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Columnas y artículos de opinión

Blindar al pacto

Hemisferios

Por: Rebeca Ramos Rella

29/04/2013

alcalorpolitico.com

En febrero de 2010, un grupo cuantioso y representativo de intelectuales, especialistas, académicos, periodistas y expertos analistas políticos, conjuntaron sus reclamos, críticas y propuestas, en un desplegado dirigido a la clase gobernante de México, como un sonoro llamado contra las resistencias al cambio y a la irresponsabilidad de hacer nada por destrabar al país del letargo que en ese año, ya llevaba 13 años –contados desde 1997, cuando el PRI perdió la mayoría absoluta en el Congreso- ; tiempo en el que precisamente por falta de voluntad política; por la confrontación persistente entre el Legislativo y el Ejecutivo federal; por ausencia de amplios resultados en negociaciones entre partidos, gobiernos y Legislativo y, por carencia de habilidad para la construcción de acuerdos, México estaba insertado en un pozo oscuro de atrasos, desprestigio, contradicción y desigualdades.
 
De esa parálisis y enfrentamiento, surgió el famoso desplegado denominado “No a la Generación del No”, que se cimentó a partir de un artículo que Federico Reyes Heroles había publicado, en una aguda y dolorosa reflexión sobre lo que estaba deteniendo y anclando el crecimiento del país.
 
En su aportación Reyes Heroles conjuntó el diagnóstico y la sentencia: “La Generación del No tiene un proyecto muy claro, demostrar todo lo que se le puede negar a un país. No, a un sistema fiscal omnicomprensivo y progresivo, no, a la capitalización y modernización del sector energético y, sobretodo, no, a la profesionalización del Legislativo, porque si ello llegara a ocurrir se demostraría el doloroso tiempo que México ha perdido gracias a la Generación del No. Debe ser muy incómodo estar en su posición, porque la única forma de mantener la fachada es seguir impidiendo los cambios…la Generación del No ha logrado que los jóvenes descrean del servicio público, que les dé lo mismo un partido que otro, porque de todos tienen una pésima imagen y, lo peor, que estén convencidos de que México no tiene salida. Ese será el fardo con el cual habrán de cargar…Ojalá y la historia ya los releve. Ya tuvieron muchas oportunidades, las desperdiciaron”.
 
Fue tal el impacto del artículo, que Héctor Aguilar Camín y su amigo Jorge Castañeda, con el autor del artículo y otras decenas de reconocidos cerebros, amantes de la disección de la realidad, se unieron, consensaron y le espetaron a la elite política nacional el desplegado: “La Generación del No es responsable de lo que No ha ocurrido en México. Negar el cambio es perpetuar el presente. Legisladores: aprueben las reformas políticas y demos así inicio al debate de fondo: ¿Qué futuro queremos para México? Avancemos juntos, para poder luego debatir juntos y decidir en democracia”.
 
Luego de este gran frente de exigencia, Aguilar Camín y Castañeda publicarían el ensayo “Un futuro para México”, síntesis del libro que recorrería el país, sembrando análisis, debate y coincidencia. Este cúmulo de propuestas tenía como objetivo propalar la discusión nacional y por ende, concretar algún nivel de consenso, un gran acuerdo que forzosamente los candidatos presidenciales, en la víspera de la sucesión presidencial, tendrían que considerar en sus compromisos y planteamientos.
 
Es sabido que estos dos personajes, conversaron con todos los candidatos a la Presidencia y es sabido también que fueron en su momento, consultados por el pre y luego candidato presidencial del PRI, hoy cabeza del Ejecutivo Federal. Con Peña, intercambiaron opiniones y enriquecieron propuestas. Es posible que de esas reuniones se definieran los ejes y los compromisos de campaña y de gobierno peñistas, que hoy ya todos conocemos y que deberíamos releer y volver a revisar a fondo, para hacer la comparativa y comprender lo que estamos viviendo.
 
Considero que las respuestas a aquel artículo de opinión, al desplegado, a la sustancia amarga de la arenga nacional contra el estancamiento en el que había estado México por décadas; a la suma del descontento, desconsuelo, apatía y hartazgo social, contra la incapacidad de los políticos y gobernantes para ponerse de acuerdo; contra su negativa para cambiar sus costumbres, para combatir corrupción, impunidad e ineficacia y contra el desempleo, la inseguridad y violencia imperantes y ante la posibilidad de la regresión autoritaria del eventual triunfo del PRI, pero del más arcaico, se revelaron en el Manifiesto por la Presidencia Democrática; en el Discurso de Peña Nieto ante el Consejo Político Nacional de mayo de 2012 y, por supuesto, en el Mensaje de Toma de posesión y después, se negociaron y se fortalecieron en los 95 compromisos que se firmaron el 2 de diciembre 2012, cuando los partidos políticos y el Gobierno Federal recién entrante, asumieron su responsabilidad política e histórica al nacer el Pacto por México.
 
El Pacto por México entonces, se erigió como la plataforma innovadora de cambios y reformas que derrumbando inercias, pronósticos, incredulidad y el pesimismo usual, hoy es el proyecto nacional más vivo, más consensado y el más importante en la historia contemporánea del país.
 
Es el gran acuerdo nacional que aquí, mucho insistimos en urgir, para retomar desarrollo, credibilidad; crecimiento y competitividad. Fue la mano que liberó el freno al proceso de transición democrática, que llevaba lustros atascado en el lodo electorero; por un Congreso tieso peleado con un Ejecutivo de distinto color; por la rebatinga del poder por el poder, que dejaba al lado lo que el Pacto por México, jerarquiza: el Interés superior de la Nación, tal como lo dicta la Constitución. El Interés general que durante años fue rehén de la batalla intestina por la silla grande; por los recursos; por los privilegios; por la prevalencia de unos por encima de la mayoría.
 
Al Pacto tenemos que entenderlo en su dimensión política e histórica. Es la salida del atolladero en el que el país estaba prisionero; es el entramado de decisiones y acciones con metas y tiempos, para que México avance, cambie y lidere. Para que nos vaya mejor; para que la modernidad global, se sienta en los hogares, en el trabajo, en los servicios, en el desarrollo regional.
 
El Pacto es el cimiento del Plan Nacional de Desarrollo, texto que como el Pacto, deberá ser consensado entre el Gobierno Federal y los partidos políticos y además, con los ciudadanos, la sociedad organizada, académicos y expertos; órdenes de Gobierno y Poderes del Estado. El Pacto por México es la herramienta de coincidencias desde las cuales es posible progresar. Es para que todos ganemos, hasta ellos mismos, la elite política nacional.
 
Gracias a este gran acuerdo nacional, México ha avanzado; la percepción mundial del país ha mejorado; nuestro Presidente es considerado como uno de los 100 personajes más influyentes en el orbe. Los saldos son óptimos. La Generación del No, ha transmutado a la Generación del Sí, sí a las reformas legislativas alcanzadas: las reformas laboral, educativa, de competitividad y de telecomunicaciones son grandes pasos en la modernización económica y social; las reformas al sistema de contabilidad gubernamental; la reforma política que establece la iniciativa preferente del Ejecutivo federal y las candidaturas independientes a nivel nacional; también 
las leyes de Amparo, la Federal de Justicia para Adolescentes, la Ley para Prevenir y Sancionar la Tortura, y la Ley General de Víctimas, se han logrado y sigue la aprobación de la reforma al artículo 27 constitucional, para regular la propiedad extranjera en playas nacionales.
 
Y vendrán las reformas financiera y fiscal y la energética que podrán situar al Pacto en el rol protagónico, para bien o para mal. Ya veremos.
 
Pero el Pacto no es la varita mágica, para hacernos cambiar a nosotros, a los mexicanos. Hemos vivido, sobrevivido, luchado y trabajado en un país donde el sistema y el régimen y sus vicios y excesos, están metidos en el ADN de todos nosotros.
 
No conocemos una cultura política tan democrática y de servicio público tan eficiente y transparente, ni tampoco practicamos una cultura de participación ciudadana sin sesgos partidistas y sin tintes inconscientes y nostálgicos del autoritarismo de antes. No, no sabemos ni concebimos artes distintas a las conocidas. No entendemos ni hemos definido las conductas, decisiones, voluntades y conciencias renovadas, que invoca este perfeccionado instrumento de avance democrático. No. Y tenemos que aprender.
 
El Pacto por México está construido para la reconciliación nacional y sobre los pilares remozados de confianza y ésta es la que deben, debemos cuidar. Es el primer peldaño hacia la genuina transformación del sistema y del régimen políticos, que México necesita. Un nuevo Presidencialismo, más democrático, más equilibrado, más eficaz y más fuerte desde la solidez de los contrapesos: lo órdenes de gobierno, los Poderes del Estado, los medios de comunicación y la oposición política.
 
Su existencia obliga a la reestructuración del entramado institucional y legal que nos rige y también, es un acuerdo que palpita para perfeccionarse y aspirar a ser más ambicioso, más efectivo en resultados, más honorable en la nueva cultura política que exige de todos, responsabilidad, visión de Estado, civilidad, diálogo permanente.
 
El Gobierno Federal y los partidos lo crearon; ellos podrían matarlo. Hoy, vemos, lo están envenenando. El Pacto está confrontando a la clase política gobernante frente a sus propios temores, desconfianza y contradicciones. Las posturas usuales, las mañas y las acciones ordinarias y preconcebidas, en el gobierno, en la vida partidaria, en la contienda electoral, en la negociación en el Legislativo, en la relación entre gobernantes y gobernados, ya no caben, ya no sirven, ya no valen en la era del Pacto por México. Se estrellan por anquilosadas en la ventana diáfana que abierta, promete bonanza para el país.
 
El Pacto no acepta la simulación perversa, la arrogancia y tampoco el cobro vengativo de odios pasados. No le son útiles a México, esas actitudes. Ya no.
 
Todos los partidos reclaman y con razón, garantías y respeto a la legalidad, imparcialidad, transparencia, en el umbral del proceso electoral de este año. Si antes se utilizaban programas sociales a cambio de simpatías y votos, a veces por los unos, a veces por los otros, ahora eso ya no, en los tiempos del Pacto, ya no. Y serán los mismos ciudadanos quienes denuncien ese exceso de pragmatismo ilegal para ganar elecciones. No se puede apelar a la ley, transgrediéndola. No se puede ni se debe arriesgar el futuro del país, con las operaciones  turbias del pasado ni con los chantajes lastimosos de los que no se resignan a la derrota. Ni lo uno ni lo otro.
 
Tampoco el Pacto puede estar en medio de la rabia aldeana contra una servidora pública, sólo por su pasado político. El Pacto es más moderno que las voraces fauces de quienes quieren destazarla desde su anterior partido.
Estamos en la disyuntiva, sin duda. O seguimos avanzando o sucumbimos a las tentaciones de la cultura política anquilosada de pleito, lodo, descalificación y cero reformas, cero liderazgo y crecimiento.
El Pacto por México está retando a partidos y gobernantes a enaltecer el arte de las negociaciones, a respetarlas, a mostrar ética, altura y madurez políticas y, también la estrategia más inteligente para no fracturarlo ni mancharlo con intereses facciosos, personales y de grupo; para no sujetarlo a los intereses electorales por el proceso venidero ni por los que siguen; para resguardarlo de los odios personales, contra las vendettas tribales y contra las guerras sucias, que descalifican a la política y al servicio público, pero sobre todo, dañan más el destino certero del país.
 
Esta semana, los partidos habrán de demostrar su capacidad para superar las ofensas y los hábitos rancios, si es el Interés Nacional, lo que en verdad los mueve. Si son la Generación del Sí, en verdad o si se asientan en la Generación del ya merito y no se pudo. La mediocridad.
 
El Pacto no requiere de degollados, ni de frases mediáticas y huecas, ni de amenazas. No vive en función de que unos pidan al Presidente la renuncia de nadie, menos de un gobernador que ha sido electo por voto mayoritario; de hecho, de ningún gobernador. Mal señores del PAN, la época del presidencialismo arbitrario y vertical que quitaba gobernadores a capricho, ya pasó hace mucho. No pidan reciclarlo cuando han exigido su extinción.
 
Mal señores de la izquierda moderada o exacerbada, ya no se sabe; el Pacto por México no necesita nutrirse de resentimientos que reclaman la sangre de la traidora; es más moderno en su esencia revolucionaria, la que ustedes han extraviado en el mesianismo populista, la corrupción y en la fractura interna.
 
Mal por los priistas, por aquellos que insisten en trastabillar en la engreída supremacía que añoran de otras glorias pretéritas, que ya se ve, ponen al Presidente, salido de sus filas, en serios aprietos de credibilidad frente a los pactantes y peor, frente a los ciudadanos. La lección es sostener las mayorías, que aunque relativas, se han ganado con el voto de confianza o con el beneficio de la duda, pero están ahí, reclamando resultados, nueva actitud; la responsabilidad política e histórica de un nuevo PRI.
 
El Pacto por México demanda nueva conducta, nuevo entendimiento de todos.  Y no hay más camino que la legalidad, la aplicación de la ley y sostener el punto medio, el que siempre asegura la posibilidad de la negociación.
 
Ahora, el Pacto también nos está desafiando a los ciudadanos a modificar nuestras concepciones verticales, arbitrarias, autoritarias, corruptas, ilegales, omisas y arrogantes; nos está exigiendo que lo alimentemos con actitud propositiva, apegada a derecho, conciliatoria; nos está gritando que nos revisemos en el actuar cotidiano. Para exigir a otros, tenemos que empezar por nosotros.
 
El Pacto y la Presidencia Democrática no son propuestas de un hombre ni de un partido. No. Son las vías que ellos han tenido que edificar, porque se los hemos reclamado nosotros y que también, debemos mejorar, para que este país salga adelante. Por esto, es imprescindible blindar al gran acuerdo nacional, acorazarlo de nosotros mismos y de nuestra necedad por hacer las cosas, por consentir y concebir a la política y a la lucha por el poder, como antes, como siempre.
 
Transformar a México, es una idea abstracta que cobra vida, respira y se demuestra también, en cada acción de los mexicanos. Nosotros somos el país. Cambiarlo, está en nosotros.
 
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