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Columnas y artículos de opinión

Maestro Arnulfo Pérez Rivera (II)

Por: Guillermo H. Zúñiga Martínez

04/04/2015

alcalorpolitico.com

El otro texto sobre el maestro Pérez Rivera es el siguiente: “Viene a mi memoria una llamada que recibí en la casa de mis padres, al teléfono 74620, en el mes de diciembre de 1967; contesté a Jorge Zambrano, colaborador del señor Francisco Lanz Duret Valdés, en esa época dirigente del periódico El Universal y Universal Gráfico. Lo había conocido en Panamá, país en el que se desarrolló el Concurso Internacional de Oratoria organizado por ese medio informativo, que seguía la tradición de iniciara desde el año de 1926. Le expresé a Jorge que estaba atento a sus palabras, fue cuando me informó que el señor Lanz Duret deseaba saber si aceptaba ser su Secretario en la responsabilidad que ejercía en el diario fundado por Félix Palavicini y su abuelo. La verdad, le solicité unos días y que me diera la oportunidad de hacer algunas consultas para organizar mis actividades profesionales en Xalapa. En ese mismo mes de diciembre, contando con la orientación de mi hermano Rafael, me trasladé a la ciudad de México para la entrevista con el personaje que he mencionado con respeto y gratitud. Me preguntó si estaba de acuerdo en colaborar y le dije que sí, por lo que me dio posesión como Jefe de las Páginas Editoriales de ese rotativo.
 
Empecé a trabajar con entusiasmo y en esos días recibí una carta que aún guardo en mis archivos, la firmaba el maestro Arnulfo Pérez Rivera. La leí con atención y calma, su mensaje era muy elocuente, me decía que le interesaba que regresara a mi tierra para que asumiera la Secretaría de la Escuela Normal Veracruzana. Transcurría el año de 1968, período bastante difícil para el país. Mi caso era complicado porque yo había empezado mis actividades con base en la firma de un contrato, lo cual me obligó a contestar la misiva haciéndole saber mi parecer. Lo que deseo destacar es el gesto bondadoso del mentor que quiso honrarme con un cargo anhelado para cualquier normalista. Esa actitud siempre la recuerdo y me llena de satisfacción.
 
“Cuando regresé a Veracruz lo hice lleno de orgullo porque volví al lado de un político extraordinario, Don Rafael Hernández Ochoa, y lo hice en calidad de Secretario Particular de tan fino y destacado candidato a la gubernatura del Estado. Cuando cerró su campaña en el mes de agosto de 1974, lo acompañé a México, con el mismo cargo, y en el mes de noviembre de ese mismo año me preguntó si deseaba participar con él en el Gobierno que estaba a punto de encabezar, respondí que sí y me nombró Director General de Educación Popular. En este cargo volví a encontrar al profesor Pérez Rivera; le pedía consejos, orientaciones que aproveché para servir con más eficacia a mis compañeros de trabajo. Un día platiqué con el educador de Plan de las Hayas y le hice saber que me gustaría mucho que él aceptara un cargo que honrara al magisterio y a la propia dependencia y me preguntó qué pensaba y se lo dije: “Maestro, le suplico que acepte ser Presidente del Consejo Estatal Técnico de Educación”. Él de inmediato accedió, lo cual nos permitió trabajar juntos para persuadir de esa necesidad a quienes deberían formar parte de tan importante Organismo. Fue una labor grata, interesante y trascendente porque el ilustre pedagogo tuvo que relacionarse con las autoridades federales, conocer sus programas de trabajo, sus planes para el futuro y sus ansias por cambiar los fines de la Pedagogía nacional. Esas tareas nos obligaban a viajar al Distrito federal, solicitar entrevistas, encontrar eco en nuestras inquietudes; por mi parte acompañaba gustoso a quien hoy recuerdo con admiración.
 
Hace semanas estuve en su casa, en la calle de Altamirano, en Xalapa. Lo encontré con problemas de salud. Me dijo que pensaba operarse de la columna vertebral, esa era la causa por la cual no se jubilaba como catedrático de la Universidad Veracruzana. Pasaron los días y me enteré que la operación había sido un éxito, pero a los pocos días lo sorprendió otro mal que no pudo resistir y dejó de respirar y convivir; un forjador de muchas generaciones.
 
“Su vida fue aliento, sus palabras mensajes que buscaban caminos de creación, su vida ejemplo de trabajo, entrega y limpieza. Esos términos fueron su inspiración, se ligaba a su familia, a sus amigos y a sus Discípulos”.
 
Evoco hoy la memoria del maestro Arnulfo Pérez Rivera, para reiterar que merece un reconocimiento estatal, por los beneficios que prodigó a la sociedad y de manera puntual a la juventud estudiosa, porque supo ser maestro ilustre, funcionario íntegro y hombre leal y honesto.
 
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