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Comentarios a la agenda nacional en ciencia, tecnología e innovación

Manuel Mart?nez Morales 06/11/2012

alcalorpolitico.com

La alternativa consiste en descansar en fuentes ajenas:
la copia simiesca de los adelantos que difunden las grandes corporaciones,
en cuyas manos está monopolizada la tecnología más moderna…
Al controlar las palancas de la tecnología, las grandes corporaciones multinacionales
manejan también otros resortes claves de la economía latinoamericana.

Eduardo Galeano, en Las Venas Abiertas de América Latina.

Es un lugar común decir que la pobreza predominante en vastas regiones del mundo proviene de un supuesto atraso en el desarrollo económico de estas zonas –denominadas, con sesgada intención, “subdesarrolladas”– que a su vez se origina en una incapacidad de estas poblaciones para desarrollar ciencia y tecnología. Incapacidad que, en los tiempos del imperialismo británico, se atribuía a una inventada inferioridad racial. Ahora, en tiempos del imperialismo norteamericano, esta incapacidad se atribuye más bien a la ineptitud de los grupos gobernantes de estas míseras naciones para planificar el desarrollo técnico y científico vinculado al crecimiento económico.

Es fácil darse cuenta que este argumento pone la carreta delante de los bueyes, pues sucede precisamente lo contrario: el escaso desarrollo tecno-científico obedece a las determinaciones de una estructura económica nacional deformada por su subordinación a los intereses del capitalismo transnacional. Incluso me atrevo a sostener que existe una cierta intencionalidad para que la ciencia y la tecnología no se desarrollen en las naciones latinoamericanas, contando con la complicidad de los gobiernos autóctonos, y de lo cual pueden encontrarse variados ejemplos en el último siglo. Puesto que, si nuestras naciones realmente alcanzaran un desarrollo económico independiente y soberano y, concomitantemente, un alto nivel en la investigación, el desarrollo tecnológico y la innovación, entonces serían vigorosamente competitivas económicamente a nivel internacional; lo cual obviamente no conviene a los intereses imperialistas que hacen todo lo que está a su alcance para mantener su hegemonía mundial, tanto en lo económico como en lo científico y tecnológico.

Y es precisamente suponer, nuevamente, que vivimos en ese país imaginario -donde la ciencia, la tecnología y la innovación resolverán los “grandes problemas nacionales”- lo que ha dado origen a la propuesta, por parte del presidente electo Enrique Peña Nieto, de una Agenda Nacional en Ciencia, Tecnología e Innovación que fue presentada públicamente en días recientes por el doctor José Narro, rector de la UNAM. Este documento fue integrado a partir del trabajo de numerosos investigadores y académicos de un buen número de universidades públicas y centros de investigación, entre ellos la Universidad Veracruzana.
(ver: www.foroconsultivo.org.mx/documentos/agenda_nal_cti_extenso_260912.pdf)

En este punto, es pertinente mencionar que los intentos –al menos declarativos- por planificar el desarrollo científico y tecnológico en torno a necesidades y objetivos nacionales datan de principios de los 80, durante el sexenio de Miguel de la Madrid. Fue entonces que se elaboró el primer Programa Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico para aplicarse en el transcurso de ese lapso sexenal. Recuerdo que aquel documento fue recibido con grandes expectativas, particularmente por quienes realizábamos –como podíamos– actividades de investigación científica y desarrollo tecnológico.

Y, desde entonces, los programas para el desarrollo científico se han elaborado y presentado periódicamente y aunque limitadamente, han impulsado algunos cambios positivos en el quehacer científico: ha aumentado sensiblemente el número de investigadores y la cantidad de centros de investigación, tanto pertenecientes a universidades como aquellos autónomos; se han multiplicado –aunque aún no lo suficiente– los apoyos para la realización de proyectos de investigación a través de CONACYT y otras instancias y se ha dado mayor reconocimiento a las tareas de los propios investigadores creándose mecanismos de estímulo individual, a través del Sistema Nacional de Investigadores, etcétera. Aunque todavía no se alcanza una inversión satisfactoria en ciencia y tecnología. La promesa repetida durante treinta años es que “ahora sí alcanzaremos el 1 por ciento del PIB”, cuando en ese lapso no ha pasado del 0.5 por ciento. Es decir, desde hace tres décadas la inversión en ciencia y tecnología no ha aumentado en términos del PIB, a pesar de las recurrentes promesas demagógicas.

Y aún no podemos decir que exista una real articulación de las actividades científicas y de desarrollo tecnológico vinculadas efectivamente a la producción de bienes y servicios o a la educación y a la esfera cultural, ni que la inversión en estos rubros sea la suficiente y necesaria. Debe reconocerse que aún no rebasamos la etapa de “la copia simiesca de los adelantos que difunden las grandes corporaciones”, a que alude Galeano. Es decir, no hemos sido capaces –por múltiples razones que no viene al caso discutir aquí- de pensar nuestra realidad por nuestra propia cuenta, sacudiéndonos la colonialidad del saber a la que también nos somete el imperio. En otras palabras, no hemos sido capaces aún de asimilar –a partir de un pensamiento crítico emancipado- lo que de universal tienen ciencia y técnica para resignificarlas y adaptarlas a nuestra realidad concreta en función de nuestras necesidades reales y presentes, y no a las necesidades de las grandes corporaciones.

Volviendo a la Agenda Nacional en CTI, ésta comienza proponiendo un “Objetivo Estratégico para una Política de Estado 2012-2018”, definido como: “Hacer del conocimiento y la innovación una palanca fundamental para el crecimiento económico sustentable de México, que favorezca el desarrollo humano, posibilite una mayor justicia social, consolide la democracia y la paz, y fortalezca la soberanía nacional.”

¡Pa’ su mecha! No sé si reír o llorar, pues esta sola definición del “objetivo estratégico” de la tal Agenda bastaría para descalificarla, ya que simplemente muestra que los autores de dicho documento ponen de nuevo la carreta delante a los bueyes. La risa me viene de que me parece increíble que los distinguidos personajes que redactaron el documento aparentemente creen que la ciencia y la tecnología son como una varita mágica que lo resolvería todo: desde el desarrollo económico y sustentable hasta la soberanía nacional, pasando por la democracia, la paz, la justicia y el desarrollo humano. Claro que noto que la expresión ha sido matizada con un “que favorezca…”.

Tal vez exagero, pero creo que es como pedirle nueces al guayabo, pues la ausencia de democracia, paz y justicia obedece sobre todo a las relaciones de dominación que unas clases sociales ejercen sobre otras, tanto a nivel nacional como internacional y es uno de los factores que impide el desarrollo de ciencia y tecnología. A menos que se considere –como sería mi opinión- que el conocimiento científico nos proporciona elementos para entender nuestra realidad social y, a la vez, pone a nuestro alcance los recursos técnicos –materiales y sociales- para transformar dicha realidad. Si es esto lo que implícitamente se quiere decir, entonces me abstengo de llorar. Aunque debo decir que en ninguna parte del documento se alude a este valor del conocimiento científico.

Para concluir este comentario debo adelantar que el documento no contiene, en parte alguna, un análisis del contexto histórico social en que México actualmente se desenvuelve. Análisis indispensable si se quiere entender cabalmente la función que ciencia y técnica pueden cumplir en dicho contexto y que, por ejemplo, la ciencia, la tecnología y la innovación contribuyan a “fortalecer la soberanía nacional”.
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