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Columnas y artículos de opinión

Diplomacia presidencial

Hemisferios

Por: Rebeca Ramos Rella

01/10/2012

alcalorpolitico.com

Estas semanas hemos observado al Presidente entrante y al Presidente saliente muy activos en el exterior. Calderón casi cierra su sexenio con un discurso vehemente, puntual y exigente en el foro de la 67 Asamblea General de la ONU; Peña se inaugura y se presenta con los mandatarios de los países centro y sudamericanos más destacados en la región.

Bien. Tienen clara la importancia de atender y fortalecer las relaciones internacionales de México, en un mundo más conectado, vinculado e irremediablemente corresponsable en la acción y colaboración para abatir flagelos que no se detienen ante fronteras, visas ni idiomas. La pobreza, el hambre, el cambio climático, el crimen organizado, el desarme, las desigualdades y violaciones de derechos humanos, las guerras son problemas de todos, como de cada uno en su territorio.

A diferencia de la izquierda retrógrada mexicana, la derecha y el centro muestran que si la política doméstica es sustancial para crecer y mejorar, la política exterior y la política internacional abren posibilidades para ese propósito, aunque también imponen los métodos y los mecanismos. Hoy, hay certeza de que lo interno no puede estar desfasado de lo externo ni viceversa, porque nadie sobrevive aislado, porque la codependencia es una realidad y la colaboración y la responsabilidad compartida son las obligaciones comunes.

Nuestros dos Presidentes coinciden en que México debe fortalecer su liderazgo global. Y no es que lo hayamos perdido, pero sin duda quedó debilitado y ensombrecido con el asunto monotemático de la violencia, la seguridad y la batalla contra los criminales trasnacionales; quizá, sólo matizado en positivo, por la decidida participación y propuestas de México en la arena de las Conferencias sobre Cambio Climático; por los avances reconocidos en el orbe sobre la macroeconomía –más tras la crisis financiera de 2008- y en las acciones a favor del estatus mexicano en el fortalecimiento de la vanguardia en el sector turismo.

Desde el inicio del sexenio, Calderón tuvo que amoldar la política exterior enfatizando en la política interna: en la defensa del Estado Mexicano, en el imperio de la ley, en el mantenimiento de la gobernabilidad e integridad social. También tuvo que reforzar la política exterior en foros multilaterales para rescatar la imagen segura de México para garantizar el flujo turístico, de inversiones y de entrada de divisas, dado el desprestigio a causa de la violencia. Arreció el discurso de la necesaria cooperación hemisférica para combatir al crimen trasnacional, que priorizó en las ágoras continentales, sólo diversificando la postura internacional de México a favor de la urgencia de actuar sobre la sustentabilidad aparejada con el crecimiento, frente a los estragos del calentamiento de la Tierra.

Estos fueron aciertos en el balance objetivo. El reconocimiento a la política exterior en foros multilaterales que Calderón sostuvo firme en los rubros antes mencionados, tuvo su evidencia en la confianza y aprecio por México, en la celebración de la XVI Conferencia Internacional sobre Cambio Climático en Cancún en 2010 y en la Reunión de altísimo nivel del G20 en Los Cabos de este año.

No es de menospreciar la reiteración de México, abanderando las demandas de los países en desarrollo para sensibilizar a los grandes contaminadores del planeta sobre la relevancia de invertir en políticas públicas, infraestructura y en fondos verdes. Tampoco en sostener el crecimiento y la solidez macroeconómica que hoy sitúan a nuestro país como miembro del grupo MIST -México, Indonesia, Corea del sur y Turquía- economías emergentes con enorme potencial de crecimiento y de inversión.

Pero insisto, el tema de la batalla contra los maleantes jerarquizó la agenda exterior. En este asunto, Calderón aprovechó bien el apoyo de Washington y la aceptación de la corresponsabilidad de EUA, en materia de consumo de drogas y en el tema de las armas. Logró que Obama se sumara a la lucha anti-criminal y cabildeara más recursos en el Congreso para la Iniciativa Mérida, asistencia técnica, inteligencia y combate al lavado de dinero.

No obstante lo anterior, Peña reitera que hay que restablecer el liderazgo menguado en términos del estatus de interlocución política y diplomática que, como país bisagra, México ha encabezado en espacios regionales y en conflictos globales, en otros tiempos.

La tradición y la capacidad de concertación diplomática y pacifista de México y su liderazgo en América Latina, quedaron rezagados por el discurso de la inseguridad y la guerra anti-criminales y también por la ausencia de reformas legales internas que permitieran a México consolidar su competitividad económica y su postura de árbitro indispensable entre el norte y el sur, en la región y a nivel mundial.

Ese vacío lo llenó Brasil, con el carisma popular de Lula, con sus políticas sociales y reformistas y su habilidad para balancear entre los adversarios del norte, como Irán, Venezuela, Cuba y en algún sentido Argentina y demás países anti-EUA. Logros políticos que tornaron al gigante del Amazonas, como el intermediario idóneo. Lugar que refrendó la Presidenta Dilma Rousseff, en un memorable mensaje en la tribuna global hace unos días.

Ante este escenario, Peña decidió viajar al sur de Chiapas con un impulso renovado por acercar a México con sus aliados naturales, con los hermanos históricos y diversificar la agenda de cooperación y enlace, más allá de las armas, las drogas, los migrantes, los narcos, los traficantes, la infiltración institucional y el lavado de dinero.

Peña quiere reaperturar temas de intercambios comerciales, educativos, culturales, tecnológicos y de asistencia técnica. Pero sobre todo, quiere dejar sentado que su gobierno dará prioridad a la relación multilateral con Latinoamérica, tejiendo las bases de un liderazgo político regional.

El Presidente electo sabe que hay posibilidades para construir una figura concisa en el subcontinente que aglutine sin confrontar; un interlocutor respetado y confiable que equilibre fuerzas y posturas. Quiere recuperar ese centro para México.

También busca la solidaridad y la acción conjunta hemisférica para que el frente común contra el crimen organizad, la pobreza y las desigualdades que lo engendran, además de la corrupción e impunidad, se concrete de cara al monstruo consumidor, al mercado más próspero para los delincuentes millonarios, que es Estado Unidos.

Y juntos podrán presionar más a Obama y al Congreso, para que cooperen en serio contra las drogas y contra el libertinaje de la venta de armas. Es claro que cada cuál por su lado, no podrá ni contra los malos, ni contra los necios republicanos y grupos económicos poderosos estadunidenses que se niegan a siquiera considerar una reforma a la Cuarta Enmienda.

Peña reconoce que el horizonte de la política exterior durante su mandato puede caer en el mismo cometido de este sexenio y quiere expandirlo. Pero antes, habrá de cabildear y de acentuar negociaciones y acuerdos con los aliados del continente.

Además Calderón ya abrió brecha. En uno de sus mejores discursos del sexenio, demandó de la ONU más acción, más compromiso y reconocimiento al problema del crimen organizado. Denunció falta de interés, apatía, inacción global contra el flagelo que causa más muertes en el orbe. Desmenuzó su propuesta, fundamentando la destrucción social, legal, económica que acerva el negocio transnacional de los delincuentes. Regañó y exigió reorientar el debate a enfocar baterías contra los enemigos de la paz y de la ley y de las nuevas generaciones, con estrategias conjuntas y globalizadas.

Calderón ha dejado abierta la ventana para que Peña retome el estandarte de la exigencia justa y certera para que la sociedad mundial reconozca al flagelo como asunto de seguridad internacional, tan grave, mortal y riesgoso como el terrorismo y tan destructivo como el cambio climático.

La conclusión es que el problema de la inseguridad y la violencia persistirán y habrán de abordarse con nueva estrategia nacional en el nuevo gobierno; pero el quid de la cuestión estará también en amarrar voluntades y colaboración de los aliados al sur para presionar a EUA y a la comunidad internacional. Y éste es uno de los puntos clave de la política exterior.

Pero hay otros temas que Peña podrá apuntalar en la arena global y que tendrán repercusiones en este primario objetivo de la lucha mundial anticrimen organizado.

La inefectividad y disfuncionalidad de la ONU ya son evidentes. El conflicto en Siria lo revelan. El consenso en el discurso de los miembros de la 67 Asamblea General es la urgencia de actuar para detener los crímenes contra la humanidad que se cometen en aquél país, con severas y riesgosas repercusiones en la región. El llamado casi unánime es a deponer al dictador, a restablecer la paz y a garantizar la vida y los derechos humanos. Hasta ahora, a 18 meses de muerte y dolor, la ONU nada ha logrado en Siria y tampoco en Palestina a la que se le niega el estatus de Estado y la devolución y administración autónoma de su territorio y patrimonio; nada han avanzado para detener ilegalidades, arbitrariedades, ataques y abusos de los israelitas. Y es triste escuchar los mensajes de EUA e Israel en el foro mundial, en los que sólo priorizan debilitar a Irán y a su programa nuclear, en una egoísta postura de defensa de sus intereses nacionales. De manera que estas enormes omisiones son referentes lamentables de la incapacidad de la ONU para solucionar los demás flagelos que amenazan a la humanidad.

Por estas razones, México tiene la oportunidad de liderar la exigencia de la reforma de Naciones Unidas, que pasa por la ampliación en la representatividad y determinación del Consejo de Seguridad, que ya es obsoleto en su conformación y disparejo, por no decir bastante antidemocrático, en su supremacía resolutiva. El Consejo de Seguridad funciona como en tiempos de la Guerra Fría superada y hoy la globalización de responsabilidades, conflictos y retos demanda una transformación institucional, operacional y legal del máximo órgano colegiado.

Peña se ha comprometido a fortalecer el liderazgo internacional de México. Habrá de restaurar la postura como eficaz mediador regional al norte, para alentar acuerdos y apoyos en foros multilaterales en beneficio de los temas comunes en América Latina.

Podrá afianzar a México como un honorable portavoz de la defensa del derecho internacional y de los principios que lo rigen, que no se aplican ni se respetan.

Podrá impulsar el consenso de las mayorías para reformar a la ONU, sin rasparse con EUA ni con Europa.

Peña podrá proyectar a México como activo, propositivo y decisivo intermediario en conflictos que amenazan la paz global y de frente a los fenómenos que arriesgan a la humanidad.

Como Turquía, país cuña entre los europeos y el Medio Oriente, México tiene una posición geopolítica estratégica. Estamos en medio de dos mundos, entre el norte desarrollado y el sur emergente, que nos obliga a arbitrar, a conciliar, a establecer equilibrios.

Esta ha sido la vocación de la política exterior mexicana, que suponemos, Peña tiene intención de recuperar, diversificar y asentar en las plazas multilaterales.

Y estos retos sólo podrán superarse con una diplomacia presidencial que dentro, engarce acuerdos, mejoras y cambios estructurales y que afuera, convenza con independencia y principios, sin manchas de sospechas, sin sumisiones ni complicidades.

Si hay decisión, en este próximo sexenio deberá brillar el arte de la negociación.

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