guadalajara en 1989. Hasta entonces, nadie había mencionado a Rubén Zuno Arce.

Pero Zuno Arce fue a San Antonio y se presentó ante las autoridades de Estados Unidos, que lo requerían como testigo en el caso de un expolicía mexicano acusado de haber tomado parte en el asesinato de Camarena.

Lo detuvieron y de ahí lo llevaron a Los Angeles, donde lo juzgaron con el hondureño Juan Ramón Matta Ballesteros (quien cambió la historia el día que presentó a sus compadres del Cartel de Guadalajara con Pablo Escobar) y otros dos acusados menores, cuyos delitos fueron apareciendo ante nuestros ojos mañana y tarde durante tres, cuatro meses.

Nos dijeron que los narcotraficantes perjudicados por el decomiso de mariguana en El Búfalo -entre ellos Zuno Arce- se reunieron para ver qué hacían con Camarena. Nos dijeron que Fonseca Carrillo había dicho que secuestrar al agente era un error. Nos dijeron que de todos modos lo secuestraron, y que cuando lo torturaban había un médico que lo mantenía vivo.

Y un jueves de agosto de 1990 -casi un año después de que Zuno se entregó- el juez Rafeedie aceptó que se escuchara en la sala del tribunal una grabación en la que alguien (en este caso Camarena) pedía que ya no lo golpearan. Nunca se supo de dónde vino la cinta ni quién la grabó ni para qué. Tal vez no hacía falta saberlo, porque este oficio enseña a reconocer las voces de la muerte...

A Zuno lo condenó la declaración de Héctor Cervantes Santos, el único de los testigos que juró que el cuñado de Luis Echeverría estuvo en las reuniones de los jefes del Cartel de Guadalajara.

El fiscal Manuel Medrano (quien de fiscal se volvió periodista) le pidió a Cervantes Santos que identificara a Zuno Arce, el hombre del traje azul. Y Cervantes Santos alzó sin titubear el brazo de cuya manga colgaba la etiqueta del traje y dijo: "Es el de traje azul".

El jurado declaró culpables a los cuatro, aunque no recibieron las mismas penas. No sé qué habrá sido de los expolicías municipales que escoltaban a los narcotraficantes. Sé que Matta Ballesteros sigue en una cárcel de máxima seguridad en Colorado, y cumple doce cadenas perpetuas no muy lejos de donde viví.

En febrero de 1998 me enteré que Cervantes Santos aceptó que la DEA le había dado dinero para que implicara tanto a Zuno como a Manuel Bartlett, que entonces era secretario de Gobernación y ahora es senador de la República. Pero nada cambió.

Cuando Ernesto Zedillo era presidente, el director de la Revista Zeta de Tijuana, Jesús Blancornelas, le preguntó a Luis Echeverría y a otros expresidentes sobre el tema (http://www.zetatijuana.com/html/EdcionesAnteriores/Edicion1690/Dobleplana.html):

"Hablé del asunto con su cuñado don Luis Echeverría. Lo lamentó. Simplemente consideró injusto aquello. No hizo más comentario. López Portillo y De la Madrid nunca quisieron contestar mis llamados telefónicos".

Ha pasado el tiempo, aunque no tanto. Pero vale la pena recontar historias de hace veinticinco años en busca de explicaciones de lo que está pasando para que recuerden los que habían olvidado y para que sepan los que no sabían.

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