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Columnas y artículos de opinión

Papa grillo; la santa diplomacia

Hemisferios

Por: Rebeca Ramos Rella

29/06/2015

alcalorpolitico.com

Recuerdo muy bien la impresión que me dio toda esa fastuosidad, riqueza, belleza. Tanta que deslumbraba y al mismo tiempo, me parecía ofensiva. Grotesca muestra del poder de la manipulación de conciencias; evidencia del tributo milenario a esta institución que precisamente por el dominio político, económico, moral que ostenta tanto como sus tesoros, se sigue sosteniendo hasta el día de hoy como el símbolo del mando de facto que aplica, propaga; usa y abusa en los pueblos creyentes católicos del mundo.
 
Aquella visita marcó mi opinión y perspectiva sobre el alcance de la estructura eclesiástica en el orbe. Con tan sólo uno de los innumerables regalos ofrecidos a los Pontífices a través de los siglos, podría resolverse el hambre en el mundo; la desolación, la desnutrición, las desigualdades que padecen millones de niños, mujeres y ancianos en el mundo. Con la venta, subasta, donación de aquella reproducción a escala de la Plaza de San Pedro, exquisitamente labrada en marfil con piedras preciosas incrustadas, que asombraba a los visitantes, estoy segura, comerían dos generaciones de pobres famélicos en todo el planeta.
 
Hay que mirar y detenerse a reflexionar bien todo el Museo del Vaticano para maravillarse de la enorme incongruencia del credo y de la acción de las sotanas católicas. De la distancia abismal entre lo que dice el Evangelio con respecto a las prácticas de los hombres que encabezan y representan al Estado Vaticano, ciertamente el más próspero, el emblema del poder político vía la oración, y aún, el Estado más pequeño del mundo que controla la fe y las culpas; que administra pecados y absoluciones tanto como los diezmos, las donaciones, los recursos que le generan el temor a los infiernos de mil 254 millones de católicos en todo el mundo.
 
Según sus propias cuentas reportaron en abril de este año, sus creyentes han crecido 12% más que en 2005 y hoy, representan el 17.7% de la población global. De este arsenal de devotos, por continentes, el Americano lidera con 49% de católicos bautizados –cifra que significa el 63% de la población total de América-. Le sigue Europa con 22.9% con 287 millones; África con el 16.4% con 206 millones. En Asia con 10.9%, los católicos son el 3.2% del total poblacional. Oceanía queda lejos de Roma con apenas el o.8%.
 
Registran también que tienen 415 mil 348 sacerdotes en todo el globo: 44.3% en Europa; 29.6% en América; 14.8% en Asia; 10% en África y 1.2% en Oceanía.
 
Nadie les escatima la amplísima base social que poseen. La religión católica es la primera en el orbe y cada quien en ejercicio libre del derecho humano a profesar el credo que le acomode y le inspire, es responsable de su fe y de su miedo; de su devoción y de su aportación.
 
Pero más allá de la palabra santa, el Estado Vaticano, como lo confirma la historia mundial, ha sido un ente robusto de poder político, que ha influido, incidido, provocado y participado activamente en los grandes procesos y cambios históricos de la humanidad.  Y que en un análisis objetivo, desprovista de la subjetividad personal, no pasa la prueba de la coherencia en entre el discurso del púlpito y la acción cotidiana.
 
A dónde quedan la humildad, la modestia, el desinterés, la compasión, la bondad, la honestidad, la igualdad y la justicia que promete el reino de los Cielos, cuando un ente con eminente vocación de poder, olvida lo que pregona.
 
¿A dónde va la fidelidad a los dictados de Dios, que ellos dicen encarnar en esta Tierra cuando por siglos, por lo menos en éste y en el pasado han obstruido la acción de la justicia penal y terrenal contra los monstruos que han violado a niños atrás del altar divino o dentro del confesionario?
 
Nada que ver. Como los políticos, las sotanas se tapan, se defienden, se dispensan y a su manera se “castigan” por sus pecadillos. Ya está visto que los crímenes y atrocidades de la pederastia eclesial contra niños y niñas, confirmados, difundidos, descritos por las víctimas en diversos países, en nada tambalean al poder supremo. Reclusión y oración para los dementes lascivos. Jamás la cárcel; jamás la ley.
 
Hace mucho que esta institución de poder ha debido reformarse, en su función, en su supervivencia. No se puede conquistar a los posibles fieles de hoy ni regresar las ovejas descarriadas al corral, con la misma letanía de hace 50 años o de hace un siglo. Si lo incambiable es el Evangelio, entonces hay que limpiar la casa que lo alberga porque las telecomunicaciones, la desmoralización social y la democracia virtual; la competitividad del Catolicismo ha menguado por otras creencias y ramificaciones y se han abierto las cloacas antiquísimas del Vaticano de las que han sido escupidos muchos demonios sin el disfraz de la pulcritud e integridad que dicen representar y propagar.
 
Como antaño, los Pontífices eran el último aval a los reinados en la vieja Europa, en la historia contemporánea, los Papas han fungido en algún estrato esa dicotomía paradójica que es ser el líder mundial de la fe católica y a la vez, un instrumento con cierta “autoridad moral” o por lo menos, con alguna buena dosis de respetabilidad global para convertirse en mediadores en conflictos internacionales. Si los Papas no ejercieran el oficio político en el orbe, no serían noticia, ni a nadie le interesaría, qué dicen, qué claman, a qué convocan o por dónde viajan.
 
Cierto es que en la retrospectiva el papel de intermediación política internacional fue más visible, en publicidad, con Juan Pablo II, hoy ya canonizado. No es secreto que el primer Pontífice no italiano, tuvo un rol fundamental en la revolución de terciopelo de su natal Polonia, cuando el bloque soviético vivía la Perestroika en los ochentas; que su alianza con el líder obrero polaco Lech Walesa y su amistad con Gorbachov; el respeto de Thatcher y de Reagan, fueron más que un puente sobre aguas turbulentas para que Polonia declarara independencia del superhegemón soviético sin armas, sangre ni muertos. Tampoco olvidemos que el políglota Karol Wojtyla inauguró el inicio del turismo papal mostrando su visión geopolítica en la preservación del mandato divino que usó para combatir tanto al comunismo como a la teología de la liberación. Visitó 129 países en 104 viajes durante su pontificado que aumentó de 84 a 173 el número de países con los que se establecieron o se reeditaron las relaciones diplomáticas, lo que además le brindó un espacio al Estado Vaticano como observador permanente en el seno de foros de organismos internacionales.
 
Este giro inaudito en la historia del desempeño del mandato papal, entronó al Papa polaco viajero como uno de los líderes políticos más influyentes en el siglo XX y podemos afirmar, ha sido la base del oficio político y religioso del Papa Francisco que sigue rompiendo reglas, barriendo a conciencia en casa y quitando las telarañas momificadas de las catacumbas del Vaticano.
Al Papa Panchito, -así le dicen con cariño los latinos porque al ser argentino y pese a la autodenominación engreída de algunos chés como los “europeos de América” y nada indios-, lo sentimos nuestro, cercano, accesible y nada acartonado. Pero más, conquista su sencillez, su personalidad liviana cuando lo vemos detener el soberbio convoy de Su Santidad en plena carretera despoblada, donde lo esperan enfermos, discapacitados, ancianos, niños y fieles, para bajarse y sonreír; dar la bendición; repasar la frente y la coronilla y hasta darse su tiempo y darlo a los demás, posando gustoso para las selfies.
 
Populismo o neopopulismo papal, dirían los expertos politólogos. Humildad, dirían los religiosos. Pero Panchito hace la diferencia en siglos.
 
Se sale del script; se brinca el protocolo imperial sacrosanto y se vuelve otro ciudadano de la comunidad. Se pone del lado de las personas terrenales, baja de su nube donde por cierto, no le gusta estar y es otro de nosotros los mundanos, con la reserva de que desciende para desde abajo y con su investidura moral, decirles, retarlos, advertirles, señalarles, puntualizarles a los otros poderosos, que hagan mejor su chamba y se dejen de corrupción, guerras, muerte, dolor, ambiciones y cegueras que tienen al mundo entre la sangre, la devastación y la incongruencia.
 
Llama al humanismo y a retomar los principios universales, que la Iglesia que comanda promueve, pero que lo son para todos: Libertad, Paz, Igualdad, Justicia, Honestidad, Solidaridad, Respeto. Nada nuevo en el discurso pontificio pero Panchito lo dice y lo hace. De ahí su trascendencia; las quijadas en el suelo de los tiesos prepotentes y codiciosos del Vaticano; los ojos desorbitados en sorpresa de los gobernantes mundiales.
 
El Papa argentino se atreve a expresar sus ideas y visión del mundo que cree, sería el mejor y al rasgar los estereotipos y las formas empolvadas del Estado Vaticano, piensa y le sale bien la estrategia, ganar más adeptos.
 
Si la elite global lo observa bien, los exhibe muy medianos en sus limitaciones, las que les imponen los intereses políticos, de seguridad, los económicos y los de dominio regional, ideológico y financiero, porque desnuda las contradicciones y la suciedad del ejercicio del poder político del orbe, que dista de resolver para todos, más para unos cuantos.
 
Me sorprende y vale el análisis del activismo político y diplomático del Papa Grillo, -grillísimo diríamos en México-. De lo mucho que se lee sobre sus actividades, remarco en tres cañonazos geopolíticos de Su Santidad.
 
No es secreto que Panchito tejió sus buenas mediaciones para que Estados Unidos y Cuba derritieran el hielo tras 54 años de divorcio; se sentaran a conversar y así dar los primeros pasos, en un largo y rocoso camino hacia el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Un parteaguas histórico, sin duda.
 
Desde enero de 2014, Panchito conoció de la detención de tres agentes cubanos antiterroristas y de Alan Gross contratista en Estados Unidos y ofreció su intermediación ante la Casa Blanca para liberarlos. Las negociaciones discretas continuaron en la Santa Sede durante todo el año. Unos meses antes de frente a Obama en un tête a tête de una hora le dijo “Somos todos americanos y debemos vivir en armonía, respetando las diferencias, pero como amigos y para eso se requiere resolver las diferencias entre su país y Cuba”. Llamado que Obama reconoció el 17 de diciembre pasado cuando anunció formalmente el reinicio del diálogo roto con Cuba y destacó el ejemplo moral de un genuino líder, -el Papa-, que aporta para construir un mundo como debe ser y no aceptarlo como está.
 
Cuba, el último bastión rojo absoluto en el orbe, recluida por un imperialismo yanqui que sólo existe como tal en los kilométricos discursos del dictador Fidel Castro, está de regreso sin el estigma del enemigo, que por lo menos hace más de dos décadas dejó de serlo. Y Obama se lleva el laurel de la historia mundial, con éste, uno de sus escasos logros a través de la Power Intelligent Diplomacy, que comprometió y que por lo menos en el caso cubano, sí ha cumplido, claro, con un poco de ayuda divina.
 
En este escenario, Panchito visitará la isla en septiembre y seguramente en otro face to face, hablará claro con los Castro, como es la expectativa mundial, sobre el tema escabroso del respeto a los derechos humanos y libertades fundamentales, condición indispensable para relanzar las relaciones bilaterales y acabar con el embargo. El Papa, según encuestas, cuenta con 80% de aprobación entre los cubanos que así también opinan de Obama, frente al 47% de respaldo a la dupla de los Castro que fenece arcaica y desfasada en este nuevo proceso sin precedentes. Si logra ablandarlos, despejará aún más el sendero para el pueblo cubano.
 
Otra de las suyas fue el 12 de abril pasado, cuando en una misa el Papa se aventó y con valentía a usar un término difícilmente digerible para el gobierno de Turquía, al aseverar que "la masacre en Armenia sin sentido ocurrida hace 100 años fue el primer genocidio del siglo XX seguida por el nazismo y el estalinismo". El concepto de “genocidio” y la comparativa con las prácticas de exterminio mencionadas, lo pronunció en el contexto de la persecución, humillación y muerte que sufren hoy los cristianos en Medio Oriente por las manos sanguinarias del Estado Islámico; pero insistió en la necesidad de la reconciliación entre Armenia y Turquía que hoy por hoy niega que las muertes de armenios en 1915 –dicen los expertos que fueron un millón y medio de armenios que murieron bajo el dominio de los turcos otomanos- hayan sido un genocidio, definido por el derecho internacional como un crimen de lesa humanidad que reclama reparación.
 
Cabe apuntar que la versión oficial turca sobre las masacres de armenios cristianos entre 1915 y 1917, son consideradas como un “conflicto armado más que provocó la Primera Guerra Mundial, en el que musulmanes también murieron”.
 
Así el Papa no sólo hizo explotar la furia del gobierno turco, que de inmediato llamó a consultas al Embajador del Vaticano en Ankara; que en voz de su Presidente exigió a Panchito retractarse en público de su error a quien de paso criticó y cuestionó severamente. El Presidente Recep Tayyip Erdoğan le espetó al Papa alentar más el clima racista, xenófobo y de aniquilamiento que se vive en la zona; también le recordó su conducta distinta y discurso de elogios para Turquía, aliado estratégico del Vaticano, cuando meses antes, en noviembre, en histórica visita, él mismo promovió el mensaje de paz y tolerancia interreligiosa entre cristianos y musulmanes de cara a la crueldad, odio y matazón en la región, de unos y otros, por los grupos extremistas.
 
Pero el Pontífice argentino no metió reversa, al contrario; reiteró lo dicho como “parte de la libertad y franqueza con la que la Iglesia debe conducirse”. Y selló: “No podemos silenciar lo que hemos visto y escuchado”. En Argentina hay unos cien mil armenios migrantes y su causa es bien conocida y apoyada por el Santo Padre.
 
Ante la impotencia y enérgica protesta de Ankara, acto seguido, se envalentonaron otros. Los días posteriores fueron la tormenta imparable para el gobierno turco porque le llovieron los señalamientos en escalada y, en el mismo sentido –el genocidio armenio- por parte del Parlamento de Austria; del Presidente alemán, no del Gobierno de Merkel y en el Parlamento Europeo también le entraron. Al día de hoy son 22 países que reconocen este hecho como genocidio.
 
Ahora, el 24 de abril pasado, en el centenario del evento, en la capital armenia, el Presidente francés y el de Rusia honraron la memoria de los masacrados; muestra que cobró más relevancia en el marco del panchote papal que Erdoğan sigue sin digerir.
 
Por su parte y muy cuidadosos de no agravar más la indigestión turca, el portavoz de la ONU declaró que se trataba de “un crimen atroz” y desde la Casa Blanca salió un llamado al gobierno turco para realizar “un franco reconocimiento sobre las muertes masivas de armenios durante la Primera Guerra Mundial”; claro que en ambos casos se omitió usar el término espinoso. Pero a palo dado…ni Dios lo quita…el mero Papa atizó la hoguera y reavivó las heridas.
 
Y como si esto no bastara, la Santa Diplomacia se atrevió una vez más a girar el timón. En movimiento estratégico, inaudito, valeroso, en mayo pasado, el Vaticano anunció que reconocía a Palestina como Estado, estatus que el pueblo y el gobierno palestino ha peleado, ha exigido hace décadas en ejercicio de sus plenos derechos, pero el invasor Israel y sus aliados occidentales lo han impedido, esencialmente porque los israelitas quieren todo el territorio, riquezas, patrimonios para ellos; porque se niegan a la coexistencia con los palestinos y porque jamás han de devolverles los territorios ilegalmente ocupados.
 
La reacción ha sido el endurecimiento de ambas partes en la defensa de su autodeterminación y en poco ha ayudado la posición y acciones radicales del grupo armado Hamas, señalado junto al gobierno de Netanyahu, en días recientes por la ONU, como “sospechosos de crímenes de guerra”, como si lo que vimos y leímos durante el último episodio de este conflicto eterno no fuera elocuente en la intención de exterminio de Israel contra los habitantes, la población civil de Gaza. Pero como en esto, la comunidad internacional tiene que balancear culpas, pecados y crímenes, también les toca a los palestinos apechugar condenas, en vez de reconocerles legítima defensa.
 
El Papa, de un plumazo dejó hundidas en la mediocridad todas las reuniones y acuerdos de “paz” firmados durante años por líderes que poco han avanzado para que Israel y varios países occidentales – Europa y Estado Unidos- permitan a Palestina ser un Estado con plenos poderes, gobierno y territorio propios. Panchito congruente en sus dichos y hechos, le quiso entrar al reconocimiento que sin duda enfureció a Israel.
 
Ya desde 2012 el Vaticano había dado muestras de apoyo a la causa palestina; sólo faltaba la formalización y la posterior rúbrica de los acuerdos tomados que entre otras cosas, reafirman la libertad de religión en territorio palestino; regulan la cuestión de impuestos; de propiedad y de jurisdicción relacionados con la Iglesia católica y también, establece la voluntad de las partes por lograr el anhelado pacto de paz palestino-israelí, que significa la coexistencia pacífica y segura de los dos Estados. Este acuerdo se ha firmado en estos días y Palestina signa como Estado. Así la diplomacia vaticana se suma a la razón de 135 naciones en el orbe, que han dado reconocimiento pleno a Palestina.
 
El Papa pavimentó habilidosamente el camino. Primero invitó al entonces presidente israelita Shimon Peres y al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, a una oración por la paz en las tres religiones y un año después decidió santificar a dos monjas que vivieron en el siglo XIX en Palestina, Mariam Bawardy y Marie Alphonsine Ghattas, las primeras santas de habla árabe.
 
Este 27 de junio quedó amarrado el acuerdo global de 8 capítulos y 32 artículos, que además del reconocimiento a Palestina, busca contribuir para que la paz y el respeto, la vida y la armonía regresen a la región convulsionada, más por las guerras en Siria e Irak y las masacres y atentados del Estado Islámico que siguen persiguiendo y matando a cristianos impunemente.
 
Como vemos, el Papa anda en todo. Ofrece sus buenos oficios a Colombia para mediar con las FARC; habla con Putin sobre la crisis en Ucrania. Fluyen los boletines y posicionamientos del Vaticano ante cualquier evento, matazón, accidente, fenómeno global o regional.
 
Es la Santa Diplomacia de un Papa muy político, diríamos en México, un Papa “grillo”, que además de rezar, bendecir y sonreír; de inspirar paz, humildad y esperanza; más allá de la limpieza a fondo que ha emprendido contra la corrupción, abusos, doble moral, crímenes y demás pecados y delitos por siempre ocultados, tolerados y consentidos, en la misma casa de San Pedro; que hace retumbar conciencias; que desata las críticas y seguro alienta a muchos enemigos en los ortodoxos cerrados y en las cínicas sotanas de dos caras, cuando habla del divorcio; del aborto; del tercer género y los que le siguen, está decidido a asentar su paso por la historia del mundo, como un interlocutor fiable de alta autoridad moral -y no precisamente por su investidura religiosa-, sino como un hombre de Estado, que desde su respetable posición y su admirable personalidad, bastante revolucionaria, hasta temeraria, está logrando destrabar asuntos y conflictos internacionales añejos, como ya vimos y está referenciando una nueva política exterior vaticana que dista de la ordinaria y religiosamente aceptable.
 
El Papa, Panchito para nosotros, también dijo que la inseguridad y la violencia en México estaban de terror, en carta privada. Habló de evitar “la mexicanización” –el avance del narco, la muerte y la sangre- en Argentina. Dolieron sus palabras pero no les falta realidad.
 
Este es el Papa de esta década. Imparable; movidísimo; ingenioso; franco; retador del establishment global. Inaugura su Santa Diplomacia. El Papa, que como aquel personaje de un cuento, aconseja, remedia. Francisco teje, empuja, compromete en público; utiliza su modestia y su carisma y mueve genialmente sus piezas en un ajedrez mundial, donde juegan otros y él también. Está maniobrando su poder como un gran estratega. Pinta a estadista por un lado, con la mano de Dios y con la otra, como el apostador más arrojado y desafiante que ya cambió al Vaticano y al mundo; esperemos mucho más.
 
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