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Columnas y artículos de opinión

Vencidas “alaturka”

Hemisferios

Por: Rebeca Ramos Rella

10/06/2013

alcalorpolitico.com

Nos puede parecer muy distante. Hay 12 mil kilómetros, tres mares, un océano, entre México y Turquía. Pero existen varios paralelismos: ambos países son considerados hoy, como potencias regionales en crecimiento económico; quizás les llevamos una buena ventaja en desarrollo político y democrático, pero ambas naciones son orgullosas de sus tradiciones; de su vasto Patrimonio cultural, histórico y artístico; pese a ser repúblicas, nosotros laica, ellos secular y en proceso de construcción de su primera Constitución civil, México y Turquía, están en medio de dos mundos distintos; a los dos pertenecen y de los dos se enriquecen sus sociedades. México es Norteamérica y también Latinoamérica, con toda la carga histórica de divergencias y Turquía, vive entre dos continentes, dos visiones, en casos contrapuestas: entre Asia central y Europa; entre el Occidente liberal y el Medio Oriente, musulmán, religioso y muy conflictivo.
 
Hasta hace muy poco Turquía se había erigido como el modelo político, social y económico a considerar por los países musulmanes, recientemente liberados de sus dictadores opresores y  corruptos. Cuando sonaron las campanas de las revueltas árabes en Túnez, Egipto, Yemen, Libia, Jordania un tanto y aún en la ensangrentada Siria, Occidente miró a Turquía como el referente ejemplar de la coexistencia entre una nación de mayoría islámica moderada, secular, con tolerancia religiosa, con su determinación a acelerar su crecimiento y su inserción en el destino de las potencias emergentes, democráticas y respetuosas de la legalidad. Nunca dudó Obama en llamar al Primer Ministro turco, su gran aliado, en aquella región incendiada por los intereses estratégicos y de seguridad de los supremos árabes petroleros, algunos, los socios y otros, los enemigos de Washington.
 
Para la Casa Blanca, Turquía se volvió el fiel de la balanza en Medio Oriente, el conciliador, el interlocutor a modo, frente al engreído Irán, al revuelto Irak, a la Siria destruida y confrontada y de cara al eterno dolor de cabeza entre Israel y Palestina y aún contra los brazos armados radicales, el libanés Hezbollah y el palestino Hamas. Sólo una mancha ensombreció la neutralidad turca aparente con Israel, cuando el ejército judío hundió y asesinó una misión humanitaria turca, que llegó a Gaza para suministrar ayuda, a un pueblo saqueado y sometido por el gobierno de Tel Aviv. Pero no pasó a más.
 
En los últimos casi dos años, Turquía ha consolidado su rol indispensable en la geopolítica de la región, debido a la intensificación de la violencia por la guerra civil en Siria, problema al que nadie le ha querido entrar. Ha sido la frontera de Turquía, una vía de sobrevivencia para más de 300 mil sirios refugiados del horror de la guerra sin fin y Washington ha tenido que apoyar a su aliado, para sostener la dignidad de esas familias exiliadas sin esperanzas. Este fue el tema central de la visita de Estado que hace poco realizó el Premier turco a la Casa Blanca, en la que se habló de más comercio, más intercambios y más inversiones; Obama elogió las reformas turcas logradas en los 10 años del Gobierno del Partido de la Justicia y del Desarrollo, creación del Premier Recep Tayyip Erdoğan, un islamista moderado, pero sobre todo, se abundó en los temas de seguridad regional.
 
Hoy la historia ha cambiado. La mitad del pueblo turco ha revelado al mundo su descontento.
 
Estambul, antes Constantinopla, antes Bizancio, una bellísima ciudad-puerto de posición geoestratégica milenaria, ha vuelto a ser el centro de atención mundial y no precisamente por su excelso Patrimonio histórico, cultural y artístico ancestral; o por su protagonismo sustancial como la entrada y la salida, obligadas del Mar Negro al Mediterráneo y viceversa.
 
Desde esta tierra antiquísima, Estambul, nos llegan noticias e imágenes de genuina expresión democrática.  En el inicio, en su mayoría jóvenes y estudiantes, ambientalistas organizados, artistas, espontáneamente se organizaron y protestaron, pacíficamente, contra un proyecto urbanístico, que va a modificar para siempre, el corazón de Estambul, la emblemática Plaza Taksim –la Plaza de la “Improvisación”, es decir, donde cada quien puede actuar con plena libertad-, que alberga uno de los pocos pulmones verdes que sobreviven la modernidad y la antigüedad de Estambul: el Parque Gezi –el Parque de” Los Paseos”-.
 
Ya desde noviembre pasado, la Alcaldía de Estambul había presentado el dichoso proyecto de modificación de la Plaza y del Parque, aduciendo cumplir con un compromiso de campaña del hoy Premier turco. Pero nadie aconsejó a los gobernantes, que un espacio tan representativo y aquilatado por el pueblo turco, forzosamente requería de consensos para su renovación.
 
Desde que despegó el proceso de transición que ha vivido Turquía para convertirse en una república democrática y semipresidencial, la Plaza Taksim se definió como su símbolo distintivo; un epicentro de cultura, de expresión social, de reunión y convivencia. Es similar a nuestro Zócalo, la Plaza de la Constitución y el Parque Gezi, a nuestra Alameda Central. En los 30’s, se decidió construirla sobre el Antiguo Cuartel del Imperio Otomano en desuso, que fue demolido y dio paso a un pequeño bosque y al Centro Cultural Atatürk.
 
Analizan los turcos, que este sitio, la Plaza Taksim, en el proceso histórico moderno de Turquía, delineó su propia identidad como un ícono del desarrollo y del predominio político, ideológico  y social. Por su valor histórico y comunitario, los líderes y gobernantes turcos han intentado imprimir su sello personal, en este espacio público, que alberga el espíritu de la nueva Turquía, hoy el sexto destino turístico mundial, una potencia regional económica y política, como México; un aliado indispensable y estratégico de Occidente, dentro del polvorín de Medio Oriente y una nación que aspira y camina seguro, para lograr ingresar con plenos derechos, como miembro de la Unión Europea.
 
Cuando fue Alcalde no pudo, como deseaba, edificar una Mezquita en el Parque Gezi, pero ahora, como Primer Ministro, el amigo de Obama, Recep Tayyip Erdoğan, se propuso modificar el rostro de la Plaza y del Parque, reconciliar la historia y reconstruir el Antiguo Cuartel.
 
Al principio se habló de erigir un gran centro comercial y hoteles; ahora, en un sesgo, las autoridades han anunciado la edificación de un Centro Cultural y más espacios verdes, “mejores a los que tenemos” ha insistido el Primer Ministro. Pero el descontento social arreció cuando ambientalistas organizados, estudiantes, artistas, intelectuales, se plantaron en el Parque y detuvieron el derribo de los escasos sobrevivientes, 563 árboles del Parque Gezi, muchos de los que cuales, fueron sembrados ahí, hace 70 años.
 
En signo de resistencia civil, los hoy sarcásticamente autodenominados “chapullers” -anglicismo de la palabra turca “capulçu” que significa malvivientes, maleantes, como los descalificó el Primer Ministro-, se sentaron en el césped y resguardaron los árboles. Usaron las redes sociales para generar apoyo y se coordinaron en lo que hoy se conoce como la “Plataforma Solidaria de Taksim”.
 
Al cuarto día, el Gobierno y las autoridades locales, decidieron echar mano de la fuerza pública para desalojarlos del Parque y poder avanzar en las obras. Y ahí, en ese instante,  la opción del diálogo estaba perdida; todo cambió, para mal.
 
Como aquí en México jamás pasaría, para dispersar a los inconformes, la policía turca usó gases lacrimógenos, macanazos, disparos de agua a presión y balas de goma, contra el plantón. Se armó el zafarrancho, las golpizas, las detenciones, la crisis. La agresión brutal imperó y también la violación de los derechos humanos, ante el abuso de las fuerzas del “orden”, como lo denunció Amnistía Internacional y el propio Comisionado de la Unión Europea.
 
Este fue el error que como bola de nieve, creció en los siguientes días, en una escalada violenta, gobierno contra ciudadanos, que en principio pacíficamente se organizaron para preservar los espacios verdes del Parque, pero que después, levantaron barricadas, guardias, ayuda, vía redes sociales. Tomaron el Parque Gezi, que hasta hoy es territorio autónomo, tierra libre donde la solidaridad, la música, la mofa y el repudio contra el discurso imperativo del Primer Ministro, gobiernan.
 
Desde el 28 de mayo pasado, el Parque Gezi se ha convertido en un campamento donde hoy hay clases de danza, talleres de estudio y lectura, sesiones de yoga; se preparan alimentos y se monta una guardia las 24 horas; se venden artesanías y máscaras y todos saludan con la “V” de la venganza, de la vida o de la victoria. En un solo baño, hay cientos de cables y multi-contactos para cargar los teléfonos celulares, ipads y laps, que son las armas de difusión y respaldo de los “chapullers”, para dar a conocer sus posturas, sus pronunciamientos y los eventos y operativos en el Parque.
 
El twitter, el Facebook y otras redes sociales se han vuelto la maldición para Erdoğan, quien las calificó como “la plaga, la peor amenaza para la sociedad”. Una muestra: tan sólo el día 3 de junio, cuando la policía irrumpió y batió con agua y gas a los manifestantes, se generaron más de 2 millones de tweets. En el desarrollo de las protestas, ha sido tan impresionante la rapidez de las redes y a la vez tan temida, que en los últimos días, en un gesto de total arbitrariedad, el gobierno ha encarcelado a supuestos instigadores de disturbios, sólo por sus redacciones en twitter. La autoridad pisa el fascismo.
 
El rescate de los árboles del Gezi  ha sido la flama para acelerar un incendio que ha llegado a exigir la renuncia del Primer Ministro; a sobredimensionarlo  y a gritarle “Führer islámico”;  a señalarlo como un gobernante intolerante, despótico y soberbio que quiere destruir un lugar que es de todos los turcos y no de él y quien para unos, pretende imponer una vida más apegada al Corán que a la democracia, pues en últimas fechas, ha impulsado leyes a favor de la educación básica islamista y más penalizaciones contra el consumo de alcohol –el Parlamento aprobó una ley que prohíbe vender y alcohol de las 10 pm a las 6 am y también la publicidad-, lo que además ha creado protestas de los empresarios del sector turismo. Pero el Premier ha aconsejado a su pueblo, mejor beber en su casa.
 
Con todo análisis objetivo, la reacción del Primer Ministro, ante un conflicto social que ha crecido y le ha ganado espacios y apoyos, es contradictoria a lo que ha logrado. Es el mismo hombre que desde la legitimidad de las urnas, en 10 años de gobierno, ha sido exitoso en transformar la economía y la geopolítica de Turquía y posicionarla, como el punto de equilibrio entre el mundo musulmán y el mundo occidental. Turquía, está rodeada de muerte, sangre, rencor, odio y peligro: Siria, Irán, Irak, Líbano, Israel, Palestina, por un lado y por otro, por los jaloneos entre los hegemones Rusia, Estados Unidos, Unión Europea, China. Turquía y su líder, que ganó las elecciones con más del 50% de votos, han sabido aprovechar su presencia atemperada y cada vez más moderna, para granjearse de beneficios y aliados y acelerar su propósito final: ser miembro de la Unión Europea, ampliamente reconocido  por su predominio económico y su vocación democrática.
 
Pero ha desestimado el saldo de la mayor protesta civil contra su gobierno y el exceso violento de la policía. Hasta ahora van 3 muertos y más de un mil 500 heridos, -aunque se habla de más de 4 mil- otros tantos detenidos, pues “la revolución”, ya estalló en Ankara, en Izmir y otras ciudades, donde la policía ha sido peor de agresiva. Lo desgracia es que las posturas están más polarizadas.
 
El Primer Ministro ha descalificado a las multitudes; ha denunciado infiltración extranjera en el movimiento social que ya está más politizado. Los sindicatos y partidos de oposición han sacado raja de la coyuntura, pues se avecinan elecciones en 2014.
Ciertamente, no sería sorpresa que grupos islamistas extremistas, más allá de las fronteras turcas, estén azuzando la radicalización de las protestas. Por eso, Erdoğan se sostiene: habrá proyecto urbano, no hay reversa. Y ha sentenciado que la paciencia tiene un límite.
 
Pese a disculpas por la arbitrariedad policial, que reconoció el Viceprimer Ministro Bülent Arınç y del discurso conciliador del Presidente turco Abdullah Gül, el Primer Ministro no cede. Erdoğan ha optado por demostrar su músculo político y social. Congregó a más de 10 mil en el aeropuerto para recibirlo de una gira por el norte de África; ha convocado a reunión general en su partido que acordó celebrar dos mítines multitudinarios en Ankara y en Estambul para esta semana, en señal de apoyo total a sus decisiones. Ha recurrido al discurso de advertencia, con una sintaxis de lamentables frases despóticas: “¿Cómo pueden atacar a mi policía? Hay aquellos que están del lado de los que juran contra el Primer Ministro de este país. Vamos a mostrar paciencia, pero tiene un límite. Aquellos que se esconden detrás de los manifestantes deben aprender primero política” (…) “si tienen un problema pueden escoger a sus representantes y pedirles que intercedan ante mi alcalde, mi gobernador o conmigo. Pero si continúan esto así, me veré obligado a hablar en un lenguaje que entenderán y responderemos en consecuencia”. Para cerrar, en diversas concentraciones con sus partidarios en otras ciudades, llamó a los inconformes a mejor expresarse en las urnas, que en las calles: “En siete meses ahí nos veremos las caras”, les espetó.
 
En definitiva, aquí no hay propuesta conciliatoria, ni mesas de diálogo, ni de negociación. El Premier está entercado en que hará sus remodelaciones y que los que están en contra, se tienen que ir a sus casas. Dista mucho de una actitud democrática, tolerante  y sabia, como lo sugirió el Comisionado de la Unión Europea, cuando salieron chispas de su encuentro bilateral reciente.
 
En la reflexión, estamos observando un fenómeno social, que inició con una muestra de real conciencia ambientalista, espontánea y genuina. Turquía es uno delos países que más está resintiendo el cambio climático y la sociedad civil está asumiendo un papel de mayor responsabilidad y acción para preservar y proteger los recursos naturales. Es válida la causa. Sin embargo, la respuesta institucional deleznable a una protesta pacífica, empeoró el descontento que tiempo atrás, la nación turca ha acumulado. El Parque Gezi ha sido el catalizador de ese repudio. Ha sido el pivote que desencadenó una oleada de protestas y el movimiento social que ha engrosado al discurso de las fuerzas de oposición y de sindicatos, a líderes y a enemigos, internos y foráneos, que han llevado agua a su molino, contra el Premier y en vista del proceso electoral venidero.
 
La postura cerrada y desafiante del Primer Ministro, alejada de lo que su Viceprimer Ministro y el Presidente han externado, está profundizando la división y la confrontación social. En vez de dialogar, conciliar y unir, está expandiendo la grieta entre los unos contra los suyos. Está engendrando resentimiento y se está ganando la reprobación del orbe que hasta ahora, ha sido cuidadoso, medroso con llamados lánguidos al compromiso de los oficiales y policías de terminar con la violencia contra los indignados. Hasta ahí.
 
Y tampoco cederán los “chapullers” turcos. Ellos no se levantarán ni abandonarán el Parque Gezi, hasta que sus demandas no sean satisfechas. Quieren que se les escuche, que se les tome en cuenta; que no se haga ninguna obra en el Parque, ni se derriben árboles; exigen que el Centro Cultural Atatürk no sea demolido, no quieren ahí ningún Teatro de Ópera; demandan que los oficiales y servidores públicos que dirigieron la violencia contra los inconformes, sean investigados y removidos de sus cargos -los Gobernadores  y los jefes de la policía de Estambul, Ankara y Hatay-; reclaman la prohibición del uso de gas lacrimógeno y otros materiales; la liberación de los apresados y la garantía de que no serán procesados y la eliminación de todas las barreras legales que impidan el libre ejercicio del derecho de asamblea, como el 1 de Mayo y, de libre expresión, en la Plaza Taksim y en Ankara, de la plaza Kızılay.
 
 
Los grandes ausentes en esta disputa que para unos, ya raya en una “Primavera Turca”, es el diálogo, la negociación, la prudencia, la política que equilibre y de nivel.
 
Tan justificable la causa ambientalista y a favor de la cultura sustentable de los protestantes, como el llamado al orden y a la legalidad del gobierno, ya que en la confusión y violencia, de hecho ha habido saqueos y otros abusos, como los han denunciado las organizaciones de mujeres, que siendo igualmente protagonistas en este movimiento, también han hallado una tribuna para denunciar al mundo, la discriminación, el acoso, la desigualdad, la violencia  y el sexismo contra ellas y sus derechos humanos, tanto en su vida cotidiana, como por parte de policías y de sus propios compañeros de causa.
 
Tan nefasta la violencia desatada por la severidad policial; como la cerrazón en las posturas que hoy, se ven y se oyen, irreconciliables.
 
El Parque Gezi , como la Plaza Taksim son del pueblo turco; representan el emblema de sus libertades y de sus derechos fundamentales y humanos.
 
Turquía hoy, está en crisis. Vive el peligroso juego de valientes, que sólo ensombrece el destino de toda una región marcada por la contradicción entre progreso y democracia, frente al conservadurismo religioso que pareciera asentarse en el autoritarismo.
 
Ojalá se teja la reconciliación, permee la sensatez y se anteponga la visión de Estado, para no arruinar los logros que Turquía ya ha alcanzado.
 
Ya lo avizoraron los expertos: la economía no anda bien; las exportaciones han bajado en los últimos 6 meses y en el contexto, dependerá su recuperación del mercado interno y de la confianza de empresarios.
 
Turquía recibe más de dos tercios de sus ingresos por concepto del turismo, que aumenta entre junio y octubre; recursos sustanciales para aliviar la cuenta corriente, tan vulnerable en el país. Sentencian que  la normalización de la situación económica y política, está en las manos del Primer Ministro. Pero, como ya vemos, está empecinado en las vencidas muy “Alaturka”, una prueba de fuerza muy popular por allá también, pero que esta vez, puede romper algo más que una mesa o algunos huesos; puede costarle la estabilidad, la seguridad  y la prosperidad de su nación.
 
 
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