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Columnas y artículos de opinión

México y Turquía: responsabilidad global

Hemisferios

Por: Rebeca Ramos Rella

25/08/2014

alcalorpolitico.com

Política Exterior activa. En abril pasado, en el Castillo de Chapultepec, la Cancillería mexicana fue anfitriona de la primera reunión de los Ministros de Relaciones Exteriores de los países que integran el grupo de los MIKTA –México, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Australia- cónclave que ellos llamaron “Retiro” y que tuvo como propósito encaminar una alianza conjunta para abordar diversos temas y asuntos que interesan y los identifican. Pretendieron consensar medidas a favor de la urgente reforma que requiere el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; cambios de fondo que actualicen, democraticen y tornen más representativo a un órgano vertical y anacrónico, que simplemente ya no resuelve tal como está; también conversaron sobre ciberseguridad, cambio climático, derechos humanos y migración.
 
Fue una reunión de alto nivel para avanzar en las negociaciones y acuerdos hacia mayor cooperación, comercio, intercambios y fortalecimiento de tratados bilaterales, que ya se han firmado y necesitan refuerzo y de los que están en proceso. El Secretario de Relaciones Exteriores Meade amarró la disposición de todos, que en viajes y encuentros anteriores, ha sabido tejer el Presidente Peña, con los líderes de estas naciones.
 
El primer acuerdo fue reunirse por lo menos tres veces al año. Lo interesante de este “espacio de diálogo informal”, como quieren autodenominarse, más que como un bloque económico, es la aspiración de ser genuinos actores con voz, voto y peso político, en el debate de los grandes temas y flagelos que afectan y retan al globo. De manera que los MIKTA sacan la cabeza como las potencias medias que son y que, además de su avanzada y en casos, consolidada economía nacional, como es el caso de Australia, apuntalan su tradición diplomática; su arbitraje pacifista y su criterio que suele ser considerado en el orbe, como puentes que vinculan el diálogo regional en caso de conflictos.
 
Así que el perfil de los MIKTA, independientemente del mutuo aprovechamiento de bienes, productos, servicios, inversiones, turismo, colaboración en diversos rubros, es la política de alto nivel, es el frente común en los foros mundiales; es la plataforma de concertación idónea, que hace contrapeso a las superpotencias -a sus intereses y acciones- y que puede operar en conjunto, como legítimo y respetado actor neutral.
 
Los expertos llaman a este formato de alianza, Club de Gobernanza que hoy, frente a la escasa, nula y muy deslegitimada capacidad de operación y de resultados para mantener la paz, la seguridad y la respetuosa convivencia global, las metas que pretextan la existencia de los organismos multilaterales –dígase Naciones Unidas- para prevenir, conciliar y resolver confrontaciones, guerras y excesos, se convierte en un instrumento diplomático, para por lo menos, generar condiciones que sientan a debatir a las partes en conflicto; que permiten iniciar conversaciones y plantear acuerdos, acciones y lograr compromisos.
 
Así los MIKTA se posicionan como un foro de aliento y de tregua, con avances parciales, que en tiempos violentos, como los que se viven, son el punto de luz en el denso y ennegrecido túnel.
 
En este contexto es que vemos, leemos y escuchamos que México, desde la Cancillería, intensifica pronunciamientos más frecuentes sobre los flagelos y eventos, que acosan a la humanidad en varias regiones del planeta. El dinamismo que ha retomado la Política Exterior mexicana, al marcar posicionamientos; externar preocupación, solidaridad y plantear recomendaciones por cuanto suceso en el orbe, tiene que ver con lo que el Presidente Peña define como tornar a México en “un actor con responsabilidad global”. Es esta postura proactiva la que Peña demuestra en sus visitas de Estado y en la apertura y resurrección de relaciones bilaterales con países anteriormente omitidos en la agenda internacional.
 
Y uno de los países aliados del Club de Gobernanza de los MIKTA, con el que México afortunadamente ha restaurado una relación bilateral, antes olvidada inexplicablemente, es Turquía, hoy uno de los actores regionales más preponderantes, precisamente por su condición de intermediario estratégico en el mundo musulmán; en Medio Oriente y en Asia Central y además porque es considerado como un potencial socio comercial, de inversiones, turismo y servicios, muy atractivo para México.
 
Desde mi perspectiva y sin demeritar a los demás, México y Turquía lideran políticamente y en el orbe, el Club de los MIKTA.
 
En el análisis geoestratégico, nuestras dos naciones permanecen proactivas y fundamentales en operación, dentro de los grandes temas y confrontaciones, que desvelan al planeta. Por eso considero que echarle un vistazo a lo que en aquella milenaria tierra sucede, conocerla más a fondo, monitorear su desarrollo político, social, económico y cultural, no sólo es interesante, sino indispensable para la estrategia de acercamiento y asociación que labra el gobierno de México.
 
Turquía puede estar muy lejos de nuestra inmediatez, pero en mediano y largo plazo, acorde a la visión de la política prospectiva, será un socio económico muy importante para México y ambos, seremos aliados en cuestiones de geopolítica. Más. México puede ser un excelente interlocutor en la relación bilateral de crestas y valles que Turquía sostiene con Estados Unidos. Veamos los fundamentos de esta proyección.
 
Cercada por conflictos, guerras, desavenencias sanguinarias, Turquía vive este 2014 unas de las grandes transformaciones de su historia desde que se fundó como República en 1923. Y como en todo proceso democrático y de apertura económica, en el que la relativamente joven República transita, abundan las contradicciones, los ajustes y las complicaciones, tanto a nivel doméstico, como a nivel de Política Exterior.
 
Vale el análisis y a fondo del pragmatismo político y el manejo liberal de las finanzas nacionales que ejerce el Partido en el poder –el Partido de la Justicia y el Desarrollo, el AKP de orientación de derecha; de Islamismo “moderado”, que fundó hace 12 años el ex Primer Ministro y ya Presidente electo, Recep Tayyip Erdoğan y que bien podría denominarse “partido hegemónico”-, como ciertas regresiones y tentaciones riesgosamente “otomanas”, es decir conservadoras y otras, revisionistas, que han pretendido revertir el legado de Mustafá Kemal “Atatürk” -el padre de los turcos-.
 
En estos vaivenes entre el pasado otomano, el republicano de Atatürk y las nuevas posturas del partido gobernante y sus líderes, que abanderan en lo social, en la educación, en los derechos humanos y en los derechos de las mujeres, por citar los rubros más sobresalientes, es que los turcos están buscando su autodeterminación.
 
La queja de la mitad de la sociedad turca moderna es contra decisiones legislativas y el uso del discurso ortodoxo, que regresa a etapas superadas y que tienen que ver con el rol y los derechos fundamentales de las turcas: como la abolición de la prohibición del uso de la mascada en las cabezas de las mujeres; la sugerencia del gobierno a las familias de tener más de 3 hijos; la creación de playas sólo para mujeres; la moral musulmana conservadora en la conducta de las parejas y de las turcas; la crítica y censura a modos de vestir más occidentalizados; la proliferación de escuelas de educación básica islamistas.
 
Algunas posturas gubernamentales, que de este lado nos podrían parecer risibles, absurdas y muy condenables por parte del Estado, allá, son parte del mensaje oficial y de las políticas públicas que impulsa el AKP. Bastan los ejemplos recientes, como las frases desproporcionadas del Viceprimer Ministro que regaña y conmina a las mujeres turcas a no carcajearse fuerte en público o las recomendaciones del Ministerio de Salud a los recién casados de “ser suaves y comprensivos en la noche de bodas” y a ser fieles sexualmente.
 
Por otro lado, contrastando la expansión industrial, la construcción de más centros comerciales, aeropuertos, desarrollos inmobiliarios, que inconforman a los ciudadanos por la destrucción de áreas verdes, cuerpos de agua y de bienes culturales antiquísimos, han proliferado leyes contra el maltrato animal y algunas conservacionistas del medio ambiente, dada la presión social, marchas y manifestaciones.
 
Otro de los rubros en los que el AKP ha mostrado su faz islamista no moderada y total intolerancia es la censura, persecución, encarcelamiento y exigencia de renuncias de algunos miembros de oposición; de los periodistas y opinólogos más críticos a su gobierno y en particular a la figura de Erdoğan. De igual forma, la mano dura y excesiva de los cuerpos policiacos para abatir protestas callejeras y reuniones de ciudadanos, usando gas lacrimógeno y tanquetas de agua, causando heridos y muertos, dado el nivel de violencia, saña y autoritarismo, le han ganado el señalamiento en contra de la Casa Blanca y de la Unión Europea, en su momento.
 
Lo que se reflexiona de estos bandazos del gobierno turco es que está decidido a encumbrar la economía y las finanzas, abriéndose más al exterior; quiere y está logrando modernizar un país que apenas cumplirá sus primeros 100 años como República. El partido y el gobierno que allá son uno, están apuntalando a Turquía como una economía emergente fuerte, a través del férreo control político.
 
Con la proporción guardada, Turquía vive lo que vivimos en México hace unos 50 años. Están transitando por el régimen de partido de Estado o hegemónico, labrando el boom económico, en base a una sólida estructura política partidista vertical y disciplinada, sostenida por la preminencia del líder, del súper Presidente, al que en el apogeo del Suprapresidencialismo le llamamos Tlatoani y que allá bien podría semejarse al neo-otomanismo con una reedición del Sultán. Sería algo así, como el modelo de la democracia imperfecta que hace crecer a un país, sobre el predominio, la intolerancia y la arbitrariedad política, con el ingrediente adicional del orgullo musulmán.
 
En una elección histórica, el pasado 10 de agosto, más de 56 millones de turcos fueron llamados a las urnas, aunque sólo votó el 73% del total del padrón inscrito; pero la novedad fue que por vez primera, el sufragio fue directo. Así los turcos votaron por su doceavo Presidente de la República, en un paso inicial que da continuidad a las reformas constitucionales logradas y que se encamina a modificar el régimen y sistema políticos, que el ya electo mandatario pretende abordar, una vez que gane su Partido la mayoría de curules en el Congreso, en la elección de 2015.
 
Hasta ese momento Turquía habrá tenido un sistema semi-parlamentario y la idea de Erdoğan es instaurar un sistema Presidencialista que lo dotaría a él, por supuesto de más poder, dominio y márgenes de maniobra, muy lejos de la precariedad de mando que hasta ahora ha ostentado la figura del Presidente, como Jefe de Estado, dejando en manos del Primer Ministro, legislador y líder del Partido, las tareas complejas del Jefe de Gobierno.
 
Pese a las expectativas arrasadoras que se pensaban por arriba del 60%, Erdoğan logró el 52% de los votos, mayoría que ya no hizo necesaria la segunda vuelta y pese a que las cifras arrojan el mapa político de una Turquía dividida, sus contrincantes ni juntos, le hubieran arrebatado el triunfo. El más cercano adversario fue el legendario exdirigente de la Organización Islámica de Cooperación Ekmeleddin İhsanoğlu y candidato del Partido Republicano del Pueblo que fue en coalición con el Partido del Movimiento Nacionalista, quien obtuvo el 38.5% de los sufragios.
 
Por el otro lado, el joven y carismático candidato de tendencia de izquierda del Partido Popular Democrático, Selahattin Demirtaş que resultó la revelación del proceso, logró el 9.8% de la votación, considerando que es representante de la minoría étnica kurda, diferencia que allá tiene gran simbolismo, por el eterno conflicto turco-kurdo por falta de reconocimiento, real autonomía, respeto al lenguaje, educación y orientación religiosa de la población kurda en las provincias turcas del norte. Por eso a nadie extrañó que en el juego democrático, esas “distinciones” se usaran como punta de ataques racistas y discriminatorios del candidato oficial y ganador, hacia el liderazgo que generó Demirtaş.
 
La estrategia de Erdoğan para convencer y conquistar simpatías electorales fue el recurso de la oratoria estridente, descalificatoria, cargada de frases polarizadoras entre los “ellos” y los “nosotros”. Ganó la retórica del nacionalismo; de la supremacía turca; del orgullo, la unión y la identidad musulmana y étnica, en lo local y, de defensa, crítica y ataque contra los enemigos del Islamismo en lo internacional, utilizando magistralmente la condición geopolítica de Turquía, el modelo musulmán democrático y de crecimiento emergente, que destaca y que se gana respeto global, a pesar de los excesos regresivos, en el contexto de los conflictos que la rodean y la amenazan: la guerra civil de Siria; la guerra israelí contra Gaza en Palestina y la irrupción del terrorismo del recién instaurado Estado Islámico, que se propaga en la zona.
 
Hace 3 años que la tierra turca es esperanza de vida de más de un millón 200 mil de desplazados y exiliados sirios que habitan en ciudades –algunos en las aceras y camellones- y más de 300 mil que sobreviven en campos de refugiados, edificios públicos abandonados y en albergues. Algunos sirios se han asentado y abierto pequeños negocios, sobre todo en la ciudad de Gaziantep, pero ya surgieron disputas, enfrentamientos, muertos. Hay una ola xenófoba contra ellos. Y siguen huyendo de la guerra en su país a la frontera turca.
 
El Gobierno turco ha gastado 2.6 billones de euros manejando la situación y sólo ha recibido de ayuda internacional 224 millones de euros, por lo que son frecuentes los llamados a la comunidad a enviar recursos para los refugiados. Además es evidente que el Gobierno de Turquía deplora la represión de Al Assad contra su pueblo y ha externado su simpatía por la causa de los rebeldes sirios, apoyándolos con armamento y suministros.
 
En el conflicto palestino-israelí, las relaciones con Tel Aviv han sido tensas. Cuando inició en julio, la ofensiva sangrienta israelí contra Gaza, Turquía estaba en plena campaña presidencial. La condena contra la masacre de civiles y niños palestinos; las denuncias contra la violencia indiscriminada fueron protagonistas en los discursos del candidato oficial hasta el radicalismo y la comparación incómoda del uso israelí de métodos parecidos a los nazifascistas. Erdoğan alentó el sentimiento promusulmán en su campaña y la solidaridad con el pueblo palestino, al tiempo de posicionar a Turquía como un puente de negociación entre Hamas e Israel.
 
Presto, envió a su entonces Ministro de Relaciones Exteriores, Ahmet Davutoğlu, el mismo que visitó México hace unos meses, para dialogar con las partes, en una cuña mediadora con Egipto y el Secretario de Estado de EUA. Pero su tiro al blanco en la retórica fue la barbarie de Israel contra Gaza. Netanyahu enojado, lo acusó de antisemita. No obstante, fue Turquía uno de los actores fundamentales para lograr los intermitentes ceses al fuego y treguas para dar respiro a los palestinos. Y pese a que la guerra sigue y promete, como manoteó Netanyahu, ser larga y cruda, el Gobierno turco ha enviado asistencia humanitaria; ha recibido y atendido a refugiados y heridos y seguramente continuará su gestión concertadora, que le gana peso específico.
 
En este polvorín, Turquía al centro, ahora está amenazada por los yijadistas del Estado Islámico que han establecido un califato al estilo Otomano en Irak. Han tomado ciudades y poblaciones rehenes también en Siria y, han masacrado y crucificado a cristianos y a minorías étnicas kurdas –Yazidis-. Su propósito es unir a los musulmanes del mundo en una Guerra Santa –Yihad- contra Estados Unidos, sus aliados occidentales y por supuesto, contra Israel. Las acciones terroristas y extremistas del Estado Islámico rayaron en el colmo con el asesinato grabado del periodista estadunidense, por lo que Obama ha prometido bombardearlos hasta desaparecerlos. Hoy son la peor amenaza en la región. Han puesto a temblar de miedo a las superpotencias.
 
En territorio turco ya hay indicios de reuniones y de reclutamiento de extremistas. Turquía está en alerta máxima, ante cualquier pretensión de invasión, ataques y estallidos de violencia, al grado de que tanto el Pentágono como la OTAN y la UE, están considerando la intervención militar a otro estrato, en caso de incursión yihadista en Turquía, que con todo y los exabruptos moralistas y ortodoxos del Gobierno y del partido que seguirá en el poder, gracias a la democracia del voto directo, es el aliado estratégico musulmán de Occidente en la región, es la economía emergente más estable y es hoy, la pieza clave en la política de conciliación con los confrontados Siria, Israel, Gaza y en cierta medida frente a la inestabilidad política en Irak, que ocasionó la asunción de los autollamados Estado Islámico, los nuevos enemigos de Estados Unidos y, del mundo.
 
En este escenario, por tanto, no es casualidad que nuestro país esté encaminando un Tratado de Libre Comercio con la tierra turca. Como ya lo he escrito aquí anteriormente, las similitudes nos acercan. Ambos, somos países bisagra por nuestra posición geográfica entre dos “mundos” distintos; nosotros a mitad del Continente, entre el norte poderoso y crecido de EUA y Canadá y, el sur emergente, dígase Brasil, Colombia, Chile, Argentina, y en desarrollo el resto, con toda la contraposición cultural e histórica, nos sitúa geoestratégicos en lo político y en lo económico.
 
En tanto ellos, los turcos viven entre dos Continentes, Europa y Asia central, que ensancha su capacidad de enormes flujos de comercio, energéticos e inversiones con Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Irán, Rusia, Ucrania, Bulgaria, Grecia, Siria, Irak y Alemania y en la búsqueda frenética, llevan años esperando que la Unión Europea por fin se decida a reconocerlos, como miembros con plenos derechos dentro de la mancomunidad. Y no sería extraño que el peligro de la proliferación de yijadistas acelerara su membresía.
 
Tras 86 años de relación diplomática, la realidad es que apenas ha sido el Presidente Peña y su visión geopolítica la que ha abonado para reactivarla y romper distancias a partir de intereses y principios comunes. Así el TLC con Turquía lleva mano en la proliferación de más negocios, inversiones, turismo y por supuesto, de alineación en la agenda global dentro de los organismos internacionales como el G20, OCDE, OMC, donde ambas naciones poseen estatus de portavoces de las economías emergentes y de mediadores políticos.
 
Las perspectivas del acuerdo comercial que avanza en negociaciones son óptimas para los dos: el mercado común abarcaría a casi 200 millones de habitantes. México se beneficiaría de acceder en productos, bienes y servicios a tres continentes, mientras que para ellos la puerta abierta de México, le ganaría entrar a Latinoamérica y acercarse a los 45 países con quienes México tiene firmado un TLC.
 
Los beneficios mutuos garantizan una decisión muy ingeniosa para asociarse. Si bien para Turquía su prioridad es conquistar a la UE, la expansión económica que vive hace más de 12 años y el miedo de las potencias europeas a la entrada del que sería el mercado más grande y el único musulmán de sus asociados, con casi 80 millones de habitantes, obligan a buscar otros mercados y alianzas. Y México es una excelente opción.
 
Para nosotros es la diversificación económica y comercial que trasciende litorales; es la opción para llegar a tierras lejanas. El sector automotriz de los dos lados mejoraría en exportaciones y el intercambio en el aeroespacial; también en electrodomésticos, en telecomunicaciones, en tecnologías de la información, energías renovables y en el sector agroalimentario.
 
Para octubre próximo se ha fijado la segunda ronda de negociaciones y para el 2015, se perfila que dentro de la celebración del 150 aniversario del inicio de contactos diplomáticos, con la instalación de una Comisión binacional, es muy probable que el TLC con Turquía ya esté más amarrado.
 
Por estas razones y por el horizonte que perfilan es que estar atentos a los acontecimientos que se están gestando, dentro y alrededor de aquel bello país, es importante. De entrada, ya se construyó un lazo más robusto con la visita de Peña a Turquía en diciembre pasado y en abril, con la reunión entre Cancilleres a la que asistió el entonces ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Ahmet Davutoğlu, quien hoy es de facto y por decisión de Erdoğan su sucesor y con el apoyo del partido, el nuevo Primer Ministro. Ambos tomarán posesión el 28 de agosto, ceremonia histórica a la que acudirán más de 40 mandatarios.
 
La dupla refleja las prioridades de la nueva Turquía que Erdoğan se ha propuesto fortificar. Poder político concentrado en su liderazgo, sin sombras, en lo interno y, activismo y presencia indispensable como actor preponderante en lo global, que Occidente habrá de respetar y respaldar por cuestiones de interés y seguridad, internacionales.
 
En este escenario complicado de la geopolítica, el Presidente Peña está vislumbrando cómo, cuándo, con quién y por dónde, posicionar más a México, en un rol político mucho más dinámico y participativo en las grandes decisiones y negociaciones que afectan al mundo y que repercuten en México.
 
Aliarse con Turquía, estrechar intercambios y comunicación desde el MIKTA, aunque para muchos pareciera tema distante, en estos tiempos, es una jugada inteligente en el tablero, que ciertamente merece remarcarse de la Política Exterior que el Presidente Peña está empujando. México no puede estar aislado ni al margen de lo que pasa en el orbe. Esta es la responsabilidad global que a todos compromete.
 
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