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Columnas y artículos de opinión

Lecciones de vida

Por: Guillermo H. Zúñiga Martínez

29/09/2012

alcalorpolitico.com

Existen costumbres que nunca se deben cancelar, que es necesario fortalecer en las vivencias diarias porque, cuando se abandonan y olvidan, dan origen a conductas que no siempre son mejores.

Hoy quiero recordar uno de los objetivos más claros que señalaba el maestro José Luis Melgarejo Vivanco cuando trabajaba como catedrático en la Escuela Normal Veracruzana “Enrique C. Rébsamen”. El maestro oriundo de Palmas de Abajo, municipio de Actopan, Veracruz, no tan sólo explicaba a sus discípulos la historia y la antropología, sino dictaba lecciones políticas plenas de contenido humano, empezando por la conducta que siempre observó y que me parece intachable, luego con la disciplina en su vida personal.

En esa institución, que fundó el gobernador Juan de la Luz Enríquez en 1886, el maestro Melgarejo se preocupaba por observar actitudes y capacidades de los estudiantes, por lo cual sugirió alguna vez que en el último grado se escogiera a los más talentosos para configurar un grupo menos heterogéneo y después, cuando la generación egresaba, hacía una especie de seguimiento personal, para detectar y ubicar a los más sobresalientes tanto en el trabajo escolar como en su influencia hacia la comunidad; en el transcurrir del tiempo, el maestro Melgarejo dialogaba con las autoridades escolares y les sugería nombres de maestros y maestras que, a su parecer, eran verdaderas muestras de progreso y superación y podrían aportar calidad y dinamismo a la institución que los forjó.

Empezaba por canalizarlos hacia la Primaria Anexa a la Normal, luego procuraba que les dieran prácticas escolares y, dentro de un proceso ágil y armónico, lograba que en la Normal Veracruzana descollaran personalidades identificadas con las aspiraciones de todo plantel educativo por su trascendencia.

Es difícil recordar que haya recomendado para que ocupara alguna plaza a alguien, aunque fuera maestro, mediocre y desvinculado de las tareas pedagógicas, porque él sabía que eso era hacer daño, mucho daño, a una institución que siempre ha estado preocupada por su prestigio.

Es por estas razones que durante el período que estuvo como Subsecretario de Gobierno, al lado del señor Gobernador Antonio M. Quirasco, y luego como catedrático de la escuela que dirigió Enrique C. Rébsamen, ésta brilló, destacó y había tal denuedo por ser la mejor del país que se unían en una hermandad todos los trabajadores para esforzarse por hacer de ella un paradigma en la formación de docentes.

El maestro Melgarejo Vivanco tenía la cualidad de saber escoger a sus amigos y a sus colaboradores, por lo cual convivir con él y merecer su confianza era difícil: buscaba con mucho cuidado las características principales que debe reunir un verdadero hombre y que definía con una enorme claridad. Lo pregonaba con su ejemplo, demandaba honradez, capacidad intelectual, congruencia, sinceridad, responsabilidad en las labores y principalmente entrega sin reservas en cada una de las tareas que debían desarrollarse en aras del perfeccionamiento del servicio.

Recuerdo con precisión cómo, dueño de gran serenidad y fuerza en la determinación, lograba dibujar sus aspiraciones en el servicio público.

Vale la pena evocar esas actitudes, porque quienes lo conocimos y tratamos, estamos obligados a transmitir sus sabios consejos y, obviamente, a compartir sus ideales con el anhelo de que cualquier actividad política y cultural tenga connotaciones propias, pueda ser referencia cotidiana de aciertos y ventajas en el contexto social.

Tuve la merced de compartir con el maestro una experiencia legislativa en el Congreso Local; la verdad, procuré sentarme junto a él en todas las sesiones y, en alguna oportunidad, fuera del trabajo político, le pregunté sobre su situación administrativa, porque quien esto escribe fungía como Presidente de la Diputación Permanente y registro perfectamente que me dijo –Mira Memo, yo percibo únicamente la dieta que se me otorga como diputado local- a lo cual repliqué: –Maestro, usted sabe perfectamente que existe la posibilidad de conjugar la función del legislador con la de docente; y me contestó – El hombre debe cobrar por su trabajo y nunca por lo que no hace-. Agradecí la enseñanza y hoy sus palabras son demasiado importantes porque abundan los que no piensan ni actúan de esa manera. Él concebía perfectamente lo que he denominado la compatibilidad moral.

La moral no es una mata que produzca moras, sino una responsabilidad individual y social que debe practicarse todos los días.

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